No seas ayudante: sé aprendiz


Memorias en Ejecución — Liderazgo, trabajo y decisiones reales — T3/E22

Fernando J. Castellano Azócar

Durante años pensé que aquel hombre me había enseñado a manejar un tractor. Hoy creo que me enseñó algo bastante más importante: me enseñó a aprender de alguien que sabía más que yo.

Yo tenía casi 17 años y estaba trabajando durante unos meses en el Jardín Botánico de Barinas, donde mi papá era Director. Había llegado allí después de pasar una temporada comportándome precisamente como “el hijo del Director”: manejando vehículos, montando caballos y usando los equipos como si aquel enorme lugar fuera una extensión de mi casa. Hasta que mi papá decidió terminar con aquello.

Me quitó el tractor que utilizaba para pasear y les dijo a los responsables del mantenimiento que, a partir de ese momento, me trataran como a cualquier otro trabajador. Eso significaba llegar a las siete de la mañana, seguir las instrucciones del capataz y hacer el trabajo que me correspondiera. Sin privilegios.

El primer contacto fue bastante menos romántico de lo que yo imaginaba: cortar monte con machete bajo el sol de Barinas hasta terminar con las manos lastimadas. Pero con el paso de los días ocurrió algo mucho más importante. Comencé a rotar entre distintas actividades y a trabajar al lado de personas que llevaban años haciendo cosas que para mí eran completamente nuevas. Y ahí apareció una figura que con el tiempo aprendí a valorar muchísimo: el maestro.

No era simplemente manejar un tractor

Después de algunos días me asignaron a acompañar a uno de los hombres que manejaba los tractores para cortar el pasto.

Desde afuera, aquello podía parecer sencillo.

Subirse.

Encenderlo.

Manejar.

Cortar el terreno.

Pero cuando me senté a su lado descubrí que, como sucede con casi todo trabajo que alguien domina de verdad, detrás de lo aparentemente sencillo había una cantidad enorme de pequeños conocimientos.

Ese hombre me explicaba cómo manejar el tractor, cómo preparar el terreno, qué debía revisar antes de comenzar, qué tenía que observar mientras trabajaba y qué debía hacer con la máquina cuando regresara.

Yo escuchaba.

Preguntaba.

Observaba.

Y trataba de entender.

Durante varios días mi lugar estuvo a su lado.

No manejando.

Aprendiendo.

Hasta que llegó el momento en que decidió dejarme hacerlo.

Primero bajo su supervisión. Después con cada vez mayor autonomía. Finalmente me asignaron un tractor y las áreas que debía atender. Curiosamente, era el mismo tractor que semanas antes yo utilizaba para divertirme.

La máquina era exactamente la misma. El que había cambiado era yo.

Antes tenía acceso al tractor.

Ahora sabía utilizarlo.

Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.

El maestro y el ayudante

En aquel equipo había una jerarquía muy particular. No estaba basada en títulos universitarios. Tampoco en cargos escritos en una tarjeta.

Todos eran obreros.

Pero dentro de cada actividad había personas reconocidas como maestros porque su experiencia y su efectividad demostraban que realmente dominaban un oficio.

Y junto a ellos estaban los ayudantes.

Yo fui uno de esos ayudantes. Sin embargo, muchos años después, cuando escribí sobre aquella experiencia, me di cuenta de que había una palabra que describía mucho mejor lo que yo había sido: aprendiz.

Parece una diferencia semántica, pero para mí no lo es. Un ayudante puede limitarse a hacer lo que le dicen. El aprendiz también ayuda, pero mientras lo hace observa.

Pregunta.

Escucha.

Intenta comprender por qué las cosas se hacen de determinada manera.

Busca patrones.

Se equivoca.

Corrige.

Y poco a poco comienza a hacer por sí mismo lo que antes solamente veía hacer a otro.

En el Jardín Botánico entendí que la experiencia y la efectividad eran precisamente lo que convertían a algunos trabajadores en maestros. Y entendí también que considerarse ayudante o aprendiz depende, en buena medida, de quien ocupa esa posición. Esa diferencia puede parecer pequeña en el momento, pero puede terminar definiendo lo que uno será capaz de hacer después.

Estar cerca de alguien que sabe no significa aprender

Esta es quizás la parte que más he valorado con los años.

Podemos pasar meses trabajando al lado de una persona extraordinariamente buena y no aprender prácticamente nada, porque la proximidad no garantiza el aprendizaje.

Hace falta intención.

Yo pasé aquellos meses moviéndome por muchas actividades diferentes. Trabajé en el zoológico. Participé en el cultivo del maíz. Operé equipos. Recogí las mazorcas que quedaban después del trabajo de la máquina y entendí por qué cada grano importaba.

Pero también hice algo que hoy considero igual de importante: escuché a la gente.

Escuché sus historias.

Vi cómo trabajaban.

Observé cosas que probablemente ellos ni siquiera consideraban especiales porque llevaban toda la vida haciéndolas.

Para mí, en cambio, eran nuevas. Y aprendí mucho.

Con el tiempo descubrí que esa misma actitud apareció muchas otras veces en mi carrera.

Cuando trabajaba simplemente transcribiendo textos científicos, podía haberme limitado a pasar palabras de un papel a una computadora. Pero al leer lo que transcribía terminé aprendiendo cómo aquellas personas planteaban problemas, analizaban resultados y construían conclusiones. Una tarea aparentemente insignificante terminó ampliando conocimientos que después utilicé en otros contextos.

Años después ocurrió algo parecido cuando me asignaron una tarea poco atractiva durante un congreso universitario: acompañar durante toda la semana al desarrollador del sistema de inscripciones, que utilizaba una silla de ruedas. Podía haber cumplido exactamente con lo que me pidieron.

Pero me senté junto a él.

Observé.

Pregunté.

Aprendí cómo funcionaba el sistema.

Y tiempo después terminé desarrollando mi propia versión.

Aquella tarea que inicialmente parecía limitar mis posibilidades durante el evento terminó abriéndome una de las puertas más importantes de mi formación profesional. El propio libro recoge esa idea: las oportunidades rara vez aparecen identificadas como oportunidades; muchas veces somos nosotros quienes las convertimos en una.

El aprendizaje también es una decisión

Con los años he dirigido personas, trabajado con especialistas, formado equipos y participado en proyectos donde había profesionales con mucha más experiencia que yo en determinadas áreas. Y sigo encontrando la misma situación.

Hay personas que reciben una tarea y preguntan:

“¿Qué tengo que hacer?”

Y hay otras que, además, intentan entender:

“¿Por qué lo hacemos así?”

Las dos pueden completar exactamente el mismo trabajo. Pero no necesariamente terminan el día con el mismo conocimiento.

Ese es el punto.

Ser aprendiz no significa necesariamente estar inscrito en un programa de capacitación. Tampoco significa tener un mentor formal. Muchas veces significa simplemente reconocer que la persona que tienes al lado sabe algo que tú todavía no sabes. Y decidir aprovecharlo.

Para hacerlo se requiere algo que no siempre resulta sencillo: humildad.

Hay que aceptar que otro sabe más.

Hay que escuchar incluso cuando uno cree que ya entendió.

Hay que preguntar sin preocuparse demasiado por demostrar cuánto sabe uno.

Y hay que estar dispuesto a hacer primero las tareas pequeñas.

Porque normalmente nadie comienza conduciendo el tractor.

Primero se sienta al lado del maestro.

Algún día te tocará conducir

Hay algo que me resulta especialmente poderoso cuando recuerdo aquellos meses. Muchos de esos hombres probablemente nunca supieron qué ocurrió conmigo después. Para ellos yo fui posiblemente aquel muchacho, hijo del Director, que durante unos meses trabajó con ellos antes de irse a la Universidad.

Para mí fue completamente distinto.

Más de treinta años después sigo recordándolos.

Recuerdo sus explicaciones.

Sus historias.

Sus maneras de hacer las cosas.

Incluso recuerdo errores que cometí mientras aprendía, como aquella ocasión en que accioné el clutch del tractor durante una bajada y estuvimos cerca de sufrir un accidente serio.

Ellos quizá olvidaron al muchacho. El muchacho nunca olvidó a sus maestros. Y posiblemente esa sea una de las mejores maneras de explicar lo que significa ser aprendiz. No se trata del cargo que aparece junto a tu nombre. Se trata de la posición que decides asumir frente al conocimiento de los demás.

Puedes pasar por un trabajo haciendo solamente aquello para lo que te contrataron.

Puedes cumplir instrucciones.

Puedes ayudar.

Y puedes hacerlo perfectamente bien.

Pero también puedes mirar alrededor y preguntarte:

¿Qué sabe esta gente que yo todavía no sé?

Ahí comienza otra cosa.

Porque el ayudante termina la tarea.

El aprendiz termina la tarea y se lleva algo que podrá utilizar durante el resto de su vida.

Y muchas veces, cuando llegue el momento de conducir tu propio tractor, dirigir un proyecto o liderar a otros, descubrirás que una parte de lo que sabes comenzó precisamente en aquellos días en los que simplemente estabas sentado al lado de alguien que sabía hacerlo mejor que tú.


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