El aprendizaje silencioso


Memorias en Ejecución – Liderazgo, trabajo y decisiones reales – T2/E15

Fernando J. Castellano Azócar

Hay trabajos que uno acepta porque parecen una oportunidad. Y hay otros que uno acepta simplemente porque alguien tiene que hacerlos. Lo curioso es que, algunas veces, los segundos terminan siendo mucho más importantes.

Durante mis años en la universidad participé en la organización de los Congresos de Ingeniería de Sistemas. Para la época eran eventos importantes: profesionales que habían pasado por la Escuela regresaban para hablar de su experiencia, se presentaban nuevas tecnologías y, para quienes todavía éramos estudiantes, era una oportunidad para asomarnos al mundo profesional que algún día esperábamos alcanzar.

Yo quería participar.

Y, como suele ocurrir cuando uno está comenzando, estaba dispuesto a hacer prácticamente cualquier cosa con tal de estar allí.

No imaginaba que una de esas tareas terminaría influyendo de manera decisiva en mi carrera.

Los puestos que todos queríamos

Para entender la historia hay que regresar a otra época de la computación.

Yo había tenido la fortuna de llegar a la universidad con mi propia computadora, una 286 con unos 50 MB de disco duro, monitor monocromático y una impresora Epson de matriz de puntos. Para un estudiante de Ingeniería de Sistemas de aquellos años, aquello era un privilegio importante.

Ya hacía algunas cosas en BASIC y, naturalmente, quería estar cerca de las computadoras.

El Congreso tenía un sistema automatizado de inscripciones que para aquellos años resultaba bastante novedoso. Había una base de datos, computadoras para registrar a los participantes y un sistema que estaba prácticamente en desarrollo permanente.

Para nosotros, los estudiantes que colaborábamos, estar sentados frente a aquellas máquinas era uno de los puestos interesantes. Pero los recién llegados no necesariamente comenzábamos allí.

Había que mover cajas.

Instalar mesas.

Resolver problemas de electricidad.

Preparar materiales.

Hacer toda esa cantidad de cosas que permiten que un evento funcione aunque nadie las vea.

Y entre ellas había una responsabilidad particularmente complicada. El desarrollador del sistema de inscripciones utilizaba una silla de ruedas. Los espacios donde se realizaban aquellos congresos estaban muy lejos de contar con las condiciones de accesibilidad que hoy consideraríamos mínimas. Trasladarse entre cajas, cables, mesas e instalaciones poco adaptadas podía convertirse en un problema serio. Su presencia, sin embargo, era imprescindible porque era quien conocía y mantenía funcionando el sistema, así que alguien tenía que estar pendiente de él durante todo el evento.

Cuando nadie levanta la mano

Llegó el momento de buscar un voluntario.

Y ocurrió algo bastante predecible.

Silencio.

Nadie parecía particularmente interesado en pasar toda la semana dedicado exclusivamente a esa tarea. Yo tampoco había llegado al Congreso pensando: Ojalá me permitan acompañar durante cinco días a una persona de un lugar a otro. Pero quien dirigía el comité se dirigió directamente a mí y me preguntó si podían confiarme esa responsabilidad.

Dije que sí.

Sabía lo que significaba.

Debía recibir al desarrollador en la mañana, ayudarlo a llegar hasta el área de inscripciones, asegurar que pudiera instalarse y permanecer cerca por si necesitaba cualquier cosa. Al terminar el día debía acompañarlo nuevamente hasta donde lo recogerían.

En principio, eso era todo.

Mi trabajo no era programar.

No era administrar la base de datos.

Ni siquiera era registrar participantes.

Mi trabajo era acompañar a la persona que hacía todo eso.

Y ahí apareció la oportunidad.

Una silla al lado de la persona correcta

El primer día cumplí con mi responsabilidad. Lo llevé hasta donde debía estar, ayudé a que pudiera instalarse y me quedé cerca.

Una vez resuelto eso, podía simplemente esperar.

Pero tenía frente a mí algo demasiado interesante como para hacerlo.

Comencé a observar.

Veía cómo trabajaba con el sistema.

Qué hacía con la información.

Cómo funcionaba la base de datos.

Cómo resolvía los problemas que iban apareciendo durante un evento en funcionamiento.

El primer día prácticamente no pregunté. Había demasiada actividad y entendí que no era el momento.

El segundo día sí.

Le pedí que me explicara cómo funcionaba aquello.

Y lo hizo.

Me explicó el lenguaje utilizado, la estructura de la base de datos, cómo generaba los listados y cómo funcionaban las distintas partes del sistema.

Lo que debía ser una jornada esperando que necesitara mi ayuda terminó convirtiéndose en algo muy distinto. No se me ocurre otra forma de describirlo sino como una “clase magistral”.

Para el tercer día ya lo estaba ayudando a generar listados y revisando código con él. Al finalizar la semana había pasado de acompañarlo físicamente a comenzar a comprender el sistema que había desarrollado.

Nadie había planificado aquello como una capacitación.

No había instructor.

No había programa.

No había certificado.

Simplemente estaba sentado al lado de alguien que sabía hacer algo que yo quería aprender.

Y presté atención.

Pero observar no era suficiente

Aquí está, creo, la parte importante de la historia.

Porque habría sido muy fácil terminar el Congreso diciendo: Aprendí muchísimo, y dejarlo allí, pero regresé a mi casa y comencé a intentar reproducir lo que había visto.

El sistema de inscripciones se convirtió en mi referencia.

Programaba.

Probaba.

Generaba listados.

Me equivocaba.

Volvía al código.

Intentaba comprender cómo lograr en mi computadora lo que había visto funcionar durante el Congreso.

La programación comenzó a obsesionarme.

Ya no se trataba solamente de utilizar las herramientas que otros habían creado. Estaba descubriendo que yo también podía construirlas, y eso cambió por completo la relación que tenía con la computación.

Durante los meses siguientes continué desarrollando mi propia versión de aquel sistema. Hasta que llegó el siguiente Congreso.

Un año después, la silla era otra

Al comenzar la organización del nuevo evento ocurrió lo habitual: se planteó nuevamente contratar el sistema que se había utilizado anteriormente junto con su desarrollador.

Para ese momento yo había avanzado lo suficiente como para hacer algo que un año antes difícilmente habría imaginado: propuse utilizar mi sistema.

Me dieron la oportunidad.

Y en el siguiente Congreso estaba yo en el puesto del desarrollador.

No porque hubiera completado una materia especial.

No porque alguien hubiera decidido formalmente prepararme para ese trabajo.

Había comenzado exactamente al contrario. Me habían asignado una responsabilidad que los demás no querían, y aquella responsabilidad me había colocado durante una semana junto a la persona que mejor conocía algo que despertó mi curiosidad.

Después vino el resto: observar, preguntar, practicar, construir, atreverme a proponer.

Un año separaba ambos congresos.

Pero profesionalmente había ocurrido mucho más.

La oportunidad no siempre viene con aspecto de oportunidad

Con los años he pensado muchas veces en aquella experiencia, porque cuando hablamos de oportunidades profesionales solemos imaginar cosas reconocibles:
Una promoción.
Un nuevo cargo.
Un proyecto importante.
Una capacitación.
Alguien que nos invita a participar en algo relevante.

Pero muchas oportunidades llegan disfrazadas de tareas bastante menos atractivas:
Acompañar a alguien.
Tomar notas.
Preparar información.
Resolver la logística.
Quedarse cerca mientras otro hace el trabajo importante.

La diferencia puede estar en lo que hacemos una vez que llegamos allí. Yo podía haber cumplido perfectamente mi responsabilidad durante aquella semana sin aprender absolutamente nada sobre programación. Eso también habría sido hacer bien mi trabajo, pero tenía a mi lado a alguien que sabía mucho más que yo.

Así que miré.

Después pregunté.

Y, cuando entendí un poco, intenté hacerlo.

El aprendizaje silencioso necesita proximidad, pero también necesita curiosidad.

Estar cerca de los que saben

Hay algo que he confirmado muchas veces durante mi carrera: una enorme cantidad del conocimiento profesional no está en los libros.
Está en las personas.
En cómo alguien experimentado identifica rápidamente dónde está un problema.
En la pregunta que hace antes de tomar una decisión.
En aquello que revisa primero.
En lo que decide no hacer.
En una forma particular de organizar la información.
En esas pequeñas acciones que para quien lleva años haciéndolas resultan completamente naturales.

Por eso mirar a alguien que sabe también puede ser una forma extraordinaria de estudiar.

No para copiarlo.

Sino para comprender cómo piensa.

Y eso requiere cierta humildad: hay que aceptar que otro sabe algo que nosotros todavía no sabemos.

Hay que preguntar.

Hay que escuchar.

Y, sobre todo, después hay que intentarlo por cuenta propia. Porque mi verdadero aprendizaje no terminó junto al sistema de inscripciones. Comenzó allí. Se consolidó después, durante las muchas horas tratando de construir uno en mi propia computadora.

Una lección también para quien lidera

Hoy veo aquella historia también desde el otro lado.

Alguien se tomó el tiempo de explicarme. Podía haber respondido mis preguntas de manera superficial. Podía haber pensado que yo solamente estaba allí para ayudarlo con sus desplazamientos.

Pero me mostró cómo funcionaba su trabajo.

Y esa pequeña decisión tuvo consecuencias que probablemente ninguno de los dos podía anticipar.

Para quienes tenemos personas desarrollándose a nuestro alrededor, hay una lección importante ahí: no toda formación requiere un curso. A veces desarrollar a alguien consiste simplemente en permitirle acercarse al trabajo real.

Explicarle por qué hacemos algo.

Mostrarle cómo resolvemos un problema.

Dejarlo mirar.

Responder sus preguntas.

Y, cuando esté preparado, permitirle intentarlo.

El liderazgo también consiste en crear esa proximidad.

Porque quizás nosotros ya hacemos determinadas cosas de manera automática, pero para quien está comenzando verlas puede abrir un mundo completamente nuevo.

Detrás de la silla de ruedas

Durante aquellos días yo creía que mi responsabilidad era llevar a una persona hasta su lugar de trabajo y quedarme allí por si necesitaba algo.

Eso era exactamente lo que me habían pedido.

Pero detrás de aquella responsabilidad había mucho más.

Había un sistema que yo todavía no sabía desarrollar.

Había un profesional que sabía mucho más que yo.

Había una forma distinta de utilizar la computadora que tenía en mi casa.

Y había una posibilidad profesional que todavía no alcanzaba a ver.

Lo único que tuve que hacer inicialmente fue aceptar estar allí.

Después, prestar atención.

Muchos años después resulta fácil identificar aquel momento como uno de los puntos importantes de mi carrera.

En ese momento era simplemente el trabajo que me había tocado hacer.

Quizás esa sea la parte que conviene recordar.

No siempre podemos elegir qué tarea nos asignan.

Pero sí podemos decidir qué hacemos con el lugar en el que esa tarea nos coloca.

A veces estaremos detrás.

A veces tendremos que ayudar.

A veces el trabajo interesante parecerá estar haciéndolo otro.

Conviene mirar con atención.

Porque puede que estemos exactamente donde necesitamos estar para aprender a hacerlo nosotros.

Un año después, yo estaba frente al sistema.

Pero todo había comenzado detrás de una silla de ruedas.


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