Fernando J. Castellano Azócar
Siempre es posible recibir sorpresas agradables. Aun así, cuando uno vive inmerso en la presión diaria del negocio, aprende a no esperar demasiado. Por eso, aquel correo que apareció temprano en la mañana parecía uno más: un mensaje de reconocimiento que, como muchos otros, seguramente celebraba el trabajo de alguien más. Lo abrí casi por inercia. La sorpresa fue inmediata: el reconocimiento era para mí.
Se trataba de uno de los reconocimientos mas importantes, otorgado por el Líder Regional, bajo el concepto Go Beyond. El texto era claro y directo: apoyo durante un proceso de reemplazo de liderazgo, asumiendo distintos roles, yendo más allá de mis responsabilidades formales, aumentando significativamente las horas de trabajo y manteniendo al equipo enfocado en las prioridades críticas del negocio.
Más allá del premio, lo que realmente me impactó fue lo que ese mensaje confirmaba: no me reconocieron por un cargo, sino por haberme hecho cargo.
Cuando el rol no alcanza
Hay momentos en nuestra carrera profesional en los que la descripción de puesto se vuelve irrelevante. No porque deje de existir, sino porque la realidad del negocio exige algo distinto. En mi caso, ese año fue particularmente duro. Me vi expuesto a situaciones que no había enfrentado antes, fuera de cualquier zona de confort conocida. No pertenecía al área natural de algunas de las funciones que debía coordinar y, sin embargo, el contexto requería liderazgo, foco y continuidad.
El camino fácil habría sido limitarme a “lo que me tocaba”. El camino correcto fue asumir que, aunque el rol no lo exigía, la responsabilidad estaba ahí.
Asumir responsabilidades no es asumir tareas
Uno de los errores más comunes en las organizaciones es confundir “hacer más” con “hacerse cargo”. Asumir responsabilidad no significa acumular tareas, sino responder por el resultado integral. Significa entender qué es crítico para el negocio en ese momento y actuar en consecuencia, incluso cuando nadie lo ha pedido explícitamente.
Durante ese período, el desafío no era solo operativo. Era humano. Mantener al equipo alineado, enfocado y con confianza, en medio de cambios de liderazgo y presión constante, requería algo más que conocimiento técnico.
Liderar sin autoridad formal
En una conversación con mi jefe de entonces, le comentaba lo complejo que resultaba liderar al equipo bajo esas condiciones. No tenía el respaldo del cargo ni la pertenencia al área. Lo único que tenía era experiencia, disposición y una convicción clara: el negocio no podía detenerse.
Ahí entendí algo fundamental: el liderazgo real no depende de la autoridad formal, sino de la confianza que se construye. Escuchar, estar disponible, mostrar respeto, infundir claridad y sostener una actitud positiva fueron herramientas mucho más poderosas que cualquier jerarquía.
Humildad bajo presión
La presión fue real. El desgaste también. Hubo miedo, dudas y un costo personal evidente. Sin embargo, si algo marcó la diferencia fue la decisión consciente de mantener la humildad. No como un gesto moral, sino como una ventaja estratégica.
En contextos de alta visibilidad y cercanía con personas influyentes, la tentación del ego está siempre presente. Elegir no imponerse, no aplastar, no demostrar poder innecesariamente, permitió que el equipo respondiera desde la confianza y no desde la obligación.
El reconocimiento llega después (si llega)
Ese reconocimiento nunca fue el objetivo. Fue una consecuencia. El verdadero valor estuvo en la experiencia acumulada: liderar sin título, sostener al negocio en momentos críticos y confirmar que es posible positivamente aun cuando el rol no lo respalda.
El reconocimiento, cuando llega, no define el camino recorrido. Solo lo valida.
Y esa es, quizás, la lección que nadie te explica: el liderazgo más transformador suele ejercerse cuando no hay títulos que lo respalden, solo responsabilidad asumida y coherencia sostenida en el tiempo.


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