Fernando J. Castellano Azócar
En algún momento reflexionaba sobre cómo considero que se reduce a unas listas lo que en teoría lleva a ser un buen líder. Eso da la sensación de que si simplemente sigues la lista que selecciones entre las miles que existen pues lograrás el resultado deseado, pero en mi experiencia las cosas no funcionan así. Me he dedicado a leer libros, artículos, escuchado podcasts y participado en talleres de liderazgo, y en todos los casos encuentro la coincidencia en lo que debe ser un buen líder: empático, comunicativo, inspirador, claro en sus expectativas, abierto al feedback, resiliente… las listas son interminables (así como los puntos en cada una). Y sí, todo suena maravilloso, pero en la práctica liderar de esa manera no es fácil. De hecho, muchas veces es casi imposible. Y digo que es casi imposible no porque no quiera ser ese líder ideal. Lo intento todos los días. Pero hay una gran diferencia entre saber lo que hay que hacer y poder hacerlo en medio de la presión, los plazos, los conflictos y las emociones (propias y ajenas).
La brecha entre la teoría y la realidad
- La teoría dice: “Da feedback constante”. La realidad es que a veces el día a día te come, y pasas semanas sin poder tener una buena conversación uno a uno con tu equipo.
- La teoría dice: “Escucha activamente”. Pero hay momentos en los que estás tan saturado que apenas puedes mantener el enfoque en una reunión (y esto sin considerar la cantidad de reuniones en las que ni siquiera deberías estar).
- La teoría dice: “Sé vulnerable, sé humano”. Pero, ¿cómo hacerlo cuando sientes que el equipo necesita seguridad y dirección, no dudas ni inseguridades?.
Formar un equipo exitoso no es una receta
Muchas veces se habla del “equipo ideal”, donde todos se comunican bien, se complementan, confían entre sí y reman en la misma dirección. Pero la realidad es que las personas somos complejas. Cada uno llega con sus propias experiencias, motivaciones, formas de trabajar y heridas.
Formar un equipo exitoso requiere tiempo, esfuerzo y mucha paciencia. Requiere aprender a convivir con el conflicto, a manejar frustraciones, a tomar decisiones difíciles y, sobre todo, a aceptar que no siempre todo saldrá bien.
El liderazgo también cansa
Ser líder suena a un ser mitológico al que no le pesa tomar decisiones, planificar ni resolver problemas. Es la esperanza de la organización ya que siempre tendrá las respuestas requeridas de forma oportuna, pero no, no es así. Ser líder es ser un punto de referencia emocional para los demás. A veces eso significa contener a otros mientras tú mismo estás agotado o confundido. Otras veces implica poner límites que sabes que van a doler. Es una carga emocional que no siempre se ve, pero que pesa.
Y aún así, vale la pena!
Con todo y sus dificultades, liderar también es una de las experiencias más humanas y transformadoras que existen, simplemente porque te obliga a crecer. Te empuja a cuestionarte, a mejorar, a escuchar más, a aprender a fallar y seguir adelante.
Con todo lo que he aprendido ya no busco ser el líder perfecto. Me basta con ser un líder presente, honesto y comprometido con aprender. Porque al final, liderar no se trata de aplicar fórmulas, sino de construir relaciones reales con personas reales en ambientes de extrema incertidumbre.


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