Memorias en Ejecución — Liderazgo, trabajo y decisiones reales — T3/E21
Fernando J. Castellano Azócar
Hay lecciones que llegan en forma de consejo. Otras llegan en forma de oportunidad. Y algunas llegan cuando tu papá te quita las llaves de un tractor y le dice a un grupo de obreros que, a partir de ese momento, eres uno más.
La mía comenzó así.
Tenía cerca de 17 años y faltaban unos tres meses para que comenzara la Universidad. Mi papá era Director del Jardín Botánico de Barinas, perteneciente a la UNELLEZ, y durante algún tiempo aquel lugar había sido para mí una especie de enorme parque de diversiones.
Había tractores, camionetas, caballos, maquinaria agrícola, un zoológico, cultivos y hectáreas enteras que podía recorrer. Y había algo todavía más importante: yo era el hijo del Director.
Eso abría muchas puertas. Quizás demasiadas.
Si quería manejar algo, me dejaban. Si quería ir a algún lugar, podía hacerlo. Nadie quería ser quien le dijera que no al muchacho cuyo papá estaba a cargo de todo aquello.
Hasta que un día apareció mi verdadero jefe: mi papá.
Se acabó el paseo
Había llegado un tractor pequeño al Jardín Botánico y yo prácticamente me había apropiado de él. Lo usaba para recorrer el terreno, explorar y entretenerme. Hasta que mi papá me vio llegar manejándolo.
Me preguntó qué estaba haciendo con la máquina.
La respuesta, aunque seguramente intenté adornarla, era bastante sencilla: nada.
Entonces hizo algo que en aquel momento no terminé de entender: buscó a las personas responsables del mantenimiento del Jardín, les pidió que me quitaran el tractor y les dio una instrucción muy clara: desde ese momento debían considerarme como cualquier otro trabajador.
Nada de privilegios.
Nada de trato especial.
Nada de ser el hijo del Director.
Si iba a estar allí, iba a trabajar.
Ese día comenzó una de las experiencias más importantes de mi formación.
No profesional.
De mi formación como persona.
A las siete de la mañana
Mi primera sorpresa fue descubrir que trabajar allí significaba llegar a la misma hora que los demás.
Las actividades comenzaban a las siete de la mañana.
Hasta entonces podía llegar más tarde con mi mamá, que también trabajaba en la Universidad. Eso se acabó.
Empecé a salir temprano con mi papá.
Pero el horario fue solamente la primera corrección de expectativas.
En cada jornada se organizaban los equipos y un capataz distribuía el trabajo. Había personas especializadas en distintas tareas: cortar el pasto, manejar maquinaria, trabajar determinados terrenos, atender animales. A mí me asignaron inicialmente a un grupo encargado de limpiar una zona donde el monte estaba muy alto.
A mano.
Con machete.
Yo sabía utilizar uno. En mi casa siempre habíamos tenido machete y alguna vez había cortado monte. Pero una cosa es hacerlo durante un rato… y otra muy distinta es vivir de eso.
Comencé con entusiasmo.
Poco después me dolían las manos.
Después la espalda.
Después prácticamente todo el cuerpo.
Trabajábamos bajo el sol de Barinas, con temperaturas que rondaban los 38 grados. Mis manos no tenían los callos de quienes llevaban años haciendo aquel trabajo y, al poco tiempo, comenzaron incluso a sangrar.
Terminé trabajando con ambas manos heridas.
Y seguí.
Parte era orgullo. No quería ser el muchacho débil que había llegado porque era hijo del Director. Pero también estaba comenzando a descubrir algo mucho más importante: aquellos hombres hacían todos los días algo que yo apenas podía soportar durante unas horas.
El trabajo cambia cuando conoces lo que cuesta
Hay una diferencia enorme entre mirar un trabajo y hacerlo.
Desde afuera, cortar monte puede parecer una actividad elemental.
Subirse a un tractor parece sencillo.
Cultivar maíz puede parecer simplemente manejar una máquina.
Limpiar un zoológico puede parecer una tarea poco sofisticada.
Hasta que te toca hacerlo.
Entonces aparecen los detalles:
La técnica.
El cansancio.
Los riesgos.
La experiencia.
Y especialmente el conocimiento acumulado que resulta invisible para quien solamente observa.
Después de los primeros días, mi cuerpo comenzó a adaptarse. Aparecieron los callos. Gané resistencia. Aprendí a trabajar bajo aquellas condiciones. Y entonces comenzó la verdadera formación. Porque no permanecí haciendo una sola tarea. Fui rotando.
Mis primeros maestros no tenían ese título
Uno de los trabajos que más recuerdo fue aprender a manejar correctamente los tractores.
Yo pensaba que sabía hacerlo porque ya había manejado alguno.
Pronto descubrí que saber mover una máquina no significa saber trabajar con ella.
Me asignaron a un hombre con mucha experiencia. Durante varios días fui a su lado.
Lo escuché.
Me enseñó cómo revisar el tractor antes de comenzar una jornada, cómo preparar el terreno, cómo trabajar correctamente cada área y qué debía revisar al terminar.
Había una razón detrás de cada cosa.
Y yo hice algo que con los años he descubierto que resulta tremendamente útil en cualquier profesión: escuché a quien sabía más que yo.
No importaba su cargo.
No importaba su nivel académico.
Importaba que sabía hacer aquello que yo necesitaba aprender.
Llegó finalmente el momento de hacerlo solo.
Primero bajo supervisión.
Después con mayor autonomía.
Hasta que un día me asignaron un tractor y un área que debía atender. Curiosamente, era la misma máquina que antes utilizaba para pasear, solo que ahora había una diferencia fundamental: antes tenía el tractor porque era el hijo del Director; Ahora me lo habían confiado porque había aprendido a utilizarlo.
Parecía el mismo privilegio.
No lo era.
Uno provenía de mi posición. El otro tuve que ganármelo.
Aprender también era limpiar
El Jardín Botánico me llevó por muchos otros lugares.
Pasé días trabajando en el zoológico, limpiando y alimentando animales.
Participé en el cultivo del maíz. Aprendí que el trabajo no terminaba cuando pasaba la máquina: había que recorrer después el terreno y recuperar las mazorcas que habían quedado atrás.
Cada una importaba.
Conocí actividades que desde lejos parecen simples y descubrí que detrás de casi todas existe un oficio. Y mientras trabajaba, escuchaba…
Historias.
Experiencias.
Errores.
Consejos.
Formas de resolver problemas.
Personas que probablemente nunca se habrían presentado a sí mismas como mentores estaban haciendo exactamente eso conmigo.
Más de treinta años después sigo recordando a muchos de aquellos hombres.
Eso dice bastante sobre la importancia que tuvieron.
La jerarquía que descubrí allí
El Jardín Botánico también me permitió entender por primera vez una forma particular de jerarquía. No estaba basada en títulos universitarios. Estaba basada en experiencia.
Entre aquellos trabajadores existían los maestros. Eran quienes conocían mejor una actividad, quienes podían ejecutarla correctamente y quienes tenían la capacidad de enseñar a los demás. Su autoridad no aparecía escrita necesariamente en una tarjeta de presentación. Se demostraba trabajando.
Esa idea me ha acompañado durante toda mi vida profesional, porque los organigramas establecen cargos, pero el conocimiento real de una operación muchas veces vive en otro lugar:
Puede estar en el técnico que lleva veinte años reparando el mismo equipo.
En el operador que reconoce un problema por el sonido de una máquina.
En quien sabe que determinado procedimiento escrito funciona de una manera en el papel y de otra cuando llega al terreno.
En quien ha cometido suficientes errores como para saber cuáles no deben repetirse.
Con los años he ocupado posiciones desde las que me ha tocado dirigir personas, operaciones y proyectos, y aquella experiencia me dejó una advertencia que todavía considero vigente:
tener autoridad sobre alguien no significa saber más que esa persona sobre su trabajo.
Confundir esas dos cosas es uno de los errores más fáciles de cometer cuando se comienza a liderar.
Ayudante o aprendiz
De aquella experiencia también quedó una palabra que hoy me parece especialmente importante.
En muchos oficios existe el maestro y existe el ayudante.
Con los años he preferido pensar en el segundo como aprendiz.
La diferencia puede parecer semántica.
No lo es.
Un ayudante está allí para hacer lo que le indiquen. Un aprendiz también hace lo que le indican, pero observa, pregunta, entiende y acumula conocimiento.
El primero ayuda a terminar el trabajo.
El segundo se prepara para algún día saber hacerlo.
Durante aquellos meses yo pude haber sido simplemente el muchacho que hacía lo que le ordenaban mientras esperaba el momento de irse a la Universidad.
Pero terminé aprendiendo.
Y esa diferencia cambió completamente el valor de la experiencia.
La humildad no es hacerse menos
Durante mucho tiempo interpreté la humildad como una característica relacionada con la forma de comportarse.
Hoy la entiendo de otra manera.
Humildad también es reconocer que alguien puede enseñarte algo independientemente de su posición.
Es aceptar que desconoces un trabajo antes de opinar sobre su dificultad.
Es escuchar a quien tiene experiencia.
Es comprender que el conocimiento no siempre viene acompañado de credenciales.
Y también es estar dispuesto a hacer un trabajo que considerabas por debajo de tus posibilidades para descubrir que, probablemente, ni siquiera estabas preparado para hacerlo bien.
Yo llegué al Jardín Botánico siendo el hijo del Director, y terminé siendo aprendiz de obreros. Esa transformación explica buena parte de lo que me dejó aquella experiencia. No porque aquellos trabajos fueran inferiores a otros; precisamente porque descubrí que no lo eran.
La decisión de mi papá
Hay otra parte de esta historia que solo entendí mucho tiempo después.
Durante aquellos primeros días llegué a preguntarme por qué mi papá estaba siendo tan duro conmigo. Podía haber hecho mi estancia mucho más cómoda.
Era el Director.
Podía asignarme una oficina.
Ponerme a hacer algún trabajo administrativo.
Dejarme seguir jugando con los equipos.
No lo hizo.
En cambio, eliminó el privilegio que él mismo podía haberme proporcionado y me dejó en manos de personas que podían enseñarme algo que difícilmente habría aprendido en una oficina.
Entonces no lo entendí.
Cuando terminé aquellos meses y llegó el momento de irme a la Universidad, ya comenzaba a hacerlo.
Hoy se lo agradezco.
Porque no me explicó que todos los trabajos merecen respeto. Me puso a trabajar.
No me explicó que debía valorar la experiencia. Me puso al lado de gente que sabía mucho más que yo.
No me explicó que un privilegio y una responsabilidad son cosas distintas. Primero me quitó las llaves del tractor.
Y después dejó que me las ganara.
La lección del Jardín Botánico
He trabajado después en tecnología, operaciones, proyectos, mantenimiento y muchas otras áreas que parecen tener muy poca relación con aquellos meses cortando monte, limpiando animales o conduciendo tractores.
Pero la relación existe.
Cada vez que he llegado a una operación nueva y he preferido escuchar primero a quienes trabajan en ella, hay algo del Jardín Botánico.
Cada vez que he valorado la experiencia de una persona independientemente de su cargo, hay algo del Jardín Botánico.
Cada vez que he intentado entender qué implica realmente una tarea antes de exigir un resultado, hay algo del Jardín Botánico.
Y cada vez que recuerdo que un cargo no convierte automáticamente a nadie en maestro, también está allí aquella experiencia.
Quizás por eso, después de tantos años, sigo recordando a aquellos trabajadores. Yo era un muchacho que estaba a punto de entrar a la Universidad; ellos probablemente no imaginaban qué terminaría haciendo con mi vida.
Muchos quizás nunca supieron cuánto me enseñaron.
Pero fueron mis maestros.
Y una de las lecciones más importantes que me dejaron fue tremendamente sencilla:
no hay trabajo pequeño cuando uno está dispuesto a aprender de él.
Y tampoco hay liderazgo verdadero si alguna vez olvidamos respetar a quienes saben hacer el trabajo.


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