¿De quién es el trabajo?


Cuando el deseo de crecimiento se enfrenta al “eso no me toca”

Fernando J. Castellano Azócar

Le pedí a un miembro de mi equipo que hiciera un análisis de unos datos para luego dar una presentación. No era algo que estuviera en su descripción de cargo pero pensé que era una excelente oportunidad para que se visibilizara, para que saliera un poco de su rutina, para que creciera. Su respuesta fue directa: “Eso no es mi trabajo.”

Me detuve un segundo. No quise reaccionar con enojo, aunque lo sentí. Pero más que molestia, lo que experimenté fue frustración. Porque como líder, uno no solo busca resultados. Uno también busca que las personas que forman parte de su equipo crezcan. Que se atrevan. Que se reten. Y cuando la respuesta es “eso no es mi trabajo”, uno se hace la pregunta: ¿Y entonces cuál es realmente el trabajo que estamos llamados a hacer?


La diferencia entre el rol y la misión

Todos tenemos un rol. Y los roles tienen fronteras claras. Están escritos en descripciones de cargo, en contratos, en organigramas. Pero las verdaderas oportunidades no siempre se encuentran dentro de los límites del rol. A veces están justo al borde, en esa tarea inesperada, en ese desafío que incomoda pero también impulsa.

Cuando alguien dice “eso no es mi trabajo”, no está técnicamente equivocado. Pero probablemente (y en mi experiencia) está perdiendo una de las oportunidades más valiosas que puede tener en una organización: demostrar que está listo para más.


¿Por qué la gente responde así?

No es por flojera, al menos no siempre. He aprendido a mirar más allá de la frase y creo profundamente que la mayoría de las veces esa respuesta nace de:

  • Miedo al error: “¿Y si lo hago mal?”
  • Falta de reconocimiento previo: “¿Para qué esforzarme si nadie lo nota?”
  • Experiencias pasadas donde se castigó la iniciativa: “Mejor me quedo en lo seguro.”
  • Cultura organizacional rígida: “Aquí cada quien hace lo suyo, y nada más.”

En esos casos, el “eso no es mi trabajo” no es una negativa directa. Es una forma de protección. Es una pared que alguien levanta para no exponerse. Y eso, como líder, también duele. Porque uno no quiere obligar, quiere inspirar. Pero no siempre se logra.

El trabajo del líder: invitar, no imponer

Yo estoy más que convencido de que al ofrecerle un reto a alguien le estoy dando un regalo. Pero no todos lo ven así. Lo que uno ve como una oportunidad, el otro puede verlo como un riesgo innecesario, una carga adicional, o una forma de ser evaluado sin red de seguridad.

Y sin embargo, lo sigo haciendo. Sigo apostando. Porque mi trabajo como líder no es solo asignar tareas. Es ayudar a que las personas descubran que son capaces de más. ¿Y cómo lo hago? Empujándolos —con respeto, con intención, con visión— a salir de su espacio habitual.
Y sí, muchas, demasiadas veces me dicen que no.

¿Cuál es el verdadero trabajo?

El trabajo no es simplemente hacer lo que está en la descripción del cargo. El verdadero trabajo es:

  • Contribuir más allá del mínimo necesario.
  • Participar en el crecimiento colectivo del equipo.
  • Estar dispuesto a probar, incluso si no se tiene total certeza.
  • Ver los retos como oportunidades, no como interrupciones.
  • Entender que el rol no nos define; nos define lo que decidimos hacer con él.

Al final, crecer también es trabajo

No me voy a dar por vencido y seguiré proponiendo retos. Seguiré empujando a las personas a traspasar los bordes de su rol. A veces me dirán que sí. A veces me dirán que no.

Pero no dejaré de intentarlo. Porque mi trabajo también es ayudar a que otros descubran de qué están hechos de la misma forma en que yo fui, afortunadamente, forzado a hacerlo. Y porque, al final del día, hay frases que duelen, pero que también revelan dónde estamos parados como equipo, como cultura, como organización.

Así que la próxima vez que alguien me diga “eso no es mi trabajo”, tal vez simplemente le responda:

“No… todavía.”

… tal vez.


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