Fernando J. Castellano Azócar
Para mi unas vacaciones ideales no están relacionadas con el sitio ni con la compañía, sino mas bien con lo que quiero hacer, o mejor dicho, con lo que no quiero hacer. Unas vacaciones perfectas serían en las que no me preocupa lo que tengo por hacer al día siguiente; en las que no tengo que tomar decisiones; en las que no tengo que pensar en nada relacionado con lo que hago todos los días que es trabajar.
Cuando era pequeño mi mamá se encargaba de llenar cada minuto del tiempo de mi hermano y el mío con algo por hacer, y su motivación principal era que si no teníamos tiempo “ocioso” no buscaríamos hacer cosas malas y particularmente tenía una preocupación enorme con las drogas. Eran los tiempos en los que las drogas aparecían (por allá por finales de los 70, comienzo de los 80), y por ello aparte de la escuela teníamos natación, kárate, música, pintura, y al final del día había que hacer las tareas. Así crecí y la verdad es que apenas estoy haciendo conciencia de que ahora no puedo estar un momento tranquilo, sin hacer nada, porque me dá como un nerviosismo, una desesperación, lo cual por lo general atiendo haciendo algo relacionado con el trabajo y la verdad, viviendo en una ansiedad permanente.
En días pasados veía como mi hija pasaba todo el día sin hacer nada y que eso se repetiría por alrededor de 2 meses y se me vinieron a la cabeza muchas ideas de qué tendría que ponerla a hacer como asumo que hacía mi mamá, intranquilo por ver que básicamente no está haciendo nada, pero la realidad es que sí está haciendo algo: está descansando!
Si mis vacaciones ideales son poder no hacer nada, por qué no puedo dejar que mi hija aproveche de disfrutar esa oportunidad que podemos darle? Así no va a crecer con esa misma sensación, sino con la seguridad de que al desconectarse por un tiempo regresará repotenciada, y no va a vivir con ese temor de tener que estar siendo “productiva” todo el tiempo. Y ese fenómeno, que se conoce como productividad tóxica, es una creencia de que descansar es perder el tiempo, que la pausa es para los flojos, que el silencio es vacío. El peligro de no ser consciente de este fenómeno es que se puede llegar a tener un cansancio emocional enorme y hasta llegar a confundir movimiento con avance y ocupación con propósito. Definitivamente, ser no siempre tiene que ver con hacer. El descanso no es el opuesto de la productividad sino, muy por el contrario, su combustible; y los momentos sin logros también tienen valor porque en ellos uno se escucha a uno mismo, se recupera y se conecta.
Si tiene la bendición de ser padre o madre, mi consejo es que deje que sus hij@s disfruten sus vacaciones haciendo lo que quieran (o no haciendo nada). Los valores que enseñamos son los que los alejarán de lo que no es bueno, y al final cada quien tendrá la forma de crear sus propias experiencias basado en lo que ve en casa. Simplemente, respetemos ese espacio necesario que tantos beneficios provee.


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