Fernando J. Castellano Azócar
Hay una trampa particularmente sofisticada en el mundo profesional: la de las oportunidades.
No hablo de la falta de ellas.
Hablo del exceso.
Porque llega un punto -especialmente cuando ya tienes cierto recorrido, experiencia o visibilidad- en el que empiezan a aparecer múltiples caminos posibles: proyectos paralelos, nuevas ideas, propuestas interesantes, colaboraciones, cambios de rumbo que «podrían funcionar».
Y ahí es donde muchos líderes se pierden.
No por incapacidad.
Sino por dispersión.
Robin Sharma lo plantea con claridad: los líderes de alto impacto no están reaccionando constantemente a cada posibilidad que surge. Están profundamente comprometidos con una sola apuesta.
Una gran apuesta.
Pero en la práctica, eso es incómodo. Porque decirle que no a una oportunidad que «se ve bien» genera fricción interna:
- ¿Y si era por ahí?
- ¿Y si estoy dejando pasar algo importante?
- ¿Y si me estoy equivocando?
Entonces hacemos lo que parece razonable: decimos que sí a varias cosas «por si acaso». Y sin darnos cuenta, empezamos a fragmentarnos.
Un poco de energía aquí.
Un poco de atención allá.
Un poco de foco en todo…
y profundidad en nada.
Estar ocupado no es lo mismo que estar avanzando.
Responder correos, abrir nuevas líneas de trabajo, explorar ideas constantemente… todo eso da una sensación de progreso. Pero muchas veces es solo actividad sin dirección.
La gran apuesta, en cambio, es exigente, porque implica:
- Repetición.
- Paciencia.
- Incomodidad sostenida.
- Falta de resultados inmediatos.
Y eso no siempre es atractivo.
Por eso la mente busca escapes en forma de nuevas oportunidades.
En distintos momentos de mi carrera me encontré exactamente en ese punto. Con varias opciones sobre la mesa. Todas razonables. Todas defendibles. Y recuerdo claramente la sensación de querer avanzar en todas al mismo tiempo. De no querer «cerrar puertas». Pero lo que terminé comprobando -no una vez, sino varias- es que cuando intentas sostener múltiples apuestas, lo que haces es diluir el impacto de todas.
No fallas necesariamente.
Pero tampoco destacas.
El punto de inflexión vino cuando entendí que elegir una dirección no es perder opciones. Es darles peso real a las que sí eliges.
Hubo un momento más reciente en el que esta idea dejó de ser conceptual y se volvió completamente operativa. Durante un período en el que estuve desempleado se me planteó una disyuntiva muy concreta: o construía un camino como asesor independiente, o buscaba incorporarme nuevamente a una empresa.
Ambas opciones eran viables.
Ambas tenían sentido.
Pero no eran compatibles en la práctica.
Si avanzaba como asesor, implicaba conseguir clientes, generar confianza, cumplir compromisos, entregar resultados. Eso requiere disponibilidad, enfoque y continuidad.
Si optaba por un rol dentro de una empresa, el nivel de dedicación que eso exige -bien hecho- no deja espacio real para sostener otra línea paralela con el mismo nivel de seriedad.
No era un tema de capacidad. Era un tema de foco.
Y ahí es donde esta ley se vuelve incómodamente clara: no todo se puede hacer al mismo tiempo, al menos no bien.
Tuve que elegir.
No porque una opción fuera mala, sino porque ambas, llevadas a medias, perdían valor. Y esa decisión -más que cualquier análisis- fue la que realmente definió el rumbo.
En liderazgo, el foco no es opcional
Un líder que cambia constantemente de dirección transmite inestabilidad.
Un líder que persigue cada nueva idea transmite falta de criterio.
Un líder que no define una prioridad clara obliga a su equipo a operar en ambigüedad.
En cambio, cuando hay una gran apuesta bien definida:
- las decisiones se simplifican,
- los esfuerzos se alinean,
- y el equipo entiende hacia dónde está yendo.
El foco no solo impacta al líder.
Define el sistema.
Si lo bajo al modelo que he venido trabajando (REIP), esta ley encaja de forma bastante directa:
Reflexionar
¿Cuál es realmente mi gran apuesta en este momento?
No la lista de cosas que «podrían funcionar», sino la que, si sale bien, cambia el juego.
Emular
Los líderes que admiramos no hacen diez cosas a la vez.
Hacen una… durante el tiempo suficiente como para que funcione.
Intentar con Intención
No basta con decir «ésto es lo principal».
Hay que tomar decisiones concretas que lo respalden: qué dejo de hacer, qué pospongo, qué elimino.
En mi caso, esa intención se tradujo en algo muy concreto: no intentar sostener simultáneamente dos caminos que exigían compromiso total. Elegir uno implicaba, necesariamente, renunciar al otro en ese momento.
Practicar
El foco no es una decisión única.
Es una disciplina diaria.
Cada día aparecen nuevas distracciones disfrazadas de oportunidades. Y cada día hay que volver a elegir.
La renuncia que nadie quiere hacer
Esta ley tiene una implicación que no siempre se dice de frente: elegir una gran apuesta implica renunciar a muchas otras cosas que también podrían haber funcionado. Y eso incomoda. Pero no hay forma de construir algo relevante sin esa renuncia, porque el impacto real no viene de intentar todo sino de sostener algo el tiempo suficiente como para que madure.
Al final, no todo lo que parece oportunidad merece tu atención. Y no todo lo que puedes hacer deberías hacerlo. En algún punto, el liderazgo deja de tratarse de abrir caminos y empieza a tratarse de cerrar la mayoría de ellos para avanzar en uno solo con profundidad.
Esa es la diferencia entre moverse mucho… y realmente llegar a algún lado.


Deja un comentario