Trabajar por tiempo, o por alcance?


Por: Fernando J. Castellano Azócar

Imagine que toma un Taxi, y que antes de montarse le indica al chofer el sitio hacia dónde va, y acuerdan un precio por el servicio. A mitad de camino, el vehículo sufre un desperfecto que le impide llevarlo a su destino. Se bajan ambos del vehículo, y comienza la discusión…Originalmente usted había acordado un precio por un servicio que consistía en llevarlo de un sitio a otro. Si, por la razón que sea, no se cumplió con el alcance acordado, la lógica indica que no tiene nada que pagar al chofer. En ese caso, ambos pierden, ya que ni usted llegó a donde necesitaba ir, ni el chofer recibirá pago alguno (además de quedar con el vehículo accidentado). Ahora, si por el contrario el chofer hubiese contado con un “taximetro”, o cualquier método que midiera el tiempo (o hasta la distancia), y existiera un precio por unidad de tiempo (o de distancia), la historia fuera otra. En materia de contratación de servicios, siempre existirá la opción de negociar por tiempo, o por alcance.

No hay manera de establecer cuál de los dos métodos es mejor. En mi criterio, cuando se acuerda un trabajo por tiempo, tiene la ventaja el prestador del servicio, mientras que cuando se acuerda un trabajo por alcance, la ventaja la tiene quien lo recibe. En el caso de trabajar por tiempo, se establece un precio por la unidad, por lo general Horas-Hombre, y se indica el estimado de tiempo que se requerirá para realizar el trabajo requerido. Ese estimado depende plenamente de la experiencia del ofertante, y al cliente realmente poco le va a importar si el estimado es ajustado o no a la realidad. Se inician las labores, y resulta que se utiliza todo el tiempo contratado, sin finalizar la labor requerida. Entonces, el ofertante va a requerir del cliente que este contrate mas tiempo. El cliente va a indicar que no es su problema que se requiera mas tiempo, ya que la estimación la hizo el contratado, pero hay dos elementos que obran en contra del cliente: uno es que el contratado le va a demostrar con toda certeza que estuvo trabajando todo el tiempo que se contrató (y por lo general es más); el otro elemento es que la necesidad que hizo que el cliente realizara la contratación aún no ha sido satisfecha, y peor aún, está en algún punto entre la situación original y su solución. Lo más seguro es que si busca a alguien más para que finalice, este vaya cobrar mucho mas, de manera que el cliente termina pagando por mas tiempo, en el mejor de los casos con un precio mejor que el original, y sin ninguna garantía de que no se repita la situación. Cuando se acuerda un trabajo por alcance, el precio es establecido por la finalización del trabajo a satisfacción del cliente. Bajo este método, es muy poco probable que el trabajo no se haga, independientemente de los costos y del tiempo que se tome, y mas importante aún por el mismo precio acordado. Pueden haber algunas condiciones especiales acordadas por ambas partes que puedan modificar el precio, pero por lo general no tienen que ver ni con tiempo ni con los costos asociados.

Ahora bien, la pregunta siguiente es cuándo se debe utilizar cada uno de éstos métodos. Para mi, todo está relacionado con un factor muy importante: el Riesgo, o más específicamente, quién lo asume en mayor medida. En el caso de un contrato por tiempo, el riesgo lo asume en mayor medida el cliente. Para el proveedor, los costos de cada unidad de tiempo están plenamente cubiertos, y tiene un rango de error con respecto a la estimación de cuántas eran necesarias muy grande, ya que si se queda corto, terminará ampliando el contrato, y si termina antes, podrá negociar y/o justificar el total de horas, y con un cliente feliz lo mas seguro es que le paguen el total acordado, lo cual representará una ganancia mayor. Mientras que en el caso del contrato por alcance, el riesgo lo asume el contratado. Sus estimaciones deben ser muy certeras, y debe tener un control de costos y un seguimiento de la ejecución muy preciso, de manera de lograr el resultado contratado en el tiempo y con los costos estimados. Si lo hace en forma más eficiente (bien sea con menos costos o en menos tiempo), no tendrá necesidad de negociar nada y tendrá su ganancia mayor. Pero en caso contrario, para el cliente será transparente la afectación que tendrá si se le va de las manos el proyecto, más allá de los límites establecidos en sus estimaciones.

Entonces, para responder la pregunta, dependerá de la relación que se tiene y/o se quiere mantener con el cliente. Si se le quiere mostrar al cliente un compromiso alto, así como un nivel de ejecución muy certero y mucha confianza en su equipo de operaciones, lo mejor será utilizar el método de alcance. Ese cliente se sentirá muy bien atendido y comprometido con la relación establecida. Ahora, si se está trabajando con un cliente difícil, que busca el mejor precio, y que está comparando el servicio prestado contra otros competidores, ofertar por unidad de tiempo es lo mejor.

Todo dependerá de la relación que se tiene o quiere tener con el cliente, el nivel de control que se tiene en la operación, y el entorno en el cual se está (y estará) trabajando.

Y ahora, ofrecerá sus servicios por hora o por alcance?

El impacto de la Incongruencia


La incongruencia nos está matando… A diario establecemos compromisos que duran lo mismo que la conversación en la cual los hacemos. Muchas veces veo y escucho que alguien menciona el «say-do», pero definitivamente no lo estamos cumpliendo. Y es que en todo momento y en muchas situaciones nos vemos expuestos al látigo de la incongruencia, y por común, tristemente se nos hace normal asumirla. Desde una persona en Twitter que te ofrece alcanzar mas de 2000 seguidores, pero solo la siguen 29, pasando por nutricionistas que ofrecen modernos métodos para bajar de peso con un excedente importante del mismo en sus cuerpos, hasta los políticos que ganan elecciones en función de promesas que jamás se cumplirán. Y, la incongruencia más importante, aquella que practicamos con nuestros hijos. Es difícil identificar un mal peor al que le hacemos, en forma voluntaria o involuntaria, a nuestros hijos. Promesas no cumplidas, así como acciones diarias que van en contra de lo que se les exige que hagan, van formando unos seres que, aún cuando tienen las mejores intenciones, terminan fracasando en muchos de sus emprendimientos y sueños, simplemente porque no son capaces de «hacer lo que predican». Por eso, hagamos el esfuerzo de mantener la coherencia en nuestras acciones diarias, y así, con nuestro ejemplo, estaremos haciendo el mejor aporte para lograr un mundo mejor.

Compitiendo con Uno Mismo


Me encanta leer. Desde siempre lo he hecho, quizás porque en mi casa siempre se leyó mucho y porque ya es un hábito. Disfruto leyendo, a veces con mas pasión, otras veces con dificultad, pero al final lo hago porque me gusta simplemente.

Un día descubrí una aplicación donde podía ir registrando lo que leía, lo que me pareció interesante para ir llevando el registro histórico de lo que leo. Otro día descubrí que lo que iba registrando se iba sumando y que había forma de establecer un reto de lectura, lo que también me pareció interesante, pero ahí caí en la trampa de desviación de la atención que logran las aplicaciones. Comencé a ver cuántos libros llevaba, cuántos me faltaban. Me preocupé por leer más rápido, descubrí los audiolibros, que también contaban en el registro y que tenían la ventaja de poder escucharlos a velocidades mayores (2x a 5x) con lo que podría «leer» más en menos tiempo y así aumentar mi registro. Seguí ese juego hasta que un día me sentí muy estresado porque iba detrás del objetivo de lectura del año, que en la aplicación ya me pronosticaban que lo iba a perder. Pero en ese momento pensé: Perder qué? contra quien? Qué pasa si pierdo? Realmente era un fracaso? Caí en cuenta que ya no estaba disfrutando leer porque lo estaba haciendo por el reto en el que me había metido. La necesidad de leer más y más rápido me estaba haciendo odiar leer y en ese momento tomé una decisión: eliminé la aplicación y decidí tomarme un tiempo para volver a ser quien soy.

No tengo dudas acerca del impacto que representan las redes sociales, pero como todo en nuestra vida, depende de nosotros el beneficio que nos provean porque si no somos conscientes terminan desviándonos del objetivo de estar comunicados a una competencia en la que el objetivo es tener más amigos, seguidores, «likes»… Y es que vivimos la fantasía de vivir de ellas con un esfuerzo mínimo y una ganancia infinita.

Las redes sociales pueden llegar a alimentar nuestros temores más íntimos hasta hacernos creer que no importa lo que hagamos en nuestra vida real, el trabajo perfecto lo obtendremos por lo que publiquemos en LinkedIn; que nuestras preocupaciones económicas desaparecerán al llegar a un millón de visitas en YouTube, y así respectivamente. Quizás sea posible, pero es alcanzable? Yo honestamente lo dudo a menos que lo hagamos de forma cuando menos contínua. Hay que ver en detalle por qué estamos compartiendo nuestras vidas y entender que muy seguramente estamos empeñados en una competencia inútil donde el único perdedor termina siendo uno mismo.

5 preguntas que te ayudarán a saber como te sientes con tu trabajo


Foto de Nick Fewings en Unsplash

En el Newsletter de Josh Spector (@jspector) tuve la oportunidad de leer unas preguntas que él se hace para saber cómo se siente con respecto a su trabajo y me parecieron muy ajustadas por lo que las comparto con traducción de mi parte y algunos comentarios que les agrego.

  1. Cómo te sientes el domingo en la tarde? Esta es la mejor manera de medir lo feliz que estás con tu trabajo. Yo paso por épocas en las que siento lo que he bautizado como «estrés pre-lunes» que es esa sensación de desesperación que hace pensar en lo que se viene en la semana. Es lo que impulsa la necesidad de ver los correos, responderlos y hasta trabajar como si con eso se redujera la cantidad de actividades por enfrentar. Muy relacionado con el FOMO (Fear Of Missing Out), pero totalmente controlable. En mi caso el balance termina siendo con mas domingos tranquilos…
  2. Cómo te hacen sentir los correos que recibes? El correo electrónico se ha convertido en el distractor número 1 en el trabajo ya que se usa principalmente para dos cosas: asignar de forma inilateral tareas a los demás y justificar que se hace algo con el nefasto «yo envié un correo«. Se necesita entender que los correos no arreglan problemas, y es importante identificar en qué lugar nos encontramos en la medida compuesta por los correos que nos frustran y los que nos excitan.
  3. Cuántas veces dices «NO» al día? Si no se dice «NO» al menos una vez al día se pueden estar haciendo muchas cosas que no se quieren o, peor aún, que no se deben…
  4. Te gustaría cambiar trabajo con tu Jefe? Si estás en una posición en la que por ninguna circunstancia cambiarías posición con tu Jefe, tu camino de desarrollo está truncado, así que debes pensar en alguna otra opción…
  5. Preferirías ganar 25% más o trabajar 25% menos? Si te gusta lo que haces, la respuesta es obvia; y si no, también!

La elección de la carrera que estudiamos: vocación o suerte? – (…de experiencia ajena)


Muchos hemos tenido la oportunidad de enfrentar el momento en el cual debemos decidir qué vamos a estudiar, un momento que viene gestándose prácticamente desde que nacemos.

Cuando se va a ser papá ya comienza uno a pensar en qué quiere que sea cuando crezca ese hijo o hija como parte del proceso infinito de expectativas impuestas. Luego cuando uno nace comienza a pasearse por todas las cosas que le van gustando, en mi experiencia, ser policía, bombero, militar, médico, que al final son profesiones que cuentan con elementos visuales que llaman nuestra atención como lo son los uniformes, las armas, los carros, las herramientas. Luego ya mas avanzado en edad comienza uno a estar expuesto a la necesidad que tienen de que uno “sea algo en la vida”, de manera que se deben enfrentar ciertos conceptos de éxito medidos en términos económicos lo cual implica que se debe ser alguien que gane dinero: Ingeniero, Abogado. Y la decisión es importante tomarla de forma temprana ya que incluso el proceso de preparación, es decir, la elección de los institutos donde se irán atendiendo los distintos niveles, dependerá de lo que se quiera hacer. Si se va a ir uno por la parte de Ingeniería hay que buscar donde sean fuertes con las matemáticas, y asi sucesivamente. Pero en pocas oportunidades nos preguntan lo que queremos, muchas veces excusados en el hecho de que alguien de 15 o 17 años no puede saber lo que quiere en su vida.

En mi caso el sistema educativo me hizo pasar por las manos de “guías vocacionales”, quienes realmente no aportaron mucho al pretender definir el futuro de cada quien basados en los comportamientos y habilidades promedio, y realmente mi mamá definió que tanto mi hermano como yo seríamos Ingenieros, así que no hubo muchas opciones. A mi en lo particular me llamaba mucho la atención lo que funcionaba de forma eléctrica o electrónica. Me encantaba hacer circuitos, inventar soluciones que incluso en algunos casos casi quemaron la casa donde vivíamos, por lo que decidí que iría a una Escuela Técnica donde obtendría una base muy sólida que me impulsaría en mis estudios posteriores de Ingeniería Eléctrica, pero en esos días comenzaban a salir las computadoras y mi papá me orientó para que en lugar de Ingeniería Eléctrica estudiara Ingeniería de Sistemas. Su enfoque fue muy bueno, pero totalmente equivocado ya que la Ingeniería de Sistemas, al menos la que yo estudié, no tenía nada que ver con las computadoras, pero igual me llamó la atención la idea y corrí con la gran fortuna de que me terminara gustando lo que había elegido.

Hoy en día la situación es totalmente contraria a lo que era en mi juventud. Luego de las experiencias que hemos vivido los papás y las mamás, nos preocupa más que nuestros hijos sean felices por lo que ya no buscamos obligar a que sean lo que nosotros seríamos, además de que hay toda una gran cantidad de oficios y profesiones que muestran que para ser exitosos no se necesita una profesión en particular sino las ganas de hacer lo que uno quiera, lo cual lleva a otro punto muy importante que es la intolerancia al fracaso.

En mis días el fracaso era una causa de muerte. Que uno comenzara a estudiar una carrera y por cualquier razón se cambiara era una falla mayor. Incluso quienes se cambiaban de trabajo eran mal vistos por inestables y otros epítetos. Por todo ello era una gran presión el decidir qué estudiar y en qué trabajar, pero afortunadamente todo eso cambió.

Lo que debe guiar la elección de una carrera es lo que en el momento a uno lo haga sentir bien. Yo insisto en que es imprescindible estudiar ya que actualmente el proceso de formación académico está muy normalizado y en cualquier carrera que se elija se obtendrá lo necesario para emprender cualquier iniciativa. Lo que le digo a mi hija es que debe elegir lo que le llame la atención, y ser constante para terminar sus estudios. Si algo me da mi experiencia es que yo actualmente vivo de hacer algo que jamás pensé que terminaría haciendo, así que lo que se estudia no es más que una base que se tiene, ya que al final se terminará siendo y haciendo lo que la vida decida.

Recuerdo que un amigo que tuvo a su hijo me decía que él iba a ser pelotero, Grande Liga, y que con lo ganaría los mantendría a todos. No sé que fue de ese caso y no veo en ningún equipo a nadie con su apellido, pero lo importante es que nuestro deber es abrir las opciones para que nuestros hijos elijan lo que deben hacer, y orientarlos en el camino. Lo que hicimos o dejamos de hacer no puede terminar siendo lo que marque el destino de nuestros hijos. La vocación sólo se descubre en el calor de la ejecución para lo cual se debe hacer lo que uno piensa que le gusta. Así, la oportunidad queda en manos de la suerte, pero siempre habrá la manera de comenzar una nueva carrera si es el caso.

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La Conchita de Jabón


Es imposible no tener ese sentimiento de culpa cada vez que la veo. Siento que traiciono a todo mi país, a mi familia, cuando la agarro y la boto para cambiarla por una nueva. Y es que se me hace presente la frustración que sentía cuando a las 4 de la mañana de cada día que iba a trabajar, tenía que darme un baño «de totuma» con un agua terriblemente fría que estaba en un tobo donde la guardábamos los pocos días que llegaba, y que no podía ser movida porque se alborotaba el sumo de Dios sabe que cosas acumulado en el fondo. Y obviamente, parte de aquel baño, para ser tal, debía incluir jabón para remover efectivamente el sucio propio del cuerpo. En el mejor de los casos, el que teníamos era como un arcoiris de colores pasteles, formado por los restos de las muestras de que Dios existe al permitirnos disfrutar de una barra de jabón para el cuerpo, en cuyos casos, lo usábamos con mucha conciencia, tratando de no desperdiciarlo, para lo cual hasta pensaba que lo mejor era depilarme para que los pelos del cuerpo no lo gastaran más de lo necesario, y al final, la conchita que quedaba la guardábamos con la esperanza de repetir la suerte y tener otra, y otra, hasta contar con un nuevo jabón formado por la suma de nuestra suerte. Pero, precisamente, la suerte no se repetía tanto como queríamos, y las opciones eran tan degradantes como el discurso del gobierno tratando de convencernos de que era lo normal, en comparación con lo que debía suceder, a lo que habíamos estado acostumbrados, lo que debe ser de acuerdo a los derechos humanos.

Cuando era pequeño, muy de vez en cuando lavaba mis zapatos deportivos con un cepillo y una «barra de jabón azul» que se usaba para la ropa, los perros, y cualquier otra cosa mundana, pero nunca, nunca!, en el cuerpo humano, ya que se suponía que las propiedades de dicho jabón eran prácticamente radioactivas! Así vivíamos en todo el país, donde sin duda alguna cada casa tenía una barra de jabón azul. Pero la situación cambió, y con la desaparición, entre demasiadas cosas, del jabón para el cuerpo, sólo quedó la opción del jabón azul, que por su tamaño debía ser cortado por la mitad para ser manejable en la ducha, además de hacerlo durar el doble de su tiempo de vida. Por ello, hasta los tiburones tenían una piel mejor que la nuestra, que debido al jabón azul comenzaba a mostrar escamas de resequedad. Así vivíamos, con la eserana de una barra de jabón de baño, y adorando a casi como a una deidad a cada conchita de jabón. Por ello, cada vez que debo cambiarla, me surge la duda de si lo hago o no; de si es moralmente correcto botarla, o si debo guardarla, no sé para qué o por qué… Y solo es una conchita de jabón!!!

Al final, es parte del daño que nos han hecho, nos cambiaron la vida para mal, buscando que perdiéramos lo humano para convertirnos en unas máquinas que al final por falta de atención y mantenimiento, sucumbiríamos a la mala intención de esperanza que vendría del gobierno. Es increíble, pero lamentablemente cierto, todo lo que hay y sucede sólo con la presencia de una conchita de jabón. Ahora, imaginen a los enfermos que en lugar de un jabón, buscan su tratamiento para mantenerse vivos… Cuál es su pensamiento al ver una caja vacía de sus medicamentos?

Definitivamente, lo que siento, lo que me atormenta cuando veo esa conchita de jabón, es parte del daño que nos ha hecho un gobierno forajido e inhumano. Pero nos recuperaremos, y ayudaremos a nuestros hijos, quienes vivieron esa experiencia, a no tener nuestros mismos traumas, pero conociéndolos para asegurar que jamás se repita esta historia.

Ahora, en cada baño que me doy, me preocupa que al final, irremediablemente, tendré que enfrentarme a otra conchita de jabón…

Lidiar con un Jalabolas


Por: Fernando J. Castellano Azócar

El término «Jalabolas» es muy utilizado principalmente en Venezuela, y su origen proviene de las cárceles en la época de la colonia, donde los presos utilizaban grilletes. Aquellos con mayor poder económico o influencia tenían a su «jalabolas» particular, quien los ayudaba a cargar o a mover las pesadas bolas de hierro que tenían aferradas a sus tobillos con cadenas. Pero el término «jalabolas» también está irremediablemente ligado con el ámbito laboral, aunque aplica para cualquier actividad en la vida. En un artículo de Pablo Aure, hay algunos detalles que dan luz en cuanto a la definición del término y su posible raíz histórica. Para efectos de este artículo, el siguiente extracto representa una muy buena definición:

«Se trata de la adulancia servil, generalmente al poderoso en cualquier campo, sobre todo en el económico y en el político. Adulancia rastrera y despreciable del subalterno al jefe, del inferior al superior, aunque la “inferioridad” no sea intrínseca, sino que derive precisamente del acto de jalabolismo, como ocurre con el intelectual, letrado, profesional de alto grado académico que adula a quien le es intelectual o moralmente inferior, devenido en poderoso porque tiene dinero o alguna otra fuente de poder.»

Es difícil hacer un juicio de valor con respecto a quien decide ejercer la actitud de ser un jalabolas. A diferencia de lo que es una creencia común, la palabra «jalabolas» no es una grocería, ya que definitivamente no se refiere a la acción física de interactuar con partes del organo reproductor masculino. De ser así, el dolor que se causaría al objeto de la adulación, principalmente, sería un gran impedimento para que se pudiera realizar tal acción. Y en cuanto a la ofensa que causa, el tamaño de la misma es inversamente proporcional a la aplicación de la acción, es decir, mientras mas jalabolas se es, mejor se siente de ser reconocido (menor es la ofensa), y viceversa.
En el ámbito laboral, es común encontrar personas que salen adelante en función de su capacidad de adulación. Estas personas se caracterizan por no hacer nada, sino adular. Pero es interesante entender el hecho de que no habrían jalabolas sin el gusto de contar con ellos a su servicio. Donde hay un jalabolas, hay alguien con algún grado de poder disfrutando de tenerlo en su equipo.

Lo que caracteriza a un jalabolas es su capacidad para permanecer en una organización, sin cumplir con lo que debería ser su trabajo. Algunos de ellos han logrado subir de escalafón en base a su capacidad innata de adular, causando profundas brechas en los equipos en los que trabajan. Es todo un arte lograr mantenerse en calma cuando se comparte con uno, sobretodo por el hecho de que si uno se coloca en su camino, cuenta con una desventaja terrible. Pero no por ello se debe dejar de hacer el trabajo que le corresponde. En mi experiencia, una de las situaciones más difíciles de manejar es cuando los resultados del esfuerzo y la constancia se intentan justificar como el resultado de ser un jalabolas por parte de quienes no logran sus metas. Es una expresión de esa envidia insana el decir, ante cualquier asomo de éxito en un compañero de trabajo: «claro, eso es porque siempre haz sido un jalabolas», lo cual indica el grado de mediocridad de quien así opina.

Cada quien hace lo que considera necesario para salir adelante. Unos se esfuerzan para destacar como los mejores en su área, otros simplemente los miran y buscan excusas por las cuales los demás triunfan y ellos no. Mi consejo: deje el proceso de contemplación y haga todo lo necesario para alcanzar los resultados que tanto anhela. Incluso los jalabolas llegan a ser exitosos, siempre que estén claros de que hacen lo que les gusta o, en última instancia, lo que les resulta mejor.

Cómo no ser estúpido


Por: Fernando J. Castellano Azócar

Entre los artículos que regularmente leo, hubo uno de Farnam Street que me gustó mucho que tenía como título «How not to be Stupid«, y luego de leerlo, decidí compartir del mismo algunos tips interesantes acerca de la estupidez.

En una conversación para el podcast «The Knowldege Project» entre quien lo lidera (Shane Parrish) y su invitado (Adam Robinson), hubo 10 minutos que dedicaron al tema de la estupidez. Robinson comentó que es común pensar que la estupidez es lo opuesto a la inteligencia, cuando en realidad la estupidez es el costo de la inteligencia operando en un ambiente complejo.

Robinson define la estupidez como «pasar por alto o descartar información crucial«, y al respecto identifica siete factores que conducen a la estupidez (sin ningún orden en particular):

  1. Estar fuera de su ambiente normal o cambiar su rutina.
  2. Estar en presencia de un grupo.
  3. Estar en presencia de un experto, o ser el experto.
  4. Hacer cualquier tarea que requiera enfocarse de forma intensa.
  5. Sobrecarga de información.
  6. Estrés físico o emocional.
  7. Apresurarse a actuar bajo un sentido de urgencia.

En el artículo le dan contexto a estos factores, formalizándolos de la siguiente manera:

  1. Estar fuera de su círculo de competencia.
  2. Estrés.
  3. El apuro o la urgencia.
  4. Enfocarse en un resultado.
  5. Sobrecarga de información.
  6. Estar en un grupo donde la cohesión social entra en juego.
  7. Estar en la presencia de una «autoridad».

Cualquiera de estos elementos, en forma individual, son suficientemente poderosos, pero en la medida en la que se unen aumentan dramáticamente las probabilidades de que no se esté consciente de que se está cognoscitivamente comprometido, lo cual conduce inevitablemente a la estupidez.

Entonces, para evitar la estupidez se debe desarrollar la capacidad de identificar los siete elementos mencionados de manera de estar conscientes de los riesgos que corremos bajo estas circunstancias. En el artículo original detallan algunos ejemplos de la vida real que son consecuencia de la estupidez, los cuales resultan difíciles de creer, pero que definitivamente dejan ver el efecto que puede llegar a tener la estupidez en nuestras vidas.

Entre «Likes» y Seguidores


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Por: Fernando J. Castellano Azócar

En días pasados le comentaba Yordano Di Marzo a Luis Chataing que hubo una época en la cual recibía sacos de cartas que le enviaban sus fans, y que eran unas obras de arte, y le respondía Chataing (palabras más, palabras menos) que con todo respeto a sus seguidores, ahora un «like» era algo que en nada se comparaba con lo que eran esas expresiones cuando no existían las redes sociales. Y es que no sólo era hacer la carta, sino enviarla a través del correo «tradicional», y tener la esperanza de que llegara, y más que la leyeran! Y ni hablar de recibir una respuesta. Con el surgimiento de las redes sociales, pues todo cambió radicalmente. Cada uno de los que las usamos pasamos de ser el objetivo del medio para promocionar el producto, a ser el producto mismo, y como tal, nuestra atención comenzó a medirse, entre otros parámetros, con los «likes». Entonces, nuestros deseos pasaron de querer «algo», a hacerlo público, dejando como evidencia de lo popular de ese deseo la cantidad de «likes» que recibimos. Obviamente, y en general, los «likes» los otorgan personas, por lo cual necesitamos contar con muchos «seguidores» a quienes les lleguen nuestros mensajes, para que nos premiem con sus «likes». Y se ha vuelto tan común y necesario, que ya se venden desde seguidores, hasta, por supuesto, sus «likes».

Como usuario de las redes sociales, soy parte del ecosistema. En una época me trasnochaba la necesidad de conseguir más «likes», en todas las redes que podía, hasta que un día, ante aquella enfermedad que me agobiaba, decidí revisar lo que hacía, y sobre todo por qué y para quien. En mi caso, escribo porque me gusta, y de hecho, lo que publico no es más que una pequeña muestra de todo lo que genero. Me interesa más el efecto o la influencia que puedo causar en quienes me hacen el honor de leer lo que publico, que la sola reacción que se obtiene con un «like». Agradezco todos los que recibo, pero aún estoy lejos de lo que me gustaría que sucediera realmente, que son los comentarios sobre lo que opino.

La vida es mucho más de lo que hay en los medios digitales. Más que simple público que aplaude, lo ideal sería pasar al escenario y ser actores en este espacio al que ahora todos tenemos acceso.

Y, para finalizar, no dejen de darle «like» a este post…

Serie de Las Frases del Mal: «aún queda tiempo»


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Por: Fernando Castellano Azócar

«Más sabe el diablo por viejo que por diablo«. Muchas veces escuché esa frase, y precisamente mi juventud me impidió entenderla. En algún momento, cuando comencé a hacerme consciente de mi experiencia (en todos los aspectos de mi vida), finalmente entendí lo que se encontraba detrás de ese conjunto de palabras. Cuántas veces escuché que me dijeran que hiciera las cosas en un momento y de una manera, y siempre la confianza en mis capacidades e información me hizo comportarme de manera contraria a lo que debía, desviando los resultados, en algunos casos, de manera que afectaba abruptamente los proyectos en los que trabajaba. Y es que ese aspecto de «hacer caso» o no, definitivamente está íntimamente relacionado con la actitud, educación, experiencia y carácter de cada quien. Hay quienes siempre estamos retándolo todo. Otros actúan como robots haciendo única y exclusivamente lo que les indican; y luego están los zombies que sólo hacen lo que les provoca y nada los mueve de esa actitud. Y cuando uno está con equipos donde la juventud es grande (y por lo general es uno el de más edad), comienza entonces a hacerse presente esa frase que tanto problema trae consigo: aún queda tiempo.

Se acerca una actividad importante. Muchas cosas dependen del resultado de la misma, por lo cual se busca asegurar que no hayan fallas a última hora. Se le pide a la persona a cargo que verifique una vez más todo, y sale ese monstruo, ese demonio, que en los mejores casos responde «ya todo se verificó, tranquilo que aún queda tiempo«, y a pesar de eso se le pide, ya como instrucción, que verifique, y entre refunfuños y casi pataleos se van, pero no hacen la tarea. Resultado, detalles que se habian identificado no se atendieron, y se presenta el desastre. Y todo se pudo haber evitado si tan solo se hubiese escuchado y actuado en consecuencia.
Cuantas facturas no se generan por esperar a última hora? Cuanto tiempo se pierde por no haber verificado que se llevaban las herramientas necesarias? Y así, existen miles de casos que se hubiesen podido evitar si no se hubiese dependido de la confianza extrema, e ignorado el consejo de un amigo o, peor, la solicitud de un supervisor.

Ahora bien, hay una variante de esta frase, que causa, al menos en mi, mas terror: «tranquilo que usted anda conmigo!«. Esta frase es original de un personaje que siempre logra su objetivo, pero el problema es que quienes por lo general la dicen, no tienen esa capacidad y eficiencia. Si por casualidad alguna persona de su equipo ante una solicitud le responde así, preocupese! porque con toda seguridad, se hará presente Murphy y se sentirá aplastado con todos los libros escritos sobre su muy temida ley.