No hay trabajo pequeño


Memorias en Ejecución – Liderazgo, trabajo y decisiones reales – T2/E11

Fernando J. Castellano Azócar

Hay trabajos que parecen demasiado simples para dejar una huella. Sin embargo, muchas de las lecciones que terminan definiendo una carrera se aprenden mucho antes de tener un cargo, una oficina o una responsabilidad importante.

Uno de los primeros trabajos que recuerdo consistió en resolver un problema bastante particular: matar un ratón.

Tendría unos doce años cuando una pareja amiga de mis padres comenzó a tener problemas con unos roedores en su apartamento. El señor no se atrevía a matarlos y mi papá, confiando quizás demasiado en mis capacidades, les aseguró que yo podía encargarme.

El acuerdo fue sencillo: yo resolvía el problema y, a cambio, recibiría una cena de hamburguesas en el lugar que escogiera.

No había contrato, salario ni descripción de puesto. Solo había una necesidad concreta, alguien esperando un resultado y una recompensa acordada. Sin saberlo, estaba atendiendo a uno de mis primeros clientes.

Cumplí con el trabajo y esa primera tarea abrió la puerta a una responsabilidad mayor. Tiempo después, la pareja me pidió que cuidara su apartamento mientras se encontraba de vacaciones. Ya no se trataba solamente de resolver un problema puntual. Ahora me confiaban las llaves de su casa y esperaban que actuara de manera responsable durante su ausencia.

No todo salió bien. Yo era un muchacho, el alcance de la responsabilidad no estaba suficientemente claro y tampoco tenía la madurez necesaria para administrar aquella libertad. Cometí errores y tuve que enfrentar sus consecuencias.

Pero incluso de una experiencia tan temprana quedó una lección que luego encontraría muchas veces en mi vida profesional: cuando alguien entrega una responsabilidad, no basta con conocer el resultado esperado. También deben entenderse los límites, las reglas y aquello que no debe hacerse.

La confianza puede comenzar con una tarea pequeña, pero nunca es una responsabilidad pequeña.

Dejar de ser el hijo del director

Años después viví una experiencia mucho más exigente en el Jardín Botánico de Barinas.

Mi papá era el director y, durante algún tiempo, yo disfruté esa condición. Podía recorrer las instalaciones, montar a caballo y utilizar algunos equipos. Había llegado un tractor pequeño que se convirtió rápidamente en mi medio de transporte para explorar aquel enorme terreno.

Hasta que un día mi papá me vio llegar en el tractor y me preguntó qué trabajo estaba realizando.

La respuesta era sencilla: ninguno.

Lo estaba utilizando para divertirme.

En ese momento llamó a los responsables del mantenimiento y les dio dos instrucciones: debían quitarme el tractor y asignarme trabajo como a cualquier otro integrante del equipo.

Aquella decisión cambió por completo mi experiencia en el Jardín Botánico.

Mi papá podía haberme protegido. Podía haber permitido que siguiera disfrutando los privilegios de ser su hijo o asignarme alguna actividad cómoda dentro de una oficina. En lugar de eso, decidió colocarme bajo las mismas reglas que el resto de los trabajadores.

Debía llegar a las siete de la mañana, seguir las instrucciones del capataz y realizar las actividades que correspondieran durante la jornada.

Mi primer trabajo fue cortar el monte con un machete.

El carácter no se forma con discursos

Yo había utilizado un machete antes, pero nunca durante varias horas consecutivas, bajo un sol intenso y con temperaturas cercanas a los 38 grados.

Pocos minutos después de comenzar, me dolían las manos, la espalda y prácticamente todo el cuerpo. No tenía la técnica ni la resistencia de los hombres que realizaban esa actividad todos los días. Mientras ellos avanzaban con un ritmo constante, yo intentaba mantenerme en pie y evitar que resultara demasiado evidente mi falta de preparación.

Trabajé hasta que me sangraron las manos.

Cuando mi papá pasó a verme al mediodía, se las mostré esperando quizás algo de consideración. Su respuesta fue que apenas estaba comenzando.

No creo que el sufrimiento tenga valor por sí mismo ni que trabajar hasta lastimarse deba convertirse en una medida de compromiso. La lección estuvo en otro lugar: por primera vez estaba enfrentando las exigencias reales de una actividad que, vista desde afuera, parecía sencilla.

Cortar el monte no era simplemente mover un machete. Requería técnica, resistencia, experiencia y constancia. Los hombres que lo hacían bien no eran personas realizando un trabajo menor. Eran especialistas en una labor que yo apenas comenzaba a entender.

Con los días, mis manos formaron callos, mi cuerpo se adaptó y pude integrarme mejor al ritmo de trabajo. Pero lo más importante fue que comencé a ganarme la confianza del equipo.

Ya no era solamente el hijo del director. Poco a poco comenzaba a ser uno de ellos.

Todo trabajo tiene una ciencia

Durante los tres meses que permanecí allí, fui rotando por distintas actividades.

Aprendí a manejar tractores para cortar el pasto en áreas extensas. Antes de hacerlo solo, acompañé durante varios días a uno de los trabajadores con mayor experiencia. Me explicó cómo revisar la máquina, cómo preparar el terreno, qué debía observar durante la operación y qué mantenimiento tenía que realizar al finalizar.

Aquel hombre no tenía un cargo ejecutivo ni una credencial académica que lo identificara como instructor. Sin embargo, era un maestro en su trabajo.

También pasé por el zoológico, limpiando los espacios y alimentando a distintos animales. Participé en el cultivo de maíz, primero utilizando maquinaria y después caminando por el terreno para recoger las mazorcas que habían quedado atrás.

Allí entendí que incluso aquello que una máquina deja escapar tiene valor. Cada grano importaba.

Las actividades cambiaban, pero la lección era la misma: ningún trabajo era tan sencillo como parecía cuando se observaba desde lejos. Cada uno exigía conocimientos, práctica, atención y respeto por quienes lo dominaban.

Ayudante o aprendiz

En el Jardín Botánico conocí una jerarquía distinta a la que años después encontraría en las organizaciones.

Los rangos no estaban determinados por títulos académicos ni por nombres sofisticados en una estructura organizacional. La experiencia y la efectividad eran las que convertían a algunos trabajadores en maestros y a otros en ayudantes.

Con el tiempo preferí pensar en estos últimos como aprendices.

La diferencia no es solo una cuestión de palabras.

Un ayudante puede limitarse a cumplir instrucciones y esperar que termine la jornada. Un aprendiz observa, pregunta, escucha y trata de comprender por qué las cosas se hacen de determinada manera.

La tarea puede ser exactamente la misma, pero la actitud cambia por completo lo que la persona obtiene de ella.

Muchas oportunidades profesionales comienzan de esa forma: haciendo algo que parece estar por debajo de nuestras aspiraciones, ayudando a alguien más o aceptando una responsabilidad que no ofrece reconocimiento inmediato.

El futuro no depende únicamente de la actividad asignada. También depende de decidir si vamos a comportarnos como simples ayudantes o como verdaderos aprendices.

El liderazgo comienza antes del cargo

Aquellos meses también me enseñaron algo que después resultaría fundamental para liderar equipos.

Una organización no funciona solamente por quienes ocupan las posiciones más visibles. Funciona porque muchas personas realizan correctamente tareas que pocas veces reciben reconocimiento.

Quien ha tenido contacto con el trabajo operativo entiende mejor el esfuerzo que existe detrás de cada resultado. Sabe que manejar un tractor, mantener un terreno, limpiar un espacio o recoger lo que dejó una máquina no son actividades aisladas. Son partes de un sistema en el que el trabajo de unos depende del cumplimiento de los demás.

Esa experiencia modifica la manera de liderar.

Obliga a respetar el conocimiento práctico, a escuchar a quienes dominan la operación y a no confundir posición jerárquica con valor personal. También recuerda que una instrucción aparentemente sencilla puede implicar condiciones, riesgos y dificultades que no son visibles desde una oficina.

Mi papá me dio una de mis primeras lecciones de liderazgo cuando decidió retirarme los privilegios y someterme a las mismas reglas del equipo. No me explicó el valor de la humildad mediante un discurso. Me colocó en una situación en la que debía aprenderla.

Lo que realmente deja un trabajo

Con frecuencia medimos los trabajos por el salario, el cargo, la empresa o el reconocimiento que producen. Bajo esa lógica, muchas de mis primeras experiencias podrían parecer irrelevantes.

Matar un ratón, cuidar un apartamento, cortar monte, limpiar espacios de animales o recoger mazorcas difícilmente aparecen como hitos de una carrera profesional.

Sin embargo, allí comenzaron a formarse criterios que después utilicé en responsabilidades mucho mayores: entender el alcance de una tarea, respetar los límites, escuchar a quienes tienen experiencia, cuidar los recursos, responder por un resultado y reconocer que todos forman parte del mismo equipo.

Mis primeros trabajos no definieron el cargo que llegaría a ocupar, pero comenzaron a definir la manera en que lo ejercería.

Porque el tamaño de una tarea no determina la magnitud de lo que puede enseñarnos.

Y porque, cuando se trabaja con responsabilidad, atención y disposición para aprender, no hay trabajo pequeño.


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