El arte de delegar, o cómo sobrevivir al síndrome del esfínter agotado


Sin lugar a dudas, no hay nada como la experiencia. Recuerdo aquellos días en los que, en alguna clase en la Universidad, salía el tema de lo que nos tocaría ejercer como profesionales. Nos lo comentaban Profesores con experiencia en el área laboral, quienes habían ejercido cargos. En mi caso, la imagen de Gerente que se me venía a la mente era la de un amigo de mi papá que era Gerente de una agencia de banco, siempre impecable en traje y corbata, y con su carro último modelo. No existían en ese entonces ni siquiera los teléfonos inalámbricos, pero si había muchísima gente en el banco a su cargo. Me imaginaba yo que era tan bueno tener ese cargo, visitar clientes…

Luego, fui creando mi propia historia, a través de la cual llegué a posiciones de supervisión. Quizás por el área en la que he trabajado, pues no me tocó usar traje y corbata (gracias a Dios!) sino solo en ocasiones muy especiales, y además, pude sentir en carne propia que no era tan fácil como parecía. Y es que le toca a uno lidiar, aparte de con sus propios temas, con los de las personas que están a su cargo.

La experiencia, hasta ahora, ha sido totalmente satisfactoria. Uno va desarrollando muchas capacidades que ni siquiera sabía que se tenían, y al menos en mi caso, se va sintiendo uno orgulloso de los logros alcanzados, siempre teniendo presente que han sido producto del grupo de personas con las que se ha tenido la suerte de trabajar y, mejor aún, Liderar. Pero, inevitablemente, siempre aparecen retos que quizás se mencionan en algunos libros o lo dicen algunos expertos, como el tema de la delegación. En estos días comentaba que lo difícil de delegar es que uno está total y absolutamente convencido, con pruebas fehacientes, de que nadie hace mejor lo que uno hace, por lo cual, uno quiere hacerlo todo para asegurar que sea el mejor resultado posible. Pero entonces se presenta el tema de la capacidad, que con un tiempo limitado, y sin lugar a dudas unos recursos, pues luego de darse golpes se cae en cuenta de que no se puede hacer todo, y comienza el momento de aprovechar el apoyo con el que se cuenta como parte de un equipo. Y se delega, y se va encontrando uno que a diferencia de lo que se pensaba, hay miles de formas de hacer las cosas, incluso mejor de lo que uno lo haría, y se va desarrollando esa capacidad de delegar. No es nada fácil, lo reconozco, pero al final es la única solución que se tiene si se quiere crecer profesionalmente.

Por allá por Septiembre del 2014 ya me enfrentaba a la necesidad de asumir la delegación. Definitivamente he avanzado al respecto, lo cual ha permitido buscar objetivos mas exigentes, pero siempre, siempre, gracias al aporte de cada una de las personas con quienes he tenido la oportunidad de compartir. A continuación dejo ese artículo, con el cual, seguramente, muchos se sentirán identificados…

 


 

Siempre pasa.

Siempre llega el momento en que se requiere hacer un trabajo sumamente importante. Se tiene la presión de alguien más, que requiere respuesta inmediata del equipo que uno lidera. La actividad ha sido programada esperando este momento. Se preparó todo. Se practicó lo que se debía hacer. Todo listo para cuando llegara este momento, pero justo ahora, no están disponibles ninguno de los que se prepararon (dos para tener plan A y B), no se sabe cómo organizaron las cosas, ni siquiera donde están, y la presión aumenta. Llaman a reunión. Sale a relucir la frase «sabíamos a ciencia cierta que esto lo íbamos a hacer», y se debe resolver. Confías en que no tienes un grupo sino un equipo. No puede ser imprescindible nadie. Sin siquiera mostrar una gota de sudor, aseguras que se hará el trabajo.

Sales, verificas entre los disponibles quienes pueden asumir el reto. Los llamas, les explicas, exiges que deben dejar lo que estén haciendo, que surgió una necesidad mayor. Si lo llamas » emergencia» se viene abajo el mundo, ya que asume la solución quien está por encima de ti. Buscas los recursos, «pares» las piezas, y en un arrebato de energía, envías a resolver al equipo recién conformado. Informas que se va a atender el caso, que la gente va en camino, y cuando te preguntan «y si van a saber hacerlo?», no vacilas en dar tu respuesta: » por supuesto que si!», esto, mientras aprietas el ano y, si perteneces a alguna religión, imploras que todo salga bien…

En mi caso, desastre total. Había que coordinar con el cliente, y no lo hice. No consiguieron todas las piezas. No supieron como conectarlas, así que básicamente, se perdió el esfuerzo, la confianza del cliente, y en cierto porcentaje, la capacidad de controlar el esfinter.

Delegar es sinónimo de confiar. Se confía, dependiendo de la tarea que se esta delegando, en la madurez, en la experiencia, en la capacidad de resolución de problemas o, en el mejor de los casos, en la combinación de estos y otros factores. Por ello, no siempre se puede delegar en la misma persona, lo cual es una ventaja de contar con un equipo. Pero, como se logra conformar un equipo? Eso depende, y definitivamente es un tema que da para otro artículo.

Y, para delegar, se requiere una confianza recíproca, porque a quien se le delega una responsabilidad, debe confiar en que si se hace es porque se esta seguro que puede cumplir a calidad con dicho compromiso, lo cual requiere, definitivamente, mucho de líderazgo.

Total, que quienes tienen como tarea diaria liderar equipos de trabajo, deben aprender a convivir con ese «síndrome de esfínter agotado». Y el mejor ejercicio que pueden hacer para combatirlo, es contar con equipos maduros, cohesionados y efectivos, de manera que se disminuya al mínimo cualquier duda con respecto a la capacidad de cada uno de sus miembros.

En mi caso, unos días después se comenzó a atender la tarea. Todo va bien, pero aun no llega el momento de la relajación antero-muscular.

Escribir cosas bonitas


Quiero escribir sobre el niño que se supera
Que estudia mucho, que va a la escuela
El niño aquel que luego de mucho sacrificio
Sale adelante, orgulloso por todo lo que hizo
Quiero escribir sobre un pais sano
Donde la gente sale, tomada de la mano
Con plazas y parques repletos de alegría
Sin importar la hora, el sitio ni el día
Sobre las colas solo quisiera escribir
Sobre pepsi, coca, big cola y como me hacen sentir
La diferencia entre un sancocho cruzado
Y aquel que sin cola de res lo han preparado
De desabastecimiento quisiera decir orgulloso
Que no hay balas, bombas, ni nada peligroso
Que estamos en cero en cuanto a delincuencia
Que no tenemos nada que haga doler la conciencia
Hay tantas cosas buenas en este país
Sobre lo que es necesario poder escribir
Llegará el momento que todos esperamos
En que vivamos, nuevamente, todos juntos como hermanos

Venezuela: país de cola


Cualquier persona en el mundo quiere que su país sea el mejor. Pero no por detentar un trofeo, sino por contar con las condiciones que permiten vivir de la mejor manera posible. Esto implicaría tener unas condiciones económicas, sociales, culturales, políticas, educativas y pare usted de contar, que provean, como diría Bolivar, «la mayor suma de felicidad posible». Cualquier país que falle en cualquiera de los parámetros que identifiquen a un país como «el mejor» va bajando en la escala de países, hasta que se encuentra aquel país que queda de último en esa escala.
«Cola» se define como: extremo posterior o último de cualquier cosa; pero también como hilera o fila de personas que esperan su turno. En Venezuela, «cola» es el sinónimo de: trabajo, necesidad, miseria, humillación, desesperanza, etc. Todos los venezolanos lamentablemente nos hemos adaptado a la idea de que para todo hay que hacer cola: para comprar carne, leche, harina, azúcar, artefactos electrodomésticos, llenar el tanque de gasolina, sacar la cédula, sacar el pasaporte, comprar cemento, canillas, baterías, entrar a una clínica, comprar medicinas, alquilar una vivienda, obtener un crédito, comprar un carro, comprar una moto, comprar papel toalé, jabón de baño, y por ahí va la cuenta. Entonces se ha generado un cultura «de cola», donde cada venezolano se prepara para su inevitable destino de embocar en la que le toque. Frases como «aquí llevo la plata para comprar el cupo de la cola»; o «jefe no vine a trabajar porque estaba en la cola de …»; o «estas loco! Tu crees que voy a hacer esa &@ta cola?!» Son comunes hoy en día. Los venezolanos ven una cola y se meten incluso sin saber para que es. A veces ni siquiera es para nada sino que pasadas las horas alguien descubre que no era una cola y todos se retiran, en búsqueda de otra donde comprar lo que estén vendiendo.
Actitud. En un país de primera línea, sus ciudadanos tienen la actitud que los hace exigir que todo se haga acorde con la posición de su país. Para que Venezuela logre escalar posiciones, sus ciudadanos debemos asumir la actitud de exigir que se respeten nuestros derechos, cumplir con nuestros deberes, y colocar en el gobierno a quienes tengan una visión de país de punta, y no de cola.