Fernando J. Castellano Azócar
Ley 26: Leen toneladas de libros y tienen grandes bibliotecas.
Si algo aprendí en mi casa fue a leer. No únicamente en el sentido más básico del término, sino a sentir la necesidad de hacerlo y a tratar de obtener el mayor provecho posible de cada lectura.
Tuve la suerte de crecer en una casa en la que la biblioteca era uno de los espacios centrales y más importantes. Viví, literalmente, rodeado de libros. Para mí, una casa con estantes llenos, textos apilados y algo pendiente por leer era completamente normal.
Incluso cuando llegó el momento de elegir qué carrera estudiar, los libros formaron parte de la decisión. Mi papá me recomendó estudiar Ingeniería de Sistemas y, para convencerme, me dio un libro de Ludwig von Bertalanffy. La idea era que, al conocer la teoría general de sistemas, pudiera comprender mejor de qué trataba aquella profesión que me estaba sugiriendo.
La lectura no fue solamente una actividad académica. Se convirtió en una forma de entender el mundo, de descubrir ideas y de encontrar respuestas a preguntas que muchas veces todavía no sabía formular.
Una biblioteca no es solamente una colección
Durante mucho tiempo fui construyendo mi propia biblioteca física. Sin embargo, las circunstancias hicieron que tuviera que desprenderme de buena parte de ella. Actualmente, esa biblioteca se trasladó principalmente al formato digital: tengo cientos de libros en el Kindle, la mayoría ya leídos y muchos otros esperando su momento.
Lo importante, sin embargo, no es la cantidad de libros que una persona posee.
Tener una gran biblioteca no significa necesariamente haber adquirido conocimiento. Los libros cerrados son posibilidades, no aprendizajes. El verdadero valor aparece cuando una idea es comprendida, cuestionada, relacionada con la experiencia y, eventualmente, puesta en práctica.
Una biblioteca también representa todo aquello que todavía no sabemos. Cada libro pendiente recuerda que nuestro conocimiento es limitado y que siempre existen nuevas perspectivas por descubrir.
Para un líder, esa conciencia resulta fundamental.
Leer para ampliar el criterio
Uno podría pensar que un líder debe concentrarse principalmente en libros técnicos, manuales de gestión o textos relacionados directamente con su trabajo. Por supuesto que esas lecturas son necesarias, pero limitarse a ellas sería un error.
El liderazgo requiere comprender personas, contextos, decisiones, conflictos, motivaciones y consecuencias. Por eso, una novela, una biografía, un libro de historia, un ensayo filosófico o incluso un relato aparentemente alejado del entorno profesional puede ofrecer enseñanzas importantes.
La literatura permite conocer vidas que nunca viviremos.
La historia permite observar decisiones y consecuencias a una escala que nuestra experiencia personal no puede proporcionar.
La filosofía ayuda a formular mejores preguntas.
La ciencia enseña a buscar evidencias.
Las biografías muestran que las trayectorias que parecen inevitables cuando se observan desde el presente estuvieron llenas de dudas, errores y momentos de incertidumbre.
Leer distintas disciplinas amplía el repertorio mental con el que enfrentamos los problemas. Mientras más referencias tenemos, más posibilidades existen de reconocer patrones, construir analogías y encontrar alternativas.
Un líder no lee para acumular frases que pueda repetir. Lee para desarrollar criterio.
La abundancia también puede ser un problema
Actualmente tenemos acceso a una cantidad de literatura que habría sido inimaginable hace algunas décadas. Podemos conseguir libros físicos, digitales, audiolibros, artículos, ensayos, investigaciones y resúmenes prácticamente sobre cualquier tema.
Ese acceso es una gran ventaja, pero también puede resultar abrumador.
El problema ya no es únicamente encontrar algo para leer. El problema es decidir qué merece nuestra atención.
No tenemos tiempo para leer todo lo que quisiéramos. Además, no siempre nos encontramos en el mismo estado de ánimo ni tenemos las mismas necesidades. Hay momentos en los que podemos concentrarnos en un texto complejo y otros en los que necesitamos una lectura más ligera. Hay libros que llegan en el momento adecuado y otros que, aunque sean excelentes, no logran conectarse con nosotros en determinadas circunstancias.
Por eso, en lo personal, suelo leer varios libros al mismo tiempo. De acuerdo con mi ánimo, el lugar en el que me encuentre o el nivel de concentración que tenga disponible, puedo elegir la lectura que mejor se adapte a ese momento.
No considero que eso represente falta de disciplina. Por el contrario, es una forma de mantener activa la lectura sin convertirla en una obligación mecánica.
También hay que aprender a abandonar un libro
Durante mucho tiempo existió la idea de que comenzar un libro implicaba necesariamente terminarlo. Como si dejar una lectura inconclusa fuera una especie de fracaso.
Pero el tiempo es limitado.
Si un libro no logra engancharte, no aporta lo que esperabas o simplemente no resulta adecuado para el momento que estás viviendo, no existe ninguna obligación de terminarlo. Puede dejarse para después o abandonarse definitivamente.
Persistir en una mala lectura únicamente porque ya fue comenzada es otra expresión de la falacia del costo hundido: seguir invirtiendo tiempo solo porque ya se invirtió tiempo anteriormente.
Leer exige cierta disciplina, pero también requiere criterio para seleccionar.
No se trata de consumir cualquier contenido ni de competir por la cantidad de libros terminados durante el año. Se trata de encontrar ideas que permitan pensar mejor, comprender más y tomar decisiones con mayor conciencia.
Los libros como mentores silenciosos
Una de las grandes ventajas de la lectura es que permite acceder al pensamiento de personas a las que probablemente nunca conoceremos.
Podemos estudiar las experiencias de líderes, científicos, filósofos, empresarios, militares, artistas y escritores de distintas épocas. Podemos observar sus decisiones, conocer sus errores y aprovechar aprendizajes que les tomaron años construir.
En cierta forma, cada libro puede convertirse en un mentor silencioso.
No significa que debamos aceptar todo lo que leemos. También debemos cuestionar, contrastar y reconocer que cada autor escribe desde sus propias experiencias, intereses y limitaciones.
Pero incluso un libro con el que no estamos de acuerdo puede ayudarnos a fortalecer una idea, identificar una contradicción o comprender mejor una posición diferente.
Leer no consiste únicamente en encontrar confirmación para lo que ya pensamos. También implica exponernos a ideas capaces de incomodarnos.
Una práctica permanente del liderazgo
El liderazgo exige aprendizaje continuo porque las circunstancias cambian, las organizaciones evolucionan y las personas nunca son completamente predecibles.
Quien deja de aprender comienza a depender exclusivamente de las respuestas que le funcionaron en el pasado. Y lo que funcionó una vez no necesariamente funcionará nuevamente.
Los libros no entregan soluciones automáticas. Ninguna lectura sustituye la experiencia, la responsabilidad ni la necesidad de tomar decisiones reales. Pero pueden prepararnos mejor para interpretar esas experiencias y evitar que cada situación tenga que aprenderse únicamente mediante el ensayo y el error.
Una gran biblioteca, física o digital, no es un elemento decorativo. Es una reserva de ideas, preguntas, experiencias y posibilidades.
Por eso los líderes leen toneladas de libros.
No para parecer intelectuales.
No para presumir cuántos títulos han terminado.
Leen porque reconocen que todavía tienen mucho que aprender.
Y porque saben que cada nueva idea puede convertirse, en el momento adecuado, en una mejor pregunta, una decisión más consciente o una manera distinta de comprender a las personas que tienen la responsabilidad de liderar.


Deja una respuesta