Mi papá no me castigó: me formó


Memorias en Ejecución — Liderazgo, trabajo y decisiones reales — T3/E25

Fernando J. Castellano Azócar

Durante mucho tiempo interpreté una decisión de mi papá de una manera muy distinta a como la entiendo hoy.

Él era el Director del Jardín Botánico y yo, por supuesto, era «el hijo del Director».

Eso tenía ventajas.

Podía moverme por prácticamente todos lados, acercarme a los animales, montar a caballo y utilizar equipos que para mí eran poco menos que juguetes. En aquellos días había llegado un tractor pequeño y nuevo, y yo había decidido apropiarme informalmente de él para recorrer el terreno. Hasta que un día mi papá me mandó a buscar y me vio llegar en «mi» tractor. Me preguntó qué estaba haciendo con la máquina. La respuesta, aunque seguramente traté de adornarla, era muy sencilla: nada útil.

Entonces hizo dos cosas. Ordenó que me quitaran el tractor y les dijo a los responsables del Jardín que, a partir de ese momento, me consideraran un trabajador más y me asignaran trabajo como a cualquiera de los demás.

En aquel momento no entendí completamente lo que estaba haciendo.

Hoy sí.

Mi papá no me estaba castigando. Me estaba quitando un privilegio que yo no había ganado y me estaba dando la oportunidad de construir algo propio.

Dejar de ser el hijo del Director

El cambio fue inmediato.

Dejé de llegar cuando quería. Tenía que estar a la misma hora que los trabajadores. Dejé de usar los equipos por diversión y empecé a utilizarlos solamente cuando una tarea lo requería. Dejé de recibir un trato especial y pasé a seguir las instrucciones de los capataces y de los maestros de cada actividad.

Eso, a los diecisiete años, no se siente necesariamente como una oportunidad de formación. Se siente como que alguien te complicó la vida.

Además, veníamos de meses difíciles por los cambios que habíamos vivido como familia. Yo todavía estaba procesando mudanzas, nuevos ambientes y la cercanía de mi ingreso a la universidad. Hubo momentos en los que llegué a pensar que mi papá tenía algo en mi contra. Pero su decisión tenía una lógica que solo pude comprender después. Mientras yo fuera «el hijo del Director», cualquier facilidad que recibiera podía atribuirse a él.

Para aprender de verdad tenía que dejar de depender de esa condición.

No me evitó la dificultad

Los primeros días fueron duros. No necesito volver a contar toda la experiencia física de aquellas jornadas para recordar lo evidente: yo no estaba preparado para trabajar al ritmo de personas que llevaban años haciendo esas tareas.

Mi papá podía verlo.

Cuando le mostré mis manos después de uno de aquellos primeros días, simplemente me hizo entender que apenas estaba comenzando.

No utilizó su posición para cambiarme de actividad. No pidió que me dieran un trabajo más cómodo. No convirtió mi incomodidad en una excepción a las reglas que él mismo había establecido.

Eso fue importante. Porque una cosa es recibir una oportunidad y otra muy distinta recibir un privilegio permanente.

La oportunidad me permitió aprender. El privilegio me habría permitido evitar precisamente aquello que tenía que aprender.

La confianza cambió de origen

Con el tiempo ocurrió algo que para mí es mucho más importante que el esfuerzo físico de aquellos días. Fui aprendiendo.

Roté por distintas actividades. Escuché a quienes sabían más que yo. Aprendí a utilizar correctamente los equipos. Gané confianza propia y también la confianza de los trabajadores. Hasta que llegó un momento en el que me permitieron manejar solo uno de los tractores y me asignaron áreas que debía atender.

Era prácticamente el mismo equipo que antes utilizaba para pasear. Pero ya no era lo mismo.

La primera vez podía usarlo porque era el hijo del Director. La segunda podía usarlo porque alguien que sabía hacer el trabajo consideraba que yo estaba preparado.

Esa diferencia es enorme.

Y recuerdo que mi papá estaba orgulloso de ese proceso. No me había quitado el tractor para impedir que lo usara. Me lo había quitado para que, si algún día volvía a usarlo, hubiera una razón distinta para hacerlo.

Formar no es resolverle todo a alguien

Con el tiempo, esa experiencia también influyó en mi manera de entender el desarrollo de las personas.

Cuando uno tiene responsabilidad sobre alguien —como padre, jefe, mentor o simplemente como una persona con más experiencia— existe una tentación muy fuerte de evitarle dificultades. A veces eso es exactamente lo correcto. Pero otras veces, al eliminar cada obstáculo, también eliminamos la posibilidad de que la persona desarrolle criterio, capacidad y confianza propia.

Formar no significa abandonar a alguien a su suerte. Tampoco significa convertir el sufrimiento en una virtud.

Lo que hizo mi papá fue diferente.

Me puso bajo las mismas reglas que los demás, permitió que personas con experiencia me enseñaran, siguió mi proceso y celebró cuando fui capaz de asumir más responsabilidad.

No hizo el trabajo por mí.

Tampoco me cerró la puerta.

Me dejó recorrer el camino necesario para merecer algo que antes simplemente recibía por mi apellido.

La lección que entendí después

En los momentos iniciales yo interpreté su decisión desde la incomodidad del presente.

Él probablemente la estaba tomando pensando en una persona que yo todavía no era.

Esa es una de las razones por las que algunas experiencias solo se entienden hacia atrás.

Aquellos meses en el Jardín Botánico terminaron siendo mucho más importantes para mi vida profesional de lo que cualquiera de nosotros habría podido planificar. Aprendí sobre trabajo, esfuerzo, experiencia, equipos y respeto por el oficio de otras personas.

Pero también aprendí algo sobre mi papá.

A veces formar a alguien implica quitarle una ventaja que le impide crecer.
A veces significa permitir que se equivoque, que se canse, que pregunte y que vaya ganando capacidad poco a poco.
Y a veces, desde el lugar de quien está aprendiendo, todo eso puede parecer un castigo.

Yo tardé en entenderlo. Hoy lo veo de otra manera.

Mi papá no me quitó una oportunidad cuando me hizo entregar aquellas llaves.

Me dio una mucho mejor: la oportunidad de aprender a ganármelas.


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