Cuando actuar incomoda más que la injusticia


Fernando J. Castellano Azócar

Si en algo insiste la filosofía estoica, es en que se debe predicar con el ejemplo, no con el discurso. Y este año eso se me ha hecho más evidente que nunca.

Ayer casi me desmayo al escuchar por la radio que el centro de Ciudad de México estaba totalmente paralizado por una protesta de la central de maestros. ¿La razón? Exigir que se detuviera la agresión de Estados Unidos contra Venezuela, Cuba e Irán.

Una ciudad como esta detenida por quienes deberían estar formando a las generaciones de relevo, y todo por unas razones que, francamente, resultan absurdas. Y lo peor no fue la protesta en sí, sino la reacción alrededor: nadie hizo nada. Simplemente, “así son las cosas”. No hay autoridad municipal, estatal o federal que intervenga, y todo termina absorbido por esa resignación que tanto daño hace.

Y eso, en el fondo, es parte del problema de siempre: el mundo se ha acostumbrado demasiado a convivir con el absurdo, con la injusticia y con la parálisis. Por eso valoro tanto cuando al menos aparecen casos que se rebelan contra ese statu quo y dejan ver que no todo está perdido.

Como nacido en Venezuela, no puedo más que celebrar cualquier acción real que contribuya a sacar a mi país de la miseria en la que lo hundió una dictadura de más de 26 años. Pero, por supuesto, en cuanto alguien actúa, aparecen de inmediato las voces de siempre: que si la autodeterminación de los pueblos, que si las formas, que si los protocolos, que si los derechos del régimen.

Lo indignante es que durante más de dos décadas casi nadie levantó la voz por las víctimas reales de esa dictadura. No hubo organismos internacionales, alianzas regionales ni gobiernos especialmente preocupados por los millones de personas destruidas por ese sistema. Pero apenas se tocó a quienes han vivido del saqueo, del crimen y de la complicidad, entonces sí apareció la supuesta indignación moral.

Eso no es justicia. Eso es hipocresía.

Y algo parecido pasa cuando alguien como Bukele decide enfrentar de forma directa lo que durante años destruyó a su país. De inmediato surgen quienes se apresuran a defender los derechos de los criminales, pero rara vez se escucha la misma pasión para defender a sus víctimas. Esa pregunta —¿quién vela por los derechos de las víctimas?— debería incomodar más de lo que incomoda.

Por ahí dicen que basta con que los buenos no hagan nada para que los malos triunfen. Y lamentablemente, mucho de lo que vemos en el mundo parece confirmarlo. Se tolera demasiado a quien destruye, y se condena con demasiada rapidez a quien decide actuar.

Ojo: eso no significa que quienes rompen con ese orden sean perfectos. No lo son. Y hay muchas cosas con las que puedo no estar de acuerdo. Pero una cosa es no idealizar a nadie, y otra muy distinta es negar el valor de enfrentar aquello que tantos prefieren dejar intacto.

No porque algo “siempre haya sido así” significa que esté bien. No porque la injusticia se haya vuelto costumbre significa que deba aceptarse. Quizás nunca desaparezca del todo. Pero mientras existan personas dispuestas a decir o hacer lo necesario, aunque incomode, seguirá habiendo razones para pensar que no todo está perdido.

Porque a veces la esperanza no nace de la perfección, sino del valor de romper el silencio cuando el silencio ya se volvió complicidad.


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