Fernando J. Castellano Azócar
En los últimos ocho meses adopté el hábito de seguir las lecciones de El diario estoico de Ryan Holiday. Su recomendación es simple: leer solo una reflexión por día y detenerse a pensar en ella. Eso es exactamente lo que he hecho, y puedo decir con claridad que es una práctica que vale la pena.
La lección de hoy llevaba por título “En búsqueda de naufragios”. Hace referencia al naufragio que vivió Zenón de Citio, considerado por muchos el fundador del estoicismo. Ese evento lo llevó a Atenas, donde, al entrar a una librería, descubrió la filosofía de Sócrates y más adelante conoció a Crates de Tebas. Esas influencias cambiaron el rumbo de su vida y dieron origen a lo que hoy conocemos como estoicismo.
Esa historia me llevó a una reflexión directa: todos tenemos nuestros propios naufragios. Sin embargo, no todos terminan convirtiéndose en algo valioso.
Y ahí está el punto crítico.
Un naufragio, por sí mismo, no tiene valor. El valor aparece -o no- dependiendo de lo que hacemos después. Con frecuencia, convertimos esos momentos en excusas: para quejarnos, para angustiarnos o para justificar por qué las cosas no salieron como esperábamos. Es una reacción casi automática.
Pero hay otra alternativa.
Después de atravesar uno particularmente fuerte, he empezado a entender que incluso en esas experiencias hay aprendizajes que pueden traducirse en decisiones con impacto real. No se trata de romantizar el golpe, sino de procesarlo con intención.
No diría que ya soy un experto -aunque sí he acumulado varios naufragios-, pero esta nueva perspectiva ha cambiado mi forma de actuar. Hoy tomo decisiones considerando lo que esas experiencias me enseñaron. Y, sobre todo, he reducido el miedo a lo que pueda venir.
También he aprendido algo adicional: es indispensable ser consciente de por qué hacemos lo que hacemos. Siempre habrá miles de razones para detenerse. Pero la única que realmente sostiene el avance es aquella en la que uno cree. Y esa decisión, en última instancia, es personal.
Sigo tratando de entender por qué me tocó ese último naufragio. No llego al punto de agradecerlo -me parecería forzado-, pero tampoco puedo ignorar que generó cambios importantes que, de otra forma, probablemente no habrían ocurrido.
Por eso, mis conclusiones son simples:
Primero: no busques naufragios. No es necesario. Llegarán de todas formas. Lo importante es estar preparado para cuando aparezcan.
Segundo: si decides avanzar en algo y estás convencido, hazlo con todo. A pesar de las dudas, a pesar del ruido externo, a pesar de lo que otros opinen.
Más adelante compartiré los resultados de los cambios que estoy ejecutando y el impacto que han tenido en mi vida.


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