Memorias en Ejecución – Liderazgo, trabajo y decisiones reales – T2/E17
Fernando J. Castellano Azócar
Hay conocimientos que uno busca porque sabe que los necesita. Y hay otros que aparecen mucho antes de que uno sepa para qué van a servir.
Cuando pienso en algunos de mis primeros trabajos, me doy cuenta de que buena parte de lo que después terminó definiendo mi carrera profesional comenzó precisamente de esa segunda manera. No había un plan. No estaba desarrollando deliberadamente determinadas competencias. Mucho menos estaba pensando en construir un perfil profesional. Simplemente quería saber. Quería entender cómo funcionaban las cosas. Y muchas veces pregunté sin tener ninguna razón práctica para hacerlo.
Con los años entendí que aquella curiosidad terminó siendo una ventaja profesional mucho más importante de lo que podía imaginar en ese momento.
No estaba estudiando para ser científico
Crecí rodeado de investigadores.
Mi papá era biólogo. Mi tía era ecóloga. A su alrededor había químicos, veterinarios, profesores y estudiantes desarrollando investigaciones. Por eso, entrar a un laboratorio, acompañar una salida de campo o escuchar una conversación sobre algún experimento no era para mí algo extraordinario.
Era simplemente parte del ambiente.
En muchas oportunidades acompañé a mi papá a su laboratorio. Allí aprendí a lavar instrumentos de vidrio, a utilizar algunos equipos y hasta tuve contacto con tecnologías que para aquellos años estaban muy lejos del alcance de la mayoría de las personas.
Pero había algo que hacía casi automáticamente.
Preguntaba.
¿Qué hace esto?
¿Qué están midiendo?
¿Para qué sirve esa información?
No recuerdo haber hecho esas preguntas pensando que algún día me serían útiles. Lo hacía porque quería entender lo que tenía frente a mí. Y eso terminó haciendo una diferencia.
Con el tiempo dejé de ser solamente el muchacho que acompañaba a su papá o a su tía y comencé a poder ayudar. En una de las investigaciones de mi tía sobre los manglares, por ejemplo, me asignaron la responsabilidad de utilizar un equipo conectado mediante termocuplas a las hojas de las plantas. Mi trabajo consistía en registrar información cada hora durante las veinticuatro horas del día.
La tarea era concreta.
Podría haberme limitado a ejecutarla.
Pero quería saber qué estaba midiendo aquel aparato, por qué se necesitaban esos datos, cómo funcionaban los equipos que utilizábamos y qué harían después con toda aquella información.
Así fui aprendiendo sobre las técnicas de muestreo, los instrumentos y posteriormente sobre el procesamiento de los datos.
No porque formara parte de mi responsabilidad.
Porque me interesaba entender.
Hacer una tarea es diferente a comprenderla
Esa diferencia puede parecer pequeña, pero profesionalmente es enorme.
Una persona puede aprender perfectamente una secuencia:
hacer A, después B y finalmente C.
Mientras nada cambie, probablemente podrá ejecutarla muy bien.
El problema comienza cuando aparece D.
Quien solamente conoce la secuencia necesita nuevas instrucciones.
Quien entiende por qué existen A, B y C tiene muchas más posibilidades de decidir qué hacer.
Eso es parte de lo que produce la curiosidad: convierte instrucciones en contexto. Y el contexto permite desarrollar criterio.
En aquellas investigaciones yo podía haber sido simplemente unas manos adicionales para recolectar información. Sin embargo, preguntar me permitía ir construyendo mentalmente algo mucho mayor. Comenzaba a entender el sistema completo.
Todavía no sabía que esa forma de pensar terminaría siendo fundamental en mi carrera.
Después aparecieron las computadoras
En paralelo ocurrió algo completamente distinto.
Mi papá comenzó a tener acceso a computadoras gracias a sus proyectos de investigación. Estamos hablando de una época en la que tener una computadora en casa estaba muy lejos de ser algo común.
Primero apareció una Sinclair ZX-80.
Después una Epson Geneva PX-8.
Finalmente llegó una Apple IIc.
Cada equipo representaba para mí un territorio nuevo por explorar.
Nuevamente apareció la misma pregunta:
¿Qué puedo hacer con esto?
Nunca me interesaron demasiado los juegos. Me interesaba mucho más descubrir hasta dónde podía llevar aquellas máquinas.
Comencé a leer los manuales, probar programas y aprender a utilizar el procesador de palabras.
Eso produjo una consecuencia práctica.
Mi papá necesitaba transcribir sus artículos científicos y yo podía hacerlo.
Así comenzó otro de mis primeros trabajos: transcriptor de textos.
Después fueron llegando documentos de mi tía y posteriormente de otros profesores e investigadores.
Visto superficialmente, el trabajo consistía simplemente en pasar un texto desde unas hojas hasta una computadora.
Pero nuevamente ocurrió algo.
No podía transcribir sin leer.
Y si iba a leer, quería entender.
Cuando copiar se convirtió en aprender
Mientras transcribía aquellos documentos comencé a encontrarme con temas de los que no sabía absolutamente nada.
Investigaciones.
Hipótesis.
Resultados.
Argumentaciones.
Conclusiones.
Poco a poco empecé a reconocer cómo aquellas personas planteaban un problema, cómo organizaban sus ideas y cómo utilizaban la información para sostener una conclusión.
Y ocurrió algo todavía más interesante.
Comencé a encontrar en los documentos los resultados de investigaciones en las que yo mismo había ayudado a recolectar información. De repente, aquel número que había registrado utilizando un aparato en medio de un manglar dejaba de ser solamente un número. Ahora podía ver dónde terminaba. Podía seguir el recorrido completo:
la pregunta, la medición, los datos, el análisis y la conclusión.
La curiosidad había conectado dos experiencias que originalmente parecían completamente separadas. Y esa conexión produjo algo mucho más importante que aprender a utilizar un instrumento o escribir rápidamente en un teclado.
Comencé a entender procesos.
La curiosidad conecta puntos antes de que sepamos que están relacionados
Hay una característica de la experiencia profesional que sólo se entiende mirando hacia atrás.
Mientras estamos viviendo algo, normalmente vemos fragmentos.
Un trabajo.
Una tarea.
Una persona.
Una herramienta.
Un problema.
Muchos años después descubrimos que algunas de esas piezas estaban relacionadas.
La curiosidad aumenta las probabilidades de encontrar esas conexiones.
Cuando aprendía a utilizar los equipos de investigación no sabía que terminaría trabajando con tecnología. Cuando transcribía documentos no sabía que aprender a manejar aquellas computadoras iba a convertirse en una ventaja. Cuando intentaba entender los artículos científicos tampoco sabía que esa exposición constante a problemas, datos y resultados iba a influir en mi forma de analizar situaciones.
No había diseñado ese camino. Lo fui descubriendo. Y para descubrir algo primero hay que querer saber qué hay detrás de lo evidente.
Curiosidad no significa meterse en todo
También aprendí que existe una diferencia importante entre ser curioso y simplemente intervenir en asuntos que no corresponden.
La curiosidad profesional necesita propósito. No consiste en preguntar permanentemente ni en cuestionar todo por principio. Tampoco significa invadir responsabilidades ajenas. Significa intentar comprender mejor aquello con lo que estamos trabajando.
Hay preguntas muy sencillas que pueden cambiar completamente nuestra perspectiva:
¿Qué problema estamos intentando resolver realmente?
¿Por qué se hace de esta manera?
¿Quién utiliza después lo que estoy produciendo?
¿Qué sucede si esta información está equivocada?
¿Qué ocurre antes de que el trabajo llegue a mí?
¿Qué ocurre después?
La persona que comienza a hacerse esas preguntas deja de ver únicamente su tarea. Comienza a ver el proceso. Y eventualmente empieza a entender el negocio.
Una ventaja profesional difícil de medir
Con el tiempo ocurrió algo más.
Como cada vez manejaba mejor la computadora y hacía el trabajo con mayor rapidez y calidad, comenzó a generarse alrededor de mí la percepción de que sabía mucho de computación.
En realidad, todavía estaba aprendiendo.
Pero había aprendido suficiente como para resolver problemas que otros todavía no podían resolver. Esa diferencia fue suficiente para abrir nuevas oportunidades. Y así funciona muchas veces el desarrollo profesional.
No es necesario saberlo todo.
Muchas veces basta con saber un poco más sobre algo que comienza a ser importante y, sobre todo, mantener la disposición para seguir aprendiendo.
La curiosidad acelera ese proceso porque amplía permanentemente el territorio que conocemos.
Cada pregunta abre otra puerta.
Cada respuesta genera nuevas preguntas.
Y poco a poco se va construyendo un capital profesional que resulta difícil de identificar mientras se está formando.
También es una responsabilidad de quien lidera
Con los años, cuando me tocó dirigir equipos, pude ver este mismo fenómeno desde otra perspectiva.
Hay organizaciones que dicen querer personas proactivas, pero al mismo tiempo castigan las preguntas.
“Eso siempre se ha hecho así”.
“No necesitas saberlo”.
“Haz solamente lo que te corresponde”.
Son respuestas que pueden resolver rápidamente una conversación, pero también pueden tener un costo. Porque terminan formando personas que ejecutan instrucciones, pero no necesariamente desarrollan criterio. Y un equipo compuesto exclusivamente por personas que necesitan instrucciones detalladas para cada situación termina dependiendo demasiado de quien dirige.
El liderazgo también implica crear espacio para que la gente entienda.
No significa explicar absolutamente todo ni convertir cada decisión en una discusión colectiva. Significa reconocer cuándo una pregunta representa interés genuino por comprender mejor el trabajo.
Porque muchas veces quien pregunta hoy puede ser quien resuelva mañana un problema que nadie había previsto.
Preguntar también es trabajar
Durante mucho tiempo asociamos el trabajo con hacer.
Producir.
Entregar.
Resolver.
Pero antes de resolver bien muchas veces hay que comprender. Y para comprender hay que preguntar.
Mirando aquellas primeras experiencias, me resulta evidente que muchas de las oportunidades que aparecieron después no surgieron únicamente por lo que sabía. Surgieron porque estaba dispuesto a aprender aquello que todavía no sabía.
La diferencia parece mínima.
No lo es.
El conocimiento permite utilizar las herramientas que ya tenemos.
La curiosidad nos lleva a buscar las que todavía no conocemos.
Probablemente por eso terminó siendo una de las ventajas profesionales más constantes de mi carrera.
Nunca tuve claro hacia dónde me llevaría cada pregunta, pero muchas de ellas terminaron abriendo puertas que ni siquiera sabía que existían. Y quizás esa sea una buena pregunta para cualquiera que esté comenzando su carrera, o incluso para quienes llevamos décadas trabajando:
¿Cuántas cosas estamos haciendo todos los días sin preguntarnos realmente cómo funcionan, por qué se hacen así o qué podríamos aprender de ellas?
Porque a veces avanzar no comienza sabiendo la respuesta.
Comienza teniendo suficiente curiosidad para hacer la pregunta.


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