Y mientras tanto…


Este año me propuse emprender, o mejor dicho, terminar algunos proyectos que me propuse hace algún tiempo. Revisando entre las cosas que voy haciendo y guardando (para lo cual el Evernote es una herramienta fantástica), conseguí el cuento que ya estoy publicando por partes titulado «Referendum Presidencial». Por otra parte, el 6 de Diciembre de 2015 (así de detallista soy con mis cosas) comencé con otro proyecto que llamé «Mi Paso Estocástico». Se me ocurrió comenzarlo un día que estuve viendo las mas de 27000 fotos que tengo de muchas cosas en las que he participado en mi vida, y mientras recordaba los detalles, me di cuenta que tenía mucha información y que sería interesante hacer una especie de album pero con los detalles que recordaba de cada momento. Y entonces este proyecto comienza incluso desde antes de mi nacimiento… Y el otro proyecto es «El Mundo de Isabella». Cuando esperábamos el nacimiento de mi hija, Isabella, llegó el inevitable momento de elegir su nombre. El primero fue decisión de la mamá, pero el segundo lo puse yo: Sofía. Y quise que llevara ese nombre por el libro de Jostein Gaarder «El Mundo de Sofía» que es uno de mis libros preferidos. Precisamente, al ver tantas fotos de mi niñez, pensé que hubiese sido interesante poder conocer los cuentos de cada cosa que hacía, por lo cual tomé la decisión de comenzar a escribirle a mi hija, aún sin nacer, sobre cómo iban sucediéndose los eventos a su alrededor. Para tal efecto, me compré un cuaderno, y el 29 de Noviembre del 2008 comencé a escribirle tan seguido como podía y con el mayor detalle posible «El Mundo de Isabella».

Los últimos 3 años de mi vida han sido de una intensidad mucho mayor, o quizás más acelerados, que los previos, de manera que ya comienzo a perfilar nuevos proyectos donde describo lo que han sido mis experiencias tanto en lo personal como en lo profesional. Y por supuesto, sigo compartiendo mis pensamientos aquí en el blog, de manera que mientras el tiempo avanza vertiginosamente, pues voy progresando en todos estos proyectos y poniendo en la lista muchos otros.

Lágrimas de Orgullo, Lágrimas de Felicidad


El año pasado mi hija tuvo su primer grado. En esos momentos uno cae en cuenta que no importa si se gradúan de la pre-ante-primaria o de triple-post-doctorado en agricultura neo espacial, el verlos con su toga y su birrete representa un muy grande y positivo impacto para uno. Uno en ese momento recuerda toda la vida, la corta vida, que en ese instante se hace infinita, por la que se ha pasado con su bebé. Y obviamente, en la medida en que se van graduando de escalas superiores, pues son más vivencias que se recuerdan y es mayor el nudo que se forma en la garganta. En medio de esa pléyade de emociones, el acto lo comenzaron con el himno Gaudeamus Igitur. Me imagino que la idea era darle solemnidad al acto, como en efecto se busca con este himno cuando se toca en distintas instancias académicas en el mundo, sin embargo, me causó un poco de gracia imaginarme a esos niños cantando una estrofa que forma parte de esa canción y cuya traducción sería:

Realmente, ese himno creó el ambiente académico de solemnidad que requería el momento.

En mi caso, aparte de recordar todo lo vivido con esa criaturita que se estaba graduando, recordé también los días de la Universidad. Y por supuesto fué incrementándose el tamaño del nudo en la garganta… De esos recuerdos que fueron surgiendo, uno que tengo muy claro es de una oportunidad en que mi papá, en medio de un acto donde cantaron el Himno de su Universidad (la Universidad Central de Venezuela), el se paró y estando sólo les gritó a todos quienes habían egresado de la UCV y estaban presentes en el acto «párense carajo que ese es el himno de su Universidad!». Eso se me quedó grabado porque reflejaba el orgullo que sentía él de su Universidad. Seguramente en ese momento, escuchando ese Himno, recordaba tantas cosas vividas en ese mágico período en el cual uno vive lo que es ser un Universitario. Esa imagen, ese orgullo, me acompañó y acompaña aún, lo cual creció cuando me tocó vivir el momento de vivir el Himno de Mi Universidad.

Y entre esos recuerdos, llegaron los de mi vivencia en la Universidad. Mientras veía a mi hija en su acto, recordé mucho de lo que es para mí el haber estudiado en la Universidad de Los Andes. La familia, los amigos, los triunfos y fracasos. Y, por supuesto, ese momento en el cual se aferra al corazón el Alma Mater, el pináculo de nuestra vida al menos hasta ese instante, como lo es el Acto de Grado. En ese momento, estando en el Aula Magna, cuando se escucha el Himno de la Universidad, se vienen de golpe todos los sentimientos que puede uno tener juntos. Ese mismo sentimiento, mas todos los años que habían pasado desde mi egreso hasta el momento en que presenciaba el primer grado de mi hija, lo sentía allí, y por supuesto que no pude evitar que salieran las lágrimas. Era demasiado…

Tan sólo imaginarme el momento en que mi bebé esté en un Aula Magna, hace que sienta lo mismo que sentí en ese primer grado que tuvo. Le falta mucho tiempo aún, pero tiene todo el camino adelante y por supuesto el apoyo incondicional de su papá y su mamá para transitarlo. Vendrán victorias y fracasos, pero al final, serán todos parte de su historia…

Aparte de esos Himnos, hay algunas canciones que dejan huella también y que se recuerdan como parte de todo ese proceso de la Universidad. En mi caso, sólo voy a dejar dos. Los motivos por los cuales las considero especiales los presentaré, en futuros relatos…



¡Y Ahora por los Pañales!


Desde que se nace, se tienen metas por cumplir. Uno viene tomando conciencia de ese hecho más o menos cuando se va a la escuela, y sin embargo, aún no son propias las metas. No se entiende mucho acerca de por qué se tiene que estudiar y hacer tareas, pero las circunstancias obligan a que se haga. Y así va uno aprendiendo el arte de establecerse metas, algo así como una pasantía, de manera de lograr que uno se acostumbre a tenerlas, con la seguridad de que eso de que uno nace, crece, se reproduce y muere, lo que representa son las metas independientes que el Gran Maestro ha establecido para uno, ya que no dependen de nuestra voluntad y suceden inexorablemente (bueno, en el caso del «se reproduce» puede haber cambios, pero igualmente no dependen de nuestra voluntad), a diferencia de esa enseñanza, que termina traduciéndose en una imparable actitud «metas-maníaca». En ese proceso, la sociedad juega un papel preponderante, ya que muchas de las metas son inducidas, para poder cumplir con los estándares de la sociedad en la que se viva, y va a depender de muchos factores el hecho de que cada uno de nosotros pueda lograr sobrepasar esa barrera social, y lograr establecerse sus propias metas. Por lo general, a quienes hacen eso, y son exitosos en el proceso, los llamamos «locos», «poetas», «artistas», o simplemente «vagos».

De las metas, pues obviamente cada quien se establece las propias, sin embargo, si se pertenece a la misma sociedad, pues más o menos se comparten las mismas. Así, y como indiqué anteriormente, uno no sabe ni entiende ni quiere saber el por qué, pero se tiene que estudiar. Por lo general, uno «tiene» que estudiar, porque la meta de sus padres es que su hij@ llegue a ser médic@, doctor(a), ingenier@, abogad@, militar, piloto, modelo, etc. Entonces, se establece una línea de vida en base a una meta ajena, que termina siendo como un virus, que al estar uno sometido al mismo en forma prolongada, pues se infecta! así, se llega a bachillerato, y lo enseñan a uno a ser caso fracasado. Si!, porque al menos en los tiempos en que yo estudié, uno tenía que sacar muy buenas notas de primero a cuarto año, que eran los que valían para el índice académico requerido para poder seguir en el camino de satisfacer la meta de los padres y familiares. Así, la tortura se extendía en esos 4 años, y en el quinto ya nada importaba, con lo cual se podía asumir que se había cumplido la meta… pero no!
Hacia finales del 5to año, se presentaba la primera evidencia formal y física que daba constancia de las metas ajenas aplicadas a uno. Llegaba el momento de decidir qué estudiar en la Universidad. Para empezar, ya a esa edad, se supone que uno es suficientemente maduro para decidir si su meta es esa, pero cualquier opinión contraria, conduce a a ser clasificado en uno de los grupos antes descritos, y peor aún, se corre el riesgo de ser llevado ante el mayor asesino de metas: el psicólogo o psiquiatra! Estoy convencido de que estos profesionales han tenido tamañas contradicciones con sus padres con respecto a sus metas, que terminan ejerciendo su profesión con la única meta de vengarse de su situación con el resto del mundo, arruinándole las metas genuinas e inocentes de quienes atienden, pero requeriría muchas líneas más analizar esos casos. Lo cierto del caso es que para evitar el tema de los «mata metas», existe (o existía) un cargo, informal en cuanto a formación profesional se refiere, pero formal de oficio, que era el «orientador». El Orientador era lo contrario a los psiquiatras y psicólogos (de allí la complementación entre ellos). El Orientador sencillamente es un ser que no tiene metas. Y esta conclusión llega porque ni siquiera es capaz de orientar en lo más sencillo: se supone que si alguien se iba por la rama de ciencias, era porque se preparaba para estudiar carreras relacionadas; y la gente que se iba por humanidades, pues le tocaban carreras sociales. No, el orientador hacía caso omiso de los últimos 4 años y pico estudiados, y terminaba recomendando cualquier cosa. Finalmente, por lo general terminaba imponiendose la meta de los padres… Así uno llega a la Universidad.
A la Universidad uno llega convencido de que lo que va a estudiar es lo que quiere, pero sin la menor idea de que carrizo es lo que se va a estudiar. Y por lo general, excepto por muy contados casos, se recorren las aulas de clases atendiendo, no a gente sin metas, sino a gente con otras metas que no son cumplir con la meta que uno tiene. En ese camino, comienzan a surgir otras metas, básicamente de la misma fuente de la que conllevó a estar en la Universidad, de las que se habla muy tímidamente cuando se esta niño y joven, pero que se convierte en un río escabroso mientras mas se avanza. Entonces, hay que estudiar para poder casarse, hay que casarse para tener familia, y así se va…
Finalmente, se entiende que la meta impuesta no era mala, y el acto de grado es como una entrega de guardia, donde se expresa «cumplí con tu meta, ahora voy por las mías». Pero el proceso es difícil. Después de tanto tiempo, cuesta lograr echar a andar la máquina de producción de metas, y en ese proceso, ya juega un papel preponderante la influencia de todos los medios modernos: TV, computadoras, internet, etc. Por lo general se quiere tener muchas cosas, lo cual equivale a muchas metas de distinto tamaño. Luego, se dedica uno a alcanzar solo una meta, que es tener mucho dinero para poder satisfacer las otras metas, y se comienza esa danza meta-ica de: no me caso porque no tengo plata; ya nos casamos pero no habrá hijos hasta que tengamos plata para una casa; tenemos la casa pero hay que comprar un carro, y así sucesivamente. Algunos logran salirse del camino, y uno ya, de manera muy tímida los llama «locos», pero con un sentimiento así como de envidia, como de que «con que felicidad dejaría todas mis metas para ser feliz», pero igual se sigue. Y en el preciso momento en que se tienen los hijos, termina llenándose el espacio en blanco que se tiene en su propia vida, con respecto a qué pasaba mientras uno no tenía razón y/o conciencia de si mismo, que es el punto donde me encuentro ahora.

Ya mi hija va para dos años. Ya decidí donde estudia, de qué se enferma, cómo se cura… Ya debe dejar el tetero, lo cual está logrando, y el próximo paso es que deje los pañales! Y en ese establecerle metas, entendí por lo que pasaron mis padres, y a lo que yo mismo me vi sometido. Ahora, me esfuerzo en no ver mucho hacia adelante, para no convertirme en el «orientador» de su vida, pero no es nada fácil la tarea. El que uno voluntariamente decida no hacer planes para su hijo, incluso pareciera ser un ejemplo clásico de «locura», pero no queda otra que seguir el camino.

Con esta enseñanza, he logrado entender a un gran hermano mío, que se declaró «amante de la procrastinación«. Ahora, lo acompaño en su estadio, ya que voluntariamente decido «hacerme el loco» con algunas de las cosas que «por definición» debo atender… total, como dice el refrán popular: Procrastinare humanum est!