Fernando J. Castellano Azócar
Hay tradiciones que uno admira desde afuera. Y hay otras que, sin que uno lo espere, terminan tocándole algo mucho más profundo.
Eso me pasó con el Día de Muertos en México.
Cuando llegué al país, como muchos extranjeros, lo veía como una tradición hermosa, muy llamativa, llena de símbolos, colores, flores, altares, velas y recuerdos. Me parecía especial, sí, pero la observaba con cierta distancia. Como algo profundamente mexicano que yo podía apreciar, aunque sintiera que no me pertenecía del todo.
Con el tiempo entendí que no era solo una celebración visualmente impactante. Era mucho más que eso.
Descubrí que el Día de Muertos propone una manera distinta de relacionarnos con quienes ya no están. No se trata solamente de extrañarlos. No se trata únicamente del dolor de la ausencia. También se trata de recordarlos desde el amor, desde la gratitud, desde la memoria viva de lo que significaron para nosotros. Y eso, en lo personal, me movió profundamente, porque me hizo pensar en mis padres.
Me hizo pensar en la manera en que los recuerdo. En cómo, muchas veces, cuando alguien ya no está, el recuerdo queda inevitablemente asociado a la tristeza. A lo que se perdió. A lo que faltó. A lo que ya no puede repetirse. Pero esta tradición me hizo ver otra posibilidad.
Me hizo pensar que también podemos recordar a quienes amamos por la vida que tuvieron. Por lo que nos dejaron. Por quienes fueron. Por las huellas que siguen presentes en nosotros. Por las enseñanzas, los gestos, las costumbres y hasta los pequeños detalles que de alguna manera siguen acompañándonos.
Y eso me pareció profundamente bonito.
Como migrante, he vivido muchas experiencias en las que una costumbre mexicana me ha hecho reflexionar sobre mi propia historia. Pero pocas me han tocado tanto como esta. Porque no solo me permitió entender mejor una tradición del país que hoy también es mi hogar, sino que además me ayudó a mirar mi propia memoria desde otro lugar.
A veces creemos que conocer otra cultura solo amplía nuestra visión del mundo. Pero también pasa algo más.
A veces, conocer otra cultura nos ayuda a entendernos mejor a nosotros mismos.
Eso fue lo que me dejó el Día de Muertos: una nueva forma de recordar.
Una forma menos centrada en la ausencia, y más conectada con la vida, el agradecimiento y el amor.
Si quieres ver la reflexión completa, te invito a pasar por el video que publiqué en Mexicano por Decisión, donde comparto esta experiencia con más calma.
Porque hay tradiciones que uno observa.
Y hay otras que, sin darse cuenta, le cambian a uno la manera de sentir.


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