Transcribir también era aprender


Memorias en Ejecución – Liderazgo, trabajo y decisiones reales – T2/E18

Fernando J. Castellano Azócar

Durante mucho tiempo existieron trabajos que parecían mucho más simples de lo que realmente eran. Transcribir un texto era uno de ellos. Alguien entregaba unas hojas escritas o mecanografiadas, uno se sentaba frente a la computadora, copiaba aquello con cuidado, lo revisaba, lo imprimía y entregaba el resultado.

Visto desde afuera, no parecía haber demasiado que aprender. Pero yo aprendí muchísimo. Y no me refiero solamente a escribir más rápido, mejorar la ortografía o dominar un procesador de palabras. Mientras transcribía, estaba leyendo. Y mientras leía, sin saberlo, estaba entrando en la manera de pensar de otras personas.

Cuando tener una computadora todavía era una ventaja

Hoy resulta difícil imaginarlo, pero hubo una época en la que tener acceso a una computadora era algo extraordinario.

En mi caso, ese acceso llegó muy temprano gracias a mi papá. Por su trabajo como investigador universitario estuvo siempre cerca de tecnologías que todavía no eran comunes, y muchas de ellas terminaron llegando a nuestra casa. Así aparecieron distintas computadoras con las que fui aprendiendo prácticamente por mi cuenta.

Primero explorando.

Después leyendo manuales.

Luego intentando hacer programas.

Y finalmente utilizándolas para resolver problemas reales.

Con una de aquellas computadoras aprendí a manejar bastante bien un procesador de palabras. Mi papá escribía artículos relacionados con sus investigaciones y comencé a ayudarlo transcribiendo sus textos. Después vino mi tía. Luego algunos compañeros de ellos.

Sin darme cuenta, había comenzado a ofrecer un servicio.

Mi trabajo era transcribir.

Pero el verdadero aprendizaje estaba ocurriendo en otra parte.

Para escribir algo tienes que leerlo

Transcribir correctamente exige atención.

No basta con mover los dedos sobre el teclado. Hay que entender dónde termina una frase. Dónde comienza otra.

Hay que reconocer títulos, párrafos, referencias, términos técnicos, números y estructuras.

Y cuando uno pasa suficientes horas haciendo eso sucede algo inevitable:

comienza a absorber lo que está leyendo.

Los documentos que llegaban a mis manos no eran textos cualquiera. Muchos eran trabajos académicos, artículos científicos y resultados de investigaciones desarrolladas por personas que dedicaban buena parte de su vida a estudiar un problema.

Yo había acompañado algunas de esas investigaciones desde otro lugar. En ocasiones había participado tomando muestras o ayudando con alguna tarea en campo. Ahora aparecía la otra parte.

La información que habíamos recolectado se convertía en tablas.

Las tablas en análisis.

El análisis en argumentos.

Y esos argumentos terminaban convertidos en conclusiones.

Fue una conexión importante.

Comprendí que aquel dato que parecía insignificante cuando alguien me pedía registrarlo podía terminar formando parte de algo mucho mayor.

Eso cambia la manera en la que uno entiende una tarea.

Aprender cómo piensa alguien que sabe

Hay algo particularmente valioso en leer el trabajo de personas que dominan una disciplina. Uno no aprende solamente las respuestas. Aprende cómo construyen las preguntas.

Comienza a descubrir cómo plantean un problema.

Qué información consideran relevante.

Cómo organizan una idea.

Cómo sustentan una afirmación.

Qué hacen con los datos.

Y cómo llegan finalmente a una conclusión.

Yo no estaba estudiando formalmente esos temas. Mi responsabilidad seguía siendo transcribir.

Pero después de pasar horas trabajando con determinados documentos, algunas veces terminaba haciendo comentarios sobre aquello que acababa de copiar.

Ya tenía una opinión.

Eso significa que algo había ocurrido durante el proceso.

La información había dejado de pasar simplemente por mis manos. Había comenzado a pasar también por mi cabeza.

La diferencia entre ejecutar y procesar

Con los años he visto que esta diferencia aparece en muchísimos trabajos.

Dos personas pueden hacer exactamente la misma tarea y terminar obteniendo experiencias completamente diferentes.

Una puede limitarse a ejecutar.

La otra puede intentar entender.

No necesariamente porque sea más inteligente. Muchas veces simplemente porque presta atención.

Quien prepara un reporte puede limitarse a llenar campos. O puede comenzar a entender qué indicadores utiliza la organización para tomar decisiones.

Quien elabora una minuta puede limitarse a registrar lo que alguien dijo. O puede descubrir cómo se discuten los problemas y cómo se construyen acuerdos.

Quien actualiza un presupuesto puede limitarse a cambiar números. O puede comenzar a comprender dónde realmente se genera o se pierde dinero.

El trabajo es el mismo. Lo que cambia es la manera de relacionarse con él.

Y esa diferencia, repetida durante años, termina construyendo criterio.

La precisión también se aprende

Había además otra lección menos evidente.

Transcribir exigía exactitud.

Una palabra incorrecta podía cambiar el significado de una frase. Un número equivocado podía alterar un resultado. Una referencia mal escrita podía introducir un error en un documento que después leerían muchas otras personas.

Eso se hizo particularmente claro cuando tuve oportunidad de transcribir resultados relacionados con investigaciones en las que previamente había colaborado tomando información. Entonces entendí algo que luego encontré muchas veces durante mi vida profesional:

la calidad del resultado final depende de la calidad de muchas pequeñas tareas intermedias.

El gran resultado generalmente recibe la atención. Pero detrás existen decenas —a veces cientos— de actividades que deben hacerse correctamente para que ese resultado tenga valor.

La confiabilidad se construye así.

Detalle por detalle.

El trabajo también estaba formando una reputación

Mientras mejoraba mi velocidad y cometía menos errores, algo más comenzaba a suceder.

La gente empezó a considerar que yo sabía mucho de computadoras. En cierta forma era verdad. Pero esa percepción no nació de un título ni de una certificación. Nació de resultados.

Alguien necesitaba un documento.

Yo podía hacerlo.

Lo hacía bien.

Después podía hacerlo más rápido.

Luego alguien me recomendaba.

Y aparecía otro trabajo.

Así se va construyendo muchas veces una reputación profesional. No necesariamente haciendo algo espectacular, sino resolviendo correctamente una necesidad una y otra vez.

La acumulación de pequeñas evidencias termina formando una imagen sobre lo que uno es capaz de hacer.

Y muchas oportunidades futuras comienzan precisamente allí.

Leer por trabajo es distinto a leer por obligación

También hubo otro efecto que solamente pude reconocer mucho después.

Transcribir me hizo leer muchísimo.

Textos técnicos.

Documentos académicos.

Artículos.

Algunos en español. Otros en inglés.

Eso mejoró mi redacción, mi ortografía y mi vocabulario prácticamente sin proponérmelo. Pero creo que hubo algo todavía más importante. Aprendí a reconocer cómo estaba construido un buen texto.

Cuando se lee lo suficiente empiezan a aparecer patrones. Uno comienza a notar cuándo una idea está bien explicada. Cuándo falta información. Cuándo un argumento tiene sentido. Cuándo una conclusión parece forzada.

Eso también es criterio.

Y el criterio rara vez aparece como resultado de una sola experiencia. Se va sedimentando.

Una lectura.

Una conversación.

Un error.

Un documento.

Un proyecto.

Un problema.

Hasta que un día uno toma una decisión y parece hacerlo casi intuitivamente.

Pero detrás de esa intuición hay años de información procesada.

El trabajo simple que me enseñó a pensar mejor

En aquel momento yo probablemente pensaba que estaba aprendiendo a usar una computadora. Y ciertamente lo estaba haciendo. Pero visto desde hoy, aquello era apenas una parte.

Estaba aprendiendo a trabajar con precisión. Estaba aprendiendo a leer. Estaba aprendiendo a escribir. Estaba entendiendo cómo otras personas estructuraban problemas. Estaba viendo cómo los datos terminaban convirtiéndose en decisiones y resultados. Y estaba construyendo una reputación alrededor de una tecnología que después sería determinante en mi carrera.

Todo mientras hacía algo tan sencillo como transcribir.

Por eso, cuando miro hacia atrás, cada vez me cuesta más dividir los trabajos entre aquellos que “enseñan” y aquellos que simplemente hay que hacer.

En realidad, casi todos pueden enseñar. La diferencia está en cuánto estamos procesando mientras los hacemos.

Porque hay trabajos en los que las manos ejecutan una tarea mientras la cabeza está aprendiendo otra cosa. Y muchas veces esa segunda tarea termina siendo la más importante.

Transcribir era el trabajo.
Aprender a pensar mejor fue el resultado.


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