Fernando J. Castellano Azócar
Ley 24: Se preocupan muy poco por las opiniones negativas de los otros porque una opinión es solo una opinión, así que para qué hacerla más que una opinión.
Una de las cosas más difíciles para cualquier ser humano es no sentirse afectado por la opinión de los demás.
Nos guste o no reconocerlo, todos estamos expuestos a lo que otros piensan, dicen, interpretan o juzgan sobre nosotros. Y en estos tiempos esa exposición se ha multiplicado. Las redes sociales hicieron que opinar fuera fácil, inmediato y, muchas veces, irresponsable. Hoy cualquiera puede emitir un juicio sobre lo que otro hace, dice, publica, decide o representa, sin conocer el contexto, sin entender el esfuerzo que hay detrás y sin asumir ninguna consecuencia por esa opinión.
Lo curioso es que muchas personas buscan exponerse para recibir reconocimiento, pero se incomodan cuando esa misma exposición trae consigo críticas, cuestionamientos o comentarios negativos. Queremos visibilidad, pero no siempre queremos pagar el precio de ser vistos. Queremos compartir, pero no siempre queremos aceptar que compartir implica abrir una puerta para que otros interpreten, opinen y, en algunos casos, critiquen.
Una opción, por supuesto, es no exponerse. No publicar, no opinar, no decir nada, no mostrar nada. Esa puede ser una alternativa válida para ciertos espacios personales, especialmente en redes sociales. Pero en liderazgo esa opción no existe del todo.
El líder siempre está expuesto.
Está expuesto porque debe tomar decisiones. Está expuesto porque debe fijar posiciones. Está expuesto porque debe actuar cuando otros dudan. Está expuesto porque debe elegir caminos que no siempre serán populares. Está expuesto porque, incluso cuando no dice nada, su silencio también será interpretado.
Liderar implica convivir con la opinión ajena. Algunas veces será positiva. Otras veces será negativa. Algunas será justa. Otras será completamente injusta. Algunas vendrá desde la buena intención. Otras desde la frustración, la envidia, la incomprensión o simplemente desde la necesidad que tienen algunas personas de opinar sobre todo.
Por eso, una de las habilidades más importantes del liderazgo es aprender a poner las opiniones en su justo lugar.
Una opinión es una opinión. No es una sentencia. No es una verdad absoluta. No es necesariamente un diagnóstico correcto. No es una orden. No es una obligación. Es apenas la forma en que alguien interpreta algo desde su propio marco de referencia, con su propia información, sus propios sesgos, sus propias emociones y sus propias limitaciones.
El problema aparece cuando uno toma esa opinión y la convierte en algo más grande de lo que realmente es.
Una crítica puede ser útil si contiene información que permita mejorar. Una observación puede ser valiosa si viene de alguien con criterio, experiencia o conocimiento del contexto. Un comentario puede servir si revela algo que uno no estaba viendo. Pero no toda opinión merece el mismo peso. No toda crítica merece la misma atención. No todo juicio merece una reacción.
En mi caso, con el tiempo he ido desarrollando una especie de costra. No lo digo como algo negativo, ni como una forma de indiferencia absoluta. Más bien lo veo como una capa de protección necesaria. Una forma de no dejar que cada comentario, cada aprobación o cada crítica determine mi estado de ánimo, mis decisiones o mi manera de actuar.
Y eso aplica en ambos sentidos.
Porque así como no conviene derrumbarse por las opiniones negativas, tampoco conviene vivir de las opiniones positivas. El aplauso también puede ser peligroso. La aprobación también puede distraer. El reconocimiento también puede alimentar una versión equivocada de uno mismo si se convierte en dependencia.
Cuando uno empieza a necesitar que todos aprueben lo que hace, deja de actuar desde sus fundamentos y empieza a actuar desde la necesidad de validación. Y cuando eso ocurre, el liderazgo se debilita.
El líder no puede vivir pendiente de gustarle a todos.
Debe escuchar, por supuesto. Debe observar. Debe recibir retroalimentación. Debe revisar sus decisiones cuando sea necesario. Debe tener la humildad suficiente para reconocer errores. Pero escuchar no es obedecer cualquier opinión. Ser humilde no significa dejarse mover por cada comentario. Tener apertura no significa renunciar al propio criterio.
La diferencia está en los fundamentos.
Cuando una decisión se toma desde la improvisación, cualquier crítica puede hacerla tambalear. Pero cuando una decisión se toma desde el análisis, desde la experiencia, desde el contexto, desde los valores y desde una comprensión clara de lo que se busca lograr, entonces la opinión ajena puede escucharse sin que necesariamente controle el rumbo.
Eso no significa que el líder siempre tenga la razón. Ningún líder la tiene. Pero sí significa que debe actuar con suficiente claridad interna como para no quedar paralizado por el miedo a ser criticado.
Porque la crítica siempre estará presente.
Si uno decide, habrá quien critique la decisión. Si uno no decide, habrá quien critique la falta de decisión. Si uno comunica mucho, habrá quien diga que habla demasiado. Si uno comunica poco, habrá quien diga que no informa. Si uno exige, habrá quien lo considere duro. Si uno es flexible, habrá quien lo considere débil. Si uno cambia de rumbo, habrá quien diga que no tiene consistencia. Si uno mantiene el rumbo, habrá quien diga que no sabe adaptarse.
No hay forma de escapar completamente de la opinión ajena.
Y por eso el objetivo no puede ser evitar la crítica. El objetivo debe ser aprender a convivir con ella sin permitir que se convierta en el centro de nuestras decisiones.
Esto se vuelve todavía más importante en estos tiempos, en los que todos estamos más expuestos. En mi caso particular, tengo un blog desde hace muchos años y he compartido muchas de mis opiniones, reflexiones y experiencias. Más recientemente también he comenzado a hacerlo en otros medios, como YouTube y LinkedIn. Eso implica exposición. Implica que lo que uno piensa puede ser leído, escuchado, compartido, ignorado, cuestionado o malinterpretado.
Pero también implica asumir una posición.
Y asumir una posición siempre tiene un costo.
No se puede pretender tener voz propia y, al mismo tiempo, evitar por completo que alguien cuestione esa voz. No se puede pretender compartir experiencia y esperar que todos la reciban de la misma manera. No se puede pretender liderar, decidir, escribir, hablar o construir algo significativo sin exponerse al juicio de otros.
Por eso es tan importante separar la opinión del valor personal.
Que alguien critique una decisión no significa que uno sea incapaz. Que alguien no esté de acuerdo con una postura no significa que uno esté equivocado. Que alguien no entienda lo que uno está haciendo no significa que lo que uno hace no tenga sentido. Que alguien opine negativamente no significa que esa opinión deba convertirse en una carga.
A veces la opinión ajena habla más de quien opina que de quien recibe la opinión.
Y esto también debe entenderse con madurez. No para descalificar automáticamente toda crítica, sino para ubicarla correctamente. Hay opiniones que nacen del conocimiento. Hay otras que nacen de la ignorancia. Hay opiniones que buscan aportar. Hay otras que solo buscan descargar frustración. Hay opiniones que merecen atención. Hay otras que merecen silencio.
El liderazgo exige discernimiento para saber distinguir unas de otras.
También exige carácter para no reaccionar ante todo. Porque no toda crítica necesita respuesta. No todo comentario requiere explicación. No toda provocación merece energía. Muchas veces, la mejor respuesta del líder está en seguir ejecutando, seguir avanzando y dejar que los resultados hablen con más fuerza que las opiniones.
Eso no es arrogancia. Es enfoque.
La arrogancia sería creer que nadie puede cuestionarnos. El enfoque es entender que no todo cuestionamiento debe desviarnos. La arrogancia ignora toda crítica. El enfoque evalúa, filtra y decide qué hacer con ella. La arrogancia se cierra. El enfoque protege la dirección sin dejar de aprender.
Y ahí está el equilibrio difícil.
Porque no se trata de no escuchar a nadie. Se trata de no entregarle a cualquiera el poder de definir lo que uno hace, lo que uno vale o hacia dónde debe avanzar.
En el liderazgo, muchas decisiones no serán populares en el momento en que se toman. Algunas solo se entenderán después. Otras tal vez nunca serán entendidas por todos. Pero si el líder espera aprobación total antes de actuar, probablemente nunca actuará.
La responsabilidad del líder no es agradar. Es conducir.
Conducir implica analizar el contexto, tomar decisiones, asumir consecuencias, corregir cuando sea necesario y mantener al equipo en movimiento hacia el objetivo. Y en ese proceso habrá ruido. Siempre habrá ruido. Opiniones, críticas, juicios, comentarios, interpretaciones, resistencias.
El punto es no confundir el ruido con la realidad.
La realidad está en los hechos, en los resultados, en los compromisos, en los valores, en el impacto de las decisiones y en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Las opiniones pueden formar parte del entorno, pero no deberían convertirse en el volante.
Por eso esta ley me parece tan importante. Porque recuerda algo simple, pero difícil de practicar: una opinión es solo una opinión.
No hay que hacerla más grande de lo que es.
No hay que convertirla en identidad. No hay que convertirla en miedo. No hay que convertirla en freno. No hay que convertirla en juez absoluto.
El líder debe aprender a escuchar sin someterse, a evaluar sin paralizarse, a corregir sin perder el rumbo y a avanzar sin necesitar aprobación permanente.
Porque al final, quien lidera no puede vivir dependiendo de cómo otros interpretan cada paso que da.
Debe tener fundamentos. Debe tener criterio. Debe tener carácter. Debe tener capacidad de revisión. Pero también debe tener la suficiente tranquilidad interna para entender que siempre habrá opiniones, y que no todas merecen el mismo espacio.
Una opinión es solo una opinión.
Y cuando uno entiende eso, deja de gastar energía defendiendo cada decisión ante cada voz externa, y empieza a usar esa energía en lo que realmente importa: actuar, ejecutar, aprender, corregir y seguir avanzando.


Deja un comentario