Mi vida con mi mamá


Fernando J. Castellano Azócar

En días pasados estuve conversando con una amiga y le comenté que, como está suscrita a mi canal, no se perdiera el video de hoy, porque estaba dedicado al Día de la Madre.

A partir de ese comentario, y dado que tanto ella como yo perdimos a nuestras mamás mucho antes de tiempo —si es que existe un tiempo correcto para perder a una madre—, terminamos hablando de algo que, al menos en mi caso, vuelve a mi mente con frecuencia: cómo sería mi vida sin mi mamá estuviera viva.

Los dos coincidimos en algo: nuestras vidas serían distintas.

No necesariamente mejores. No necesariamente más fáciles. Pero definitivamente distintas.

Mi mamá siempre tuvo un plan de vida para mi hermano y para mí. Tenía una idea bastante clara de qué debíamos estudiar, dónde debíamos trabajar y hasta dónde debíamos vivir. Y claro, la rebeldía natural de la adolescencia hacía que yo discutiera con ella, porque eso no era lo que yo quería hacer. Yo decía que tenía una visión distinta de mi vida.

La verdad es que no tenía ni la menor idea.

No sabía bien lo que estaba haciendo, ni hacia dónde iba, ni mucho menos hacia dónde quería ir. Porque uno, cuando es joven, cree que tiene todo claro. Pero muchas veces esa claridad no es más que una mezcla de impulso, orgullo y necesidad de demostrar independencia. La realidad es que uno empieza a preocuparse de verdad por el rumbo de su vida mucho más adelante, cuando comienza a construir una familia, a asumir responsabilidades y a entender que cada decisión tiene consecuencias.

Mientras mi mamá estuvo viva, yo fui rebelde. Busqué hacer lo que me daba la gana. Quise tomar mi propio camino. Pero hoy entiendo algo que en ese momento no veía: incluso en mi rebeldía, yo sabía que tenía una red de seguridad.

Sabía que, si me equivocaba, podía volver.

Y esa red de seguridad era ella.

Podía no estar de acuerdo con su plan. Podía resistirme. Podía discutir. Pero en el fondo sabía que su plan existía. Que había una ruta. Que había alguien mirando más lejos que yo. Alguien pensando no solamente en lo que yo quería en ese momento, sino en lo que podía necesitar para estar bien en la vida.

Cuando mi mamá murió, el golpe más fuerte y evidente fue perderla físicamente. Perder su presencia, su voz, sus gestos, su forma de estar.

Pero con los años entendí que también había perdido otra cosa: esa red invisible que me sostenía incluso cuando yo no la reconocía.

Y quizás eso fue lo que más tardé en extrañar.

Yo siempre tuve una excelente relación con mi mamá. Y, de hecho, estoy convencido de que ella sabía muchas cosas que yo no estaba preparado para entender. Hay conversaciones que tuvimos que en su momento me parecieron normales, incluso innecesarias, y que muchos años después se han convertido en respuestas para situaciones que he tenido que vivir.

Como si, de alguna manera, ella hubiera dejado instrucciones escondidas en mi memoria.

A veces me pregunto si estará orgullosa de mí. Si estaría orgullosa de lo que he hecho, de las decisiones que he tomado, de aquello en lo que me he convertido. Tal vez esa pregunta venga del remordimiento de conciencia por lo que hice o dejé de hacer cuando estaba viva. Por las veces que no escuché. Por las veces que discutí. Por las veces que creí que sabía más de lo que realmente sabía.

Pero cuando pienso bien la respuesta, siempre llego al mismo lugar.

A mi mamá no le habría importado tanto mi cargo, mis logros, mis fracasos, mis títulos ni mis resultados. No porque no le importara mi vida, sino porque su preocupación iba por otro lado.

Su enfoque, su objetivo, su vida, se le iba en asegurarse de que mi hermano y yo fuéramos felices.

Que tuviéramos lo necesario para estar bien.

Que pudiéramos construir una vida con sentido.

Y eso es lo que más extraño.

Extraño poder llegar con la cabeza agachada por el peso de los problemas y sentir que, solo con su mirada, su sonrisa y sus palabras, podía recuperar la confianza para volver a salir y enfrentar lo que fuera.

Porque eso hacen algunas madres. No resuelven todos los problemas. No eliminan todos los dolores. No evitan todas las caídas. Pero tienen una forma de recordarte quién eres cuando la vida te hace olvidarlo.

Hoy lloro otro Día de la Madre sin la mía.

Pero también celebro todo lo que he logrado gracias a ella.

Porque hizo un trabajo tan profundo, tan silencioso y tan poderoso que, después de 25 años de su partida física, sus palabras, su guía y su amor siguen estando presentes.

Siguen acompañándome.

Siguen corrigiéndome.

Siguen sosteniéndome.

Y siguen siendo una parte fundamental del padre, del esposo, del profesional y, en general, del hombre que soy.


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