La primera reputación se construye temprano


Memorias en Ejecución — Liderazgo, trabajo y decisiones reales — T2/E20

Fernando J. Castellano Azócar

Mi primera reputación profesional apareció mucho antes de que yo tuviera una profesión. No tenía título, cargo ni un currículo que mostrar. Pero ya había personas que, cuando necesitaban resolver determinadas cosas, comenzaban a pensar en mí.

Durante años pensé en mis primeros trabajos como experiencias aisladas.

Uno había llevado al siguiente. Había aprendido algo aquí, descubierto algo allá, ganado algún dinero y seguido adelante. Vistos desde el presente, sin embargo, hay conexiones que entonces eran imposibles de reconocer. Una de ellas tiene que ver con la reputación. Porque mucho antes de que yo supiera que aquello podía llamarse así, ya había personas formándose una idea sobre lo que podían esperar de mí, y actuando en consecuencia.

Primero fui el muchacho que sabía usar la computadora

Cuando llegó una computadora a mi casa, mi interés estuvo mucho menos en los juegos que en descubrir qué podía hacer con ella.

Aprendí a utilizar el procesador de palabras y comencé a ayudar a mi papá con la transcripción de sus artículos científicos. Después vino mi tía. Luego algunos compañeros de trabajo de mis padres. Y, poco a poco, aquello que había comenzado como algo que hacía en casa se convirtió en un servicio que otras personas también querían que les prestara.

En ese momento yo no estaba pensando en posicionamiento profesional. Mucho menos en marca personal. Ni siquiera tenía una carrera profesional que posicionar. Simplemente había algo que sabía hacer y había personas que comenzaban a asociarme con esa capacidad, y eso es lo que hoy me parece importante. Porque la primera reputación que construimos rara vez es grandiosa.

Nadie observa a un muchacho transcribiendo textos y piensa: “aquí hay un futuro gerente” o “este será un líder”.

La asociación es mucho más concreta.

Él sabe hacer esto.

Y esa pequeña frase puede ser mucho más importante de lo que parece. Porque a partir de allí comienzan las decisiones:

A quién llamar.

A quién consultar.

A quién pedirle ayuda.

A quién darle el siguiente trabajo.

La reputación no siempre se anuncia

Tendemos a relacionar la reputación con el reconocimiento. Con que alguien hable bien de nosotros. Con recibir una felicitación, una recomendación o eventualmente un ascenso. Pero las primeras señales pueden ser mucho más discretas. A veces nadie dice nada. Simplemente vuelven.

O te piden algo diferente.

O te incluyen en algo en lo que antes no participabas.

La señal de que una reputación empieza a existir no es necesariamente que alguien te felicite, es que cambia lo que los demás están dispuestos a poner en tus manos.

Eso fue ocurriendo sin que yo lo advirtiera.

Primero eran textos.

Después computadoras.

Más adelante serían sistemas, información, procesos y responsabilidades que ya tenían consecuencias mucho mayores.

Y uno de los lugares donde ese cambio se hizo particularmente evidente fue AsoVAC.

El puesto llegó después de la evidencia

La Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia había formado parte de mi entorno desde niño.

Mis padres y muchas de las personas que nos rodeaban estaban vinculados con ella. Había crecido viendo sus actividades, escuchando hablar del Festival Juvenil de la Ciencia y acompañando de alguna forma aquel mundo académico.

Cuando me fui a estudiar a Mérida, mi relación con AsoVAC comenzó a cambiar. Ya no estaba solamente observando lo que hacían los adultos. Empecé a acercarme desde lo que yo podía aportar.

Por aquellos años compraron una computadora. Recuerdo instalarle Windows 3.11 —con aquella colección interminable de disquetes—, el Office de la época y comenzar a ayudarlos para que la utilizaran. Había mucha información que todavía se manejaba manualmente y, mientras pasaba tiempo en la oficina, comenzaron a ocurrírseme formas de digitalizar algunos de esos procesos.

Yo iba. Ayudaba. Proponía cosas. Participaba. Hasta que un día fueron ellos quienes se acercaron a proponerme que trabajara medio tiempo.

Ese detalle, visto tantos años después, me parece fundamental.

Yo no llegué a AsoVAC contratado para demostrar que podía aportar. Primero aporté y después apareció el puesto.

El cargo no inició la evaluación; en cierta forma, la formalizó.

Cuando llegó aquella propuesta, ya existía información previa sobre mí. Ya me habían visto interactuar con la tecnología. Ya sabían cómo me desenvolvía dentro de aquella comunidad. Ya tenían una idea de las cosas que podían pedirme.

El puesto llegó después de la evidencia.

De saber hacer algo a poder hacerse cargo de algo

Trabajar allí produjo otro cambio.

Ya no se trataba solamente de que supiera utilizar una computadora.

Comencé a recibir solicitudes para las inscripciones de investigadores en la Convención, a colaborar permanentemente con la logística del Festival Juvenil de la Ciencia y a asumir responsabilidades que nunca antes había tenido. Entre ellas estuvo el manejo de información relacionada con los aportes económicos de los miembros, que debía mantenerse conciliada con la información proveniente de la nómina de la Universidad.

La naturaleza de lo que colocaban en mis manos estaba cambiando, y eso significaba algo.

Porque existe una diferencia enorme entre que alguien piense:

“Fernando sabe de computadoras”

y que empiece a pensar:

“Esto se lo podemos dejar a Fernando”.

No parecen afirmaciones demasiado diferentes, pero profesionalmente hay un mundo entre ambas.

La primera reconoce una capacidad.

La segunda habilita responsabilidad.

Y una carrera comienza a cambiar cuando las capacidades dejan de ser solamente algo que uno posee y comienzan a convertirse en razones para que otros le entreguen asuntos que necesitan resolver.

Alguien siempre está decidiendo qué puede confiarte después

Con el tiempo me tocó estar del otro lado.

Asignar responsabilidades.

Seleccionar personas para determinadas tareas.

Decidir quién debía enfrentar un problema.

Confiar información, clientes, recursos, proyectos o decisiones a alguien más.

Y entonces entendí mejor lo que probablemente estaba ocurriendo en aquellos años. Cuando asignamos una responsabilidad nunca tenemos certeza absoluta de lo que va a pasar. Estamos haciendo una predicción. Intentamos responder una pregunta:

¿Qué creo que hará esta persona cuando esto quede en sus manos?

Los títulos ayudan.

La experiencia ayuda.

Las credenciales ayudan.

Pero también pesa enormemente aquello que ya hemos visto hacer.

Por eso la reputación tiene una dimensión profundamente práctica. No es solamente una opinión sobre nosotros. Es información que otras personas utilizan para tomar decisiones.

Y esas decisiones pueden comenzar mucho antes de que tengamos una trayectoria profesional formal.

Antes del currículo ya hay evidencia

Cuando uno comienza su carrera suele preocuparse por una paradoja bastante incómoda: para conseguir experiencia le piden experiencia. Pero la experiencia formal no es la única evidencia que estamos produciendo.

Antes del primer gran empleo ya hemos trabajado con alguien.

Hemos colaborado.

Hemos resuelto algo.

Hemos participado en algún proyecto.

Hemos tenido acceso a determinada información.

Hemos enfrentado situaciones en las que otras personas pudieron observar cómo respondíamos.

En mi caso, antes de tener mucho que escribir en un currículo, ya existían personas que me conocían por lo que hacía con las computadoras. Después hubo otras que me conocieron por mi trabajo en AsoVAC. Y esas percepciones fueron ampliando el tipo de oportunidades a las que podía acceder. No porque alguien hubiese diseñado un plan de carrera para mí. Mucho menos porque yo hubiera diseñado uno.

Sencillamente había comenzado a dejar evidencia.

El currículo mira hacia atrás; la reputación también empuja hacia adelante

Hay una diferencia que ahora me parece particularmente útil: un currículo documenta lo que uno ya hizo; la reputación influye en lo que alguien está dispuesto a dejarnos hacer después. Por eso puede comenzar tan temprano. No necesita esperar a que tengamos un gran puesto. De hecho, para cuando conseguimos determinados puestos, muchas veces ya existe.

En AsoVAC lo entendí sin saber que lo estaba entendiendo. Las personas que me dieron aquella oportunidad pertenecían a una comunidad académica exigente y estaban, de alguna manera, poniendo también su propio prestigio detrás de esa decisión.

Después vendrían nuevas responsabilidades y nuevas oportunidades.

Pero el proceso había empezado mucho antes.

Con artículos que alguien necesitaba transcribir.

Con una computadora que había que configurar.

Con información que podía organizarse mejor.

Con problemas concretos para los cuales alguien comenzó a pensar que yo podía ser útil.

Por eso, cuando intento identificar dónde comenzó realmente mi carrera profesional, ya no tengo tan claro que pueda señalar una fecha.

El primer contrato es una fecha.

El primer cargo es una fecha.

El primer salario formal también.

Pero la reputación no funciona de esa manera. Se va formando mientras otros nos observan trabajar y, sobre todo, se vuelve visible cuando esas observaciones empiezan a modificar sus decisiones.

Mi primera reputación profesional no comenzó cuando tuve algo importante que poner en una tarjeta de presentación.

Comenzó cuando otras personas empezaron a poner cosas importantes en mis manos.

Y eso ocurrió mucho antes de que yo supiera que mi carrera ya había comenzado.


Comentarios

Deja un comentario