El trabajo no empezó con mi primer empleo


Memorias en Ejecución – Liderazgo, trabajo y decisiones reales – T1/E1

Fernando J. Castellano Azócar

Uno suele creer que la relación con el trabajo empieza el día en que firma su primer contrato, recibe su primer sueldo o aparece por primera vez en una nómina.

Pero no siempre es así.

En muchos casos, la relación con el trabajo empieza mucho antes. Empieza en lo que uno ve en su casa, en las conversaciones que escucha, en las responsabilidades pequeñas que le asignan, en la forma en que los adultos alrededor enfrentan sus obligaciones, sus frustraciones y sus compromisos.

En mi caso, el trabajo empezó antes de tener empleo.

Crecí en una casa donde trabajar era algo cotidiano. Mis padres eran profesores universitarios, y buena parte del entorno familiar estaba vinculado al mundo académico, científico y de investigación. En mi casa había un lugar central: el cuarto de estudio. Allí se leía, se escribía, se preparaban clases, se corregían exámenes y se trabajaba en artículos o proyectos.

Lo interesante es que yo no recuerdo ese trabajo como una carga que nos separara como familia. Lo recuerdo como parte de la vida diaria. Las puertas estaban abiertas. A veces nos sentaban con papel y lápiz, como si también participáramos de aquello. Sin darnos cuenta, estábamos aprendiendo que el trabajo no era solo una obligación externa, sino una forma de estar presentes, de aportar, de construir algo.

También recuerdo las visitas a la oficina y al laboratorio de mi papá. Para un niño, aquello podía parecer una aventura: instrumentos, muestras, equipos, personas investigando, espacios distintos a los de la casa. Pero con el tiempo entendí algo más importante: detrás de cualquier resultado hay un proceso, método, disciplina y constancia.

Esa idea me quedó grabada.

Por eso hoy creo que conviene separar dos conceptos que muchas veces usamos como si fueran lo mismo: empleo y trabajo.

El empleo es una variación formal del trabajo. Tiene cargo, horario, sueldo, jefe, responsabilidades y estructura.

El trabajo es algo más profundo. Es asumir una responsabilidad y responder por ella. Es entender que alguien espera un resultado de uno. Es comprender que la confianza no se construye con intención, sino con cumplimiento.

Esa fue una de las primeras lecciones que aprendí, incluso antes de poder explicarla bien: trabajar no es solo ganar dinero. Trabajar es comprometerse con un resultado.

Y esa definición cambia muchas cosas.

Porque si trabajar es solo ganar dinero, entonces uno mide su relación con el trabajo únicamente por lo que recibe. Pero si trabajar también es responder por algo, entonces aparece una dimensión distinta: la del compromiso, la del criterio, la de la responsabilidad y, eventualmente, la del liderazgo.

Ahí empieza a conectarse este tema con la vida profesional.

Cuando alguien llega a una empresa, no llega en blanco. Llega con una historia previa sobre lo que significa trabajar. Llega con ejemplos, hábitos, creencias y expectativas. Llega con ideas aprendidas sobre el esfuerzo, la autoridad, el compromiso, el error, la disciplina y el sacrificio.

Algunas de esas ideas ayudan.

Otras pesan.

Porque una persona puede haber aprendido que trabajar es construir, pero también puede haber aprendido que trabajar es sufrir. Puede haber aprendido que trabajar es cumplir, pero también que trabajar es complacer. Puede haber aprendido que trabajar es asumir responsabilidad, pero también que trabajar es sacrificarse sin límite.

Y todo eso termina apareciendo en la manera en que uno trabaja.

También en la manera en que uno lidera.

Un líder no exige desde la teoría. Exige desde su propia relación con el trabajo. Desde lo que considera normal. Desde lo que aprendió a tolerar. Desde lo que admira. Desde lo que nunca cuestionó.

Por eso revisar el origen de nuestra relación con el trabajo no es nostalgia. Es una forma de entender por qué actuamos como actuamos.

En mi caso, haber crecido viendo el trabajo como algo normal, cercano y constante influyó profundamente en mi manera de asumir responsabilidades. Me hizo valorar la preparación, la constancia, la curiosidad y el cumplimiento. Me hizo entender que todo resultado visible tiene detrás una cantidad de trabajo invisible.

Pero también me llevó, durante años, a asumir que había que ir siempre más allá, que si algo debía hacerse, simplemente se hacía, incluso cuando eso implicaba sacrificios importantes.

Con el tiempo uno entiende que el compromiso es necesario, pero también debe tener criterio. Que trabajar mucho no siempre significa trabajar bien. Que responder por algo no implica cargar con todo. Que el trabajo puede ser una fuente de crecimiento, pero también necesita límites para no convertirse en una forma de desgaste.

Por eso este primer episodio de la serie no empieza con mi primer cargo ni con mi primer empleo formal.

Empieza antes.

Empieza en esa etapa en la que uno todavía no sabe qué está aprendiendo. En esas escenas familiares, cotidianas, aparentemente simples, que van formando una manera de ver la responsabilidad.

Porque antes de tener empleo, ya estaba aprendiendo a trabajar.

Y quizás esa sea una de las primera claves del liderazgo: entender que uno no lidera solamente desde lo que estudió o desde el cargo que ocupa. Uno lidera también desde la historia que trae consigo.

Desde lo que vió.

Desde lo que aprendió.

Desde lo que normalizó.

Desde lo que decidió cambiar.

El trabajo no empezó con mi primer empleo.

Empezó mucho antes.

Y entender eso me permite mirar mi experiencia profesional no solo como una lista de empresas, cargos o proyectos, sino como un camino donde cada etapa fue formando una manera de responder, decidir y liderar.


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