Fernando J. Castellano Azócar
“Divido a mis oficiales en cuatro grupos: inteligentes, diligentes, estúpidos y perezosos. Por lo general, se combinan dos características. Algunos son inteligentes y diligentes: su lugar es el Estado Mayor. Otros son estúpidos y perezosos: forman el 90% de todo ejército y son aptos para tareas rutinarias. Quien sea inteligente y perezoso está calificado para los más altos cargos de liderazgo, porque posee la claridad intelectual y la serenidad necesarias para decisiones difíciles. Pero cuidado con quien sea estúpido y diligente: nunca debe recibir responsabilidades, porque solo causará problemas.”
— General Kurt Von Hammerstein-Equord
Esta categorización brutalmente honesta —y quizás políticamente incorrecta para algunos— del general alemán puede parecer ajena al mundo moderno del trabajo, pero encierra una verdad esencial: no todos en tu equipo sirven para lo mismo. Y como líderes, nuestra responsabilidad es saber ubicar a cada persona en el lugar donde pueda aportar más… y dañar menos.
1. Inteligente y diligente: la fuerza que construye
Estas personas son organizadas, comprometidas, analíticas. Buscan hacer bien las cosas y piensan en cómo mejorar lo que ya funciona. Son valiosas para planear, ejecutar y optimizar procesos. Se desempeñan bien en áreas técnicas, operaciones complejas o planeación estratégica.
Pero hay que tener cuidado de no sobrecargarlas: su tendencia natural a hacer más puede convertirlas en cuellos de botella si no se les ayuda a delegar.
Ubicación ideal: liderazgo operativo, jefaturas de proyecto, mejora continua.
2. Inteligente y perezoso: el liderazgo que piensa antes de actuar
Este es el perfil más valioso… y el menos comprendido. No es que no quiera trabajar, es que no quiere trabajar en vano. Busca la forma más eficiente de lograr resultados, cuestiona lo establecido y tiene la mente libre para pensar estratégicamente.
Este tipo de personas tienden a simplificar lo complejo y a tomar decisiones difíciles con serenidad. Son quienes se preguntan: “¿por qué estamos haciendo esto así?” y suelen encontrar formas nuevas y mejores.
Ubicación ideal: dirección, liderazgo estratégico, transformación organizacional.
3. Estúpido y perezoso: mejor poco, pero sin daño
Aunque suene duro, este perfil representa a las personas que no destacan por su iniciativa ni por su juicio. Pero su pasividad los vuelve relativamente inofensivos si se les da una tarea clara y repetitiva. En ciertas funciones operativas, esto no solo es tolerable, sino útil.
No serán líderes, ni innovadores, ni agentes de cambio, pero pueden mantener la base funcionando si el sistema es estable y las instrucciones claras.
Ubicación ideal: tareas rutinarias, funciones muy estructuradas con bajo riesgo.
4. Estúpido y diligente: el mayor peligro silencioso
Este perfil es el que más debe preocupar a un líder. Son personas que no comprenden del todo lo que hacen, pero están dispuestas a actuar rápido y con entusiasmo. ¿El resultado? Trabajo mal hecho, decisiones precipitadas, conflictos innecesarios, daño a relaciones o procesos… todo con la mejor intención.
A menudo son bien vistos por su energía, pero si no se les orienta (o se les frena), pueden hacer más daño que bien.
Ubicación ideal: ninguna con autonomía. Solo con supervisión estricta o reorientación.
El arte de ubicar bien
No se trata de etiquetar a las personas como si fueran piezas de ajedrez. Todos cambiamos con el tiempo, con el contexto, con el liderazgo que recibimos. Pero para liderar bien, necesitamos observar con honestidad y sensibilidad:
- ¿Qué mueve a cada persona?
- ¿Qué tipo de tareas le energizan?
- ¿Cuándo aporta más valor?
- ¿Qué tipo de impacto genera (positivo o negativo)?
Ubicar bien a una persona no es solo una cuestión de eficiencia: es una forma de respeto. Es reconocer su singularidad y darle un lugar donde pueda crecer y contribuir.
Liderar es más que asignar tareas: es hacer coincidir el potencial de una persona con la necesidad de un equipo. A veces eso significa empoderar. Otras veces, limitar. Pero siempre implica observar, escuchar y decidir con criterio.
Porque un buen líder no solo sabe qué se necesita hacer.
Sabe quién es la mejor persona para hacerlo.


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