El Secreto de Santa


SPOILER ALERT: Este artículo contiene información que revela una verdad que podría herir muchos sentimientos. Si eres de los que espera regalos de Santa Claus (o cualquiera de sus otros nombres) en Navidad, por favor, no sigas…

«El tiempo, el implacable, el que pasó». Así dice una canción, y precisamente el tiempo es uno de esos factores fundamentales en nuestras vidas, pero del que sabemos únicamente cuando pasa, y la vida se nos va planificando para aprovecharlo. Pero para quienes hemos sido bendecidos con al menos un hijo o hija, el tiempo tiene una dimensión distinta.

Verlos es ser testigos de primera línea del paso del tiempo. Las cosas que van logrando producen esa sensación mezclada de vejez, orgullo y satisfacción que resulta increíble, pero hay un momento en particular que considero es revelador de cuánto van creciendo.

Tenía semanas viendo desde la puerta del cuarto de mi hija el gran desorden que tenía, hasta que decidí participar en el proceso de arreglarlo. Comenzamos por el escritorio, que desde que estamos en pandemia es parte del mobiliario. Ella sin problema se dejó llevar por mi guía, con lo que dejamos el espacio listo para que pueda concentrarse en sus tareas, y seguimos, inevitablemente, con los juguetes. La mayor parte de los que tiene se los trajeron entre Santa Claus, el Niño Jesús y los Reyes Magos. Al verla agarrar cada uno, veo cómo ha crecido, ya que mucho de lo que antes la emocionó mucho, ya hoy en día no le causa el mismo sentimiento, por lo cual algunos juguetes van a la bolsa para regalarlos, y otros, los que han sufrido las mordidas de nuestra perrita, o la pérdida de alguna de sus partes, van a la bolsa de la basura. Así vamos avanzando y llenando bolsas, hasta que llegamos al punto más crítico: las barbies!

El mayor espacio del cuarto lo ocupa la única inversión inmobiliaria que hemos hecho: la casa de la barbie, con su piscina, estacionamiento, y el volkswagen beetle que lo llena. En algunas oportunidades hemos hablado de que podríamos salir de la misma, pero al momento de concretar, surgen esos ojos de niña enamorada, con la decisión final de mantenerla en el espacio que ocupa. En vano intento salir de algunas de las muñecas que pienso sufren al vivir desnudas y despeinadas en una bolsa que yace al fondo de una caja, al menos acompañadas por un Ken que si debe ser feliz al ser el único entre tantas barbies, y que obligatoriamente permanece también desnudo ya que su ropa está en otra de las tantas cajas. Pero ella las ve, les toca el pelo, y me dice «no, estas si las voy a guardar, porque yo aún juego con mis barbies». Y cómo ir en contra de esa mirada, de ese cariño con el que las acaricia, las guarda, y se dedica a arreglar las cosas que yacen tiradas por toda la casita, que pareciera redescubrir mientras me explica para que sirve cada cosa.

Y aquí viene el «Spoiler Alert» que anuncié al comienzo. Hay dos momentos en mi vida que recuerdo muy intensamente: el primero es un 24 de Diciembre, ya tarde, que nos dijeron que nos acostáramos para que pudiera entregar los regalos el Niño Jesús. Dormíamos mi hermano y yo en una litera, y le dije que no se durmiera, que esperáramos despiertos para ver llegar al Niño Jesús. Yo estaba decidido a no dormir y así lo intenté, hasta que cuando me desperté era ya de mañana, y al pié de mi cama estaba un regalo. Además de alegría, también me sentí muy frustrado por no haber podido ver al Niño Jesús; el segundo momento fué un día, ya grande, que le comenté a mi papá de lo excelentes que eran los regalos que nos daba Lagoven, y es que en Diciembre nos íbamos de vacaciones a la casa de una de mis tías, y cuando el Santa de Lagoven le entregaba los regalos a los hijos de sus trabajadores, también nos daba regalos a mi hermano y a mi, a pesar de que no nos correspondían, y siempre los regalos eran mucho mejores a los de los demás, y la respuesta de mi papá fué: «si serás pendejo! esos regalos los comprábamos tu mamá y yo desde agosto, y los íbamos pagando para que los tuvieran ustedes en Diciembre». Hasta este año mantuvimos el secreto de Santa, ya que la presión social de los amigos de mi hija la hicieron finalmente preguntarnos si era verdad que no existía, y si éramos nosotros quienes le dábamos los regalos. El momento fué como de película, nos miramos su mamá y yo, e inevitablemente le confirmamos la verdad, a lo que ella, aún con nuestra confirmación, no lo podía creer, de manera que a partir de ese momento y regularmente trata de confirmar si de verdad éramos nosotros, ya que no podría ser tan fácil haber no sólo adivinado lo que ella quería y escribia en las cartas que se supone Santa recogía, sino que al momento de recibir los regalos, nosotros estábamos siempre con ella.

Sin lugar a dudas, ella está navegando inocentemente por el tiempo que va pasando, y nosotros somos los testigos conscientes de cómo va creciendo. Obviamente va cambiando físicamente, y en su interior, como debe ser, va sucediendo más lentamente el cambio, pero yo ruego poder seguir a su lado para disfrutar ese momento en el que le tocará guardar, nuevamente, el Secreto de Santa, para luego revelar, oportuna e inevitablemente, que era ella.

2018, cuando descubrió el regalo de Santa en la puerta de la casa

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