Memorias en Ejecución – Liderazgo, trabajo y decisiones reales – T2/E14
Fernando J. Castellano Azócar
Durante mucho tiempo pensé que aprender era algo que comenzaba cuando alguien decidía enseñarte.
Un profesor explicaba una materia. Un instructor mostraba cómo utilizar una herramienta. Un libro desarrollaba un tema. Uno estudiaba, practicaba y, eventualmente, podía decir que había aprendido algo.
Con los años entendí que buena parte de lo que más me ha servido profesionalmente no ocurrió de esa manera.
Comenzó mucho antes de que yo supiera identificarlo como aprendizaje.
Ocurrió mientras acompañaba a mi papá a su laboratorio. Mientras observaba a mi tía organizar una investigación. Mientras ayudaba a tomar muestras, elaboraba una gráfica o transcribía un artículo que apenas comprendía. Yo no estaba siguiendo un plan de formación. Tampoco tenía claro para qué me servirían aquellas actividades.
Simplemente estaba allí.
Preguntaba, observaba y hacía lo que me correspondía.
Décadas después pude reconocer que, mientras creía que solamente ayudaba, estaba desarrollando capacidades que terminarían influyendo en mis decisiones profesionales.
El aprendizaje que no se anuncia
Crecí rodeado de profesores e investigadores.
En mi casa era normal escuchar conversaciones sobre artículos científicos, resultados, hipótesis, normas, investigaciones y publicaciones. El trabajo intelectual no aparecía como una actividad extraordinaria. Era parte de la vida cotidiana.
También era normal visitar laboratorios.
Mi papá era biólogo, de manera que desde pequeño tuve contacto con instrumentos, equipos y procedimientos que muchos estudiantes universitarios veían por primera vez varios años después. Aprendí a lavar correctamente materiales de vidrio, a observar muestras, a utilizar algunos equipos y a preguntar qué se estaba midiendo y para qué servía.
También aprendí que producir una gráfica podía requerir mucho más que seleccionar una opción en una computadora.
En aquellos años había que trabajar con papel milimétrico o logarítmico, hacer cálculos y utilizar plumillas de distintos grosores para representar los resultados. Mi papá tenía un equipo Leroy que empleaba para elaborar los gráficos que respaldaban sus conclusiones. Yo aprendí a usarlo y, en algunas oportunidades, lo ayudé con ese trabajo.
Nada de aquello formaba parte de una capacitación formal.
Nadie se sentó conmigo para decirme que estaba desarrollando capacidad de observación, precisión manual, disciplina en el manejo de información o comprensión de datos.
Yo solamente estaba ayudando.
Pero ayudar también era aprender.
Una playa que no era para descansar
Una de las experiencias que mejor representa esa diferencia entre expectativa y aprendizaje ocurrió cuando mi tía me invitó a acompañarla en uno de sus viajes de investigación.
Ella era ecóloga y estaba trabajando con manglares. El lugar de la investigación era una playa cercana a Chichiriviche, un escenario que, visto desde la perspectiva de un joven, parecía perfecto para pasar unos días frente al mar.
Recuerdo los vehículos de doble tracción identificados con el nombre de la universidad, el tráiler que servía como espacio de trabajo y procesamiento de muestras, y la sensación de que formaría parte de una expedición importante.
En mi mente, por supuesto, también había espacio para disfrutar la playa.
La realidad fue distinta.
Al llegar, todos comenzaron inmediatamente a preparar los equipos. Se tramitaron los permisos para ingresar a las zonas protegidas, se instalaron los instrumentos y se definió el plan de trabajo.
Mi responsabilidad era tomar información mediante un equipo conectado con termocuplas a las hojas de un manglar.
La medición debía hacerse cada hora.
No algunas horas durante el día, sino durante las veinticuatro horas.
Durante dos o tres días.
Eso significaba usar un despertador para levantarme, registrar la información y asegurar que no se perdiera ninguno de los periodos establecidos. La playa seguía allí, pero ya no era el centro de la experiencia. El verdadero compromiso era obtener los datos de manera correcta y constante.
En ese momento yo no estaba pensando en disciplina operativa, continuidad del proceso ni integridad de la información.
Estaba tratando de cumplir con la responsabilidad que me habían asignado.
Sin embargo, eso era precisamente lo que estaba aprendiendo.
El resultado depende de lo que nadie ve
Después de aquellos viajes también tuve la oportunidad de participar en parte del procesamiento de la información.
Fue entonces cuando comencé a entender la relación entre lo que ocurría en el campo y los artículos científicos que se discutían en mi casa.
Los reconocimientos, las publicaciones y las conclusiones eran la parte visible.
Detrás de ellos estaban las noches sin dormir, las mediciones repetidas, los permisos, las tormentas, las fallas de los equipos, los robos, el mal clima y todos los factores que podían afectar la investigación.
También estaba la posibilidad de que un dato mal tomado alterara el resultado.
Aquello cambió la manera en que veía mi responsabilidad.
Ya no se trataba solamente de anotar un número a una hora determinada. Ese número formaría parte de un conjunto de información que sería procesado, analizado e interpretado. Podía respaldar una conclusión o ponerla en duda.
La tarea era pequeña dentro del proceso, pero su efecto no necesariamente lo era.
Comprender esa relación entre una actividad y el resultado final es una de las lecciones más importantes que puede recibir alguien que comienza a trabajar.
No siempre ocurre.
En muchas organizaciones las personas reciben instrucciones fragmentadas. Saben qué deben hacer, pero no para qué. Cumplen una actividad sin conocer qué sucede antes, qué ocurrirá después o quién dependerá de la calidad de su trabajo.
Cuando eso pasa, la tarea puede convertirse en una rutina mecánica.
En cambio, cuando se entiende el proceso completo, aparece otra forma de responsabilidad. Uno deja de cumplir solamente con una instrucción y comienza a cuidar el resultado.
Transcribir no era solamente copiar
El segundo espacio importante de aprendizaje surgió alrededor de las computadoras.
Gracias a los proyectos de investigación de mi papá, en mi casa tuvimos acceso temprano a equipos que en aquella época eran poco comunes. Primero aparecieron máquinas muy básicas, con las que comencé a experimentar y a leer sobre programación. Después llegaron equipos más avanzados, hasta que una Apple IIc cambió completamente mi relación con la tecnología.
Aquella computadora tenía monitor, programas almacenados en discos flexibles, un ratón y una impresora.
Hoy parecen características elementales. En ese momento representaban una transformación.
Comencé a dominar el procesador de palabras y a ayudar a mi papá con la transcripción de sus artículos. Más adelante, mi tía me pidió que hiciera lo mismo con sus documentos. Después aparecieron otros profesores e investigadores que necesitaban ese servicio.
Así terminé trabajando como transcriptor de textos.
Visto superficialmente, el trabajo consistía en sentarme frente a una computadora y copiar lo que alguien había escrito.
Pero para transcribir correctamente había que leer.
Y al leer tantos documentos comencé a entrar, casi sin proponérmelo, en la manera de pensar de quienes los habían producido.
Veía cómo planteaban un problema, cómo organizaban sus argumentos, cómo presentaban la información y cómo llegaban a una conclusión. También pude revisar los resultados de algunas investigaciones en las que había participado tomando muestras.
El dato que yo había registrado en una playa aparecía ahora dentro de una tabla, una gráfica o una explicación.
Por primera vez podía observar la cadena completa.
La toma de información no era una actividad aislada. Formaba parte de un proceso que terminaba produciendo conocimiento.
La práctica iba construyendo capacidades
Transcribir también me obligó a mejorar mi velocidad y precisión con el teclado.
Aprendí a manejar mejor la computadora, a corregir documentos, a cuidar la presentación y a resolver los problemas técnicos que iban apareciendo. Con la práctica, podía hacer el trabajo en menos tiempo y con mayor calidad.
Al mismo tiempo, desarrollaba otras capacidades que no había ido a buscar.
Leer permanentemente mejoró mi ortografía y mi redacción. Transcribir documentos en inglés me permitió practicar el idioma. Estar expuesto a investigaciones de distintas áreas amplió mi vocabulario y mi comprensión de temas que no formaban parte de mis estudios.
Incluso comencé a sentirme capaz de opinar sobre algunos textos.
No porque me hubiera convertido en especialista, sino porque había pasado suficiente tiempo observando cómo se construían los argumentos y cómo se presentaban las conclusiones.
Mientras tanto, las personas a mi alrededor comenzaron a percibir que yo sabía utilizar muy bien una computadora.
Esa percepción también tuvo consecuencias.
Las oportunidades profesionales no dependen únicamente de lo que uno sabe. Con frecuencia aparecen a partir de lo que los demás han podido ver que uno hace bien.
En mi caso, la imagen de alguien que dominaba las computadoras se fue formando antes de que yo decidiera estudiar Ingeniería de Sistemas y mucho antes de que pudiera imaginar la carrera que terminaría desarrollando.
No hubo un momento preciso en el que tomara la decisión de comenzar a prepararme para ese futuro.
El futuro se estaba construyendo mientras hacía otras cosas.
La experiencia se acumula antes de que sepamos utilizarla
Una de las características más difíciles de comprender sobre la experiencia es que su utilidad no siempre es inmediata.
Aprendemos algo y esperamos encontrar rápidamente dónde aplicarlo. Cuando eso no sucede, podemos pensar que aquel conocimiento no sirvió para mucho.
Pero la experiencia no funciona como un inventario perfectamente clasificado.
Se acumula.
Una observación se combina años después con una responsabilidad distinta. Una herramienta que parecía obsoleta ayuda a comprender una tecnología nueva. Una tarea repetitiva desarrolla una disciplina que después resulta fundamental para coordinar un proyecto complejo.
No siempre podemos saber qué parte de lo que estamos viviendo será importante.
Cuando tomaba mediciones en los manglares, no sabía que años después tendría que confiar en información recolectada por equipos desplegados en distintos sitios.
Cuando transcribía artículos, no sabía que terminaría redactando propuestas, informes, procedimientos y documentos ejecutivos.
Cuando ayudaba a producir gráficas manualmente, no sabía que pasaría buena parte de mi carrera tratando de convertir datos en información útil para tomar decisiones.
Nada de aquello fue inútil.
Simplemente todavía no había llegado el momento de utilizarlo conscientemente.
Lo que esto significa para el liderazgo
Esta experiencia también cambia la forma de entender la formación de otras personas.
Un líder puede pensar que desarrollar a alguien consiste principalmente en enviarlo a cursos, asignarle lecturas o explicarle procedimientos. Todo eso es necesario, pero es solamente una parte.
Las personas también aprenden por exposición.
Aprenden cuando pueden observar cómo se toman decisiones. Cuando entienden el contexto de una tarea. Cuando participan en una parte real del proceso y pueden ver lo que ocurre con el resultado. Cuando tienen permiso para preguntar y alguien se toma el tiempo de responder.
También aprenden cuando reciben una responsabilidad que los obliga a prestar atención.
Mi formación no ocurrió porque alguien diseñara un programa especial para mí. Ocurrió porque tuve acceso a espacios de trabajo reales y porque quienes estaban allí me permitieron observar, participar y hacer preguntas.
No me explicaban todo por anticipado.
Me dejaban estar cerca.
Esa cercanía fue suficiente para despertar la curiosidad. La curiosidad me llevó a preguntar. Las preguntas me permitieron comprender. Y la responsabilidad hizo que lo aprendido dejara de ser solamente interesante para convertirse en algo necesario.
Por eso, al desarrollar a alguien, no basta con decirle qué debe hacer.
Hay que permitirle ver más.
Mostrarle de dónde viene la información, quién depende de su trabajo y qué consecuencias puede tener un error. Darle acceso gradual a conversaciones, decisiones y problemas reales. Confiarle responsabilidades que estén a su alcance, pero que también lo obliguen a crecer.
Muchas capacidades aparecen de esa manera.
Antes de que la propia persona sepa que las tiene.
Todo lo que aprendemos sin darnos cuenta
Al mirar hacia atrás, resulta sencillo ordenar la historia.
Puedo identificar qué aprendí en los laboratorios, qué me dejaron los viajes de investigación y cómo la transcripción influyó en mi relación con la computación, la escritura y el manejo de información.
Pero mientras lo vivía no existía ese orden.
No había una estrategia de carrera.
Había curiosidad, oportunidades y responsabilidades que aparecían una después de otra.
Esa es quizás una de las razones por las que no conviene evaluar cada experiencia solamente por el beneficio que ofrece en el momento.
Algunos trabajos nos pagan.
Otros nos conectan con determinadas personas.
Algunos nos permiten demostrar una capacidad.
Y otros, casi sin que podamos advertirlo, nos están preparando para una situación que todavía no existe.
No siempre sabemos qué estamos aprendiendo mientras lo hacemos.
Muchas veces solo lo descubrimos años después, cuando enfrentamos un problema nuevo y encontramos dentro de nosotros una capacidad que no recordábamos haber construido.
Pero estaba allí.
Se había formado mientras observábamos, preguntábamos y cumplíamos con una responsabilidad que, en aquel momento, parecía mucho más sencilla de lo que realmente era.


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