Fernando J. Castellano Azócar
Esta ley del liderazgo que plantea Robin Sharma puede sonar incómoda al principio, sobre todo para quienes tendemos a asociar el liderazgo con ideas como estrategia, visión, comunicación o toma de decisiones. Pero en realidad tiene mucho sentido:
Una salud débil es una gran vulnerabilidad.
Y no se trata solo de estética, ni de perseguir una imagen ideal. Se trata de algo mucho más serio: la capacidad de sostenerse.
Porque liderar, trabajar, responder, resistir, decidir y avanzar en medio de la presión exige más que conocimiento y experiencia. Exige energía. Exige estabilidad. Exige fortaleza. Y esa fortaleza no es solamente mental o emocional. También es física.
Una lección que entendí corriendo
En mi caso, no he sido la persona más constante del mundo en lo que se refiere a actividad física. He tenido etapas mejores que otras. Pero sí hubo una época en la que estuve muy involucrado con el running, al punto de correr varias medias maratones. Y basado en esa experiencia, puedo decir algo con bastante claridad: en esos momentos tenía una salud mental muy buena.
Correr no solo me daba beneficios físicos. No era únicamente un tema de resistencia, peso, condición cardiovascular o disciplina. Había algo más profundo ocurriendo.
Me ayudaba a controlar una debilidad personal que tengo: la de querer controlarlo todo.
Cuando uno corre en serio, descubre que no puede controlarlo todo. Puede prepararse, puede entrenar, puede mejorar su técnica, puede aprender a respirar mejor, a administrar el esfuerzo, a escuchar el cuerpo. Pero no puede forzar el proceso más allá de ciertos límites sin pagar un precio.
Y ahí hay una lección poderosa.
Porque en lugar de querer controlar todo lo que estaba fuera de mí, lo que hacía era concentrarme en exigirme más a mí mismo. En conocer mejor mi cuerpo. En medir mejor mi esfuerzo. En desarrollar más rendimiento. En aprender a sostener incomodidad sin romperme.
Además, correr me daba algo que hoy valoro todavía más: espacios mentales limpios.
Había horas en las que no pensaba en nada más que en lo que estaba haciendo. Solo en correr. Solo en respirar. Solo en seguir. Y en un mundo lleno de ruido, de pendientes, de urgencias, de correos, de problemas y de distracciones, eso vale muchísimo.
La forma física también sostiene la forma mental
A veces se habla del ejercicio como si fuera un lujo, una actividad secundaria o algo que se hace “si queda tiempo”. Pero la experiencia me ha hecho verlo de otra manera.
La actividad física no solo fortalece el cuerpo. También ordena la mente.
Ayuda a procesar tensión. Reduce ruido interno. Mejora la capacidad de enfoque. Aumenta la tolerancia al estrés. Y, quizás más importante aún, le da al cuerpo una base más sólida para resistir los golpes que inevitablemente trae la vida.
Porque los golpes llegan.
Llegan en lo personal.
Llegan en lo profesional.
Llegan en la incertidumbre.
Llegan en la presión.
Llegan en los momentos en los que uno tiene que sostener más de lo que quisiera.
Y cuando eso pasa, una base física débil se convierte en una vulnerabilidad real.
El problema de las excusas modernas
Hoy en día, mantener una buena forma física parece más complicado. Y en parte lo es. Tenemos agendas saturadas, trabajo, responsabilidades, cansancio acumulado y una lista interminable de razones para postergarlo.
Siempre hay algo.
Que no hubo tiempo.
Que hoy no se pudo.
Que mañana sí.
Que esta semana estuvo muy pesada.
Que luego retomo.
Y aunque muchas de esas razones son reales, también es cierto que se nos ha hecho demasiado fácil justificar lo que sabemos que nos hace falta.
No lo digo desde la superioridad, sino desde la realidad. Yo también lo veo así. Yo también entiendo lo fácil que es dejarlo para después.
Pero precisamente por eso esta ley tiene peso, porque nos recuerda que el cuerpo no es un tema aparte de la vida profesional. No está desconectado del liderazgo. No está separado de la capacidad de responder bien ante la presión. Al contrario: muchas veces es la base silenciosa de todo lo demás.
Liderar también implica sostenerse
Hay personas muy capaces que se desgastan demasiado rápido.
Hay personas brillantes que viven agotadas.
Hay personas con gran experiencia, pero sin la energía suficiente para sostener el ritmo que su rol les exige.
Y ahí aparece una verdad nada fácil de asumir: no basta con saber. También hay que tener con qué aguantar.
Tener una buena forma física no garantiza que la vida será fácil. No evita los problemas. No elimina el estrés. No resuelve automáticamente los desafíos del entorno profesional. Pero sí te pone en mejor posición para enfrentarlos:
Te da margen.
Te da resistencia.
Te da recuperación.
Te da claridad.
Te da soporte.
Y en tiempos difíciles, eso puede marcar una diferencia enorme.
La vulnerabilidad que no siempre se ve
Cuando se habla de vulnerabilidades en liderazgo, normalmente pensamos en falta de preparación, mala comunicación, impulsividad o incapacidad para tomar decisiones.
Pero pocas veces se habla de una vulnerabilidad más silenciosa: la falta de condición para sostener el peso de la vida.
Porque una salud débil limita.
Una energía baja afecta.
Un cuerpo agotado condiciona.
Una mente saturada reacciona peor.
Y aunque no siempre se nota desde afuera, tarde o temprano termina pasándose la factura.
Una base necesaria
No creo que esta ley deba entenderse como una exigencia ni como una invitación al culto al rendimiento físico. La entiendo más bien como un recordatorio práctico: necesitamos cuidar el cuerpo porque en él también se apoya nuestra capacidad de vivir, trabajar, decidir y liderar mejor.
No se trata de competir.
No se trata de aparentar.
No se trata de convertirse en atleta.
Se trata de no descuidar una base que después hace falta en los momentos importantes. Porque al final, una buena forma física no solo sirve para correr más, cargar más o rendir más.
Sirve para resistir mejor.
Sirve para pensar mejor.
Sirve para estar mejor.
Sirve para vivir con más solidez.
Y sí: también sirve para enfrentar con mayor fortaleza los golpes que da tanto la vida en general como, muy particularmente, el ambiente profesional.


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