La computadora que me permitió empezar antes


Memorias en Ejecución — Liderazgo, trabajo y decisiones reales — T4/E26

Fernando J. Castellano Azócar

Cuando llegué a la Universidad para estudiar Ingeniería de Sistemas, llevaba conmigo algo que hoy en día parecería completamente normal, pero que en aquellos años representaba una ventaja extraordinaria: tenía mi propia computadora.

Y no era cualquier cosa.

Era una computadora personal con su monitor monocromático de color ámbar, una impresora Epson de matriz de puntos y las herramientas necesarias para comenzar a experimentar con lo que estaba aprendiendo. Para la época, contar con ese equipo en casa era un verdadero privilegio, tanto que sus capacidades podían compararse con una parte importante de los recursos disponibles en algunos laboratorios de computación.

Mis padres habían tomado la decisión de proporcionarme aquella herramienta porque entendían que, siendo estudiante de Ingeniería de Sistemas, podría representar una diferencia importante en mi formación.

Y tuvieron razón.

Sin embargo, con el paso de los años he comprendido que una cosa es contar con una ventaja y otra muy distinta es saber qué hacer con ella.

Tener acceso no significa saber aprovecharlo

En mi casa las computadoras no eran completamente desconocidas. Gracias al trabajo de mi papá y a su interés permanente por la tecnología, había tenido la oportunidad de utilizar distintos equipos desde mucho antes de ingresar a la universidad.

Ya había aprendido a utilizar procesadores de texto, había realizado trabajos de transcripción e incluso había comenzado a experimentar con algunos programas en BASIC.

Pero ahora la situación era distinta.

Ya no se trataba simplemente de utilizar una computadora para resolver alguna tarea o ayudar con un trabajo. Estaba comenzando una carrera universitaria en la que precisamente tendría que aprender cómo funcionaban aquellas herramientas y, más importante todavía, cómo desarrollar soluciones utilizando sus capacidades.

La computadora dejaba de ser solamente un equipo que sabía utilizar para convertirse en una herramienta de formación. Y esa diferencia, que hoy parece tan evidente, no necesariamente lo era para mí en aquel momento, porque tener una computadora no significaba que supiera programar correctamente, que entendiera cómo desarrollar un sistema o que estuviera preparado para resolver los problemas que algún día enfrentaría como profesional. Significaba, sencillamente, que tenía la posibilidad de comenzar a aprender antes y practicar más.

Lo demás dependía de mí.

Una ventaja que no todos tenían

Es importante recordar cómo era el mundo de la computación en aquellos años.

Hoy prácticamente cualquier estudiante puede contar con dispositivos que superan ampliamente las capacidades de las computadoras que utilizábamos entonces. Además, tenemos acceso inmediato a documentación, cursos, ejemplos y herramientas de desarrollo que permiten aprender casi cualquier tecnología.

En aquellos días las condiciones eran completamente diferentes.

Las computadoras personales todavía representaban una inversión importante. Buena parte de los estudiantes dependía de los laboratorios de sus universidades para poder practicar, y el acceso a los equipos estaba condicionado por su disponibilidad.

Yo tenía la enorme fortuna de no depender exclusivamente de esos espacios.

Podía seguir practicando fuera de la universidad, probar lo que aprendía y dedicarle tiempo a entender cómo funcionaban las cosas. Eso no me hacía automáticamente mejor estudiante ni significaba que supiera más que mis compañeros, pero sí me daba algo que después comprendería que tenía un valor extraordinario: la posibilidad de aprender a mi propio ritmo.

Y aquí hay algo que considero importante reconocer.

Aquella ventaja no era exclusivamente producto de mi esfuerzo. Venía del apoyo de mis padres, de las oportunidades que había tenido desde pequeño y de haber crecido en un ambiente donde aprender y experimentar formaba parte de la vida cotidiana.

Sería injusto contar esta historia sin reconocerlo.

Pero también habría sido una oportunidad desperdiciada si me hubiera limitado a tener aquella computadora sin aprovechar sus posibilidades.

De utilizar programas a querer entenderlos

Una de las cosas que más me llamaba la atención de la computación era que no tenía que conformarme con lo que un programa ofrecía. Podía intentar desarrollar algo por mi cuenta.

Ya había comenzado a trabajar con BASIC, un lenguaje que me permitió dar mis primeros pasos en la programación. No eran grandes desarrollos, ni mucho menos, pero representaban algo importante: comenzar a entender que una computadora podía ejecutar instrucciones que yo mismo había definido. Y eso cambiaba por completo mi relación con la tecnología.

Utilizar un procesador de texto era una cosa. Entender que podía escribir instrucciones para que la computadora hiciera algo era otra muy diferente. Por supuesto, entre escribir unas instrucciones sencillas y desarrollar una solución que realmente fuera útil había una distancia enorme.

Una distancia que todavía tendría que recorrer.

Pero contar con el equipo me permitía comenzar ese recorrido sin tener que esperar a que apareciera una asignación académica o una necesidad concreta. Podía practicar por el simple interés de comprender cómo funcionaba aquello.

Con el tiempo, esa posibilidad de experimentar terminaría siendo fundamental para mi desarrollo profesional. No porque la computadora tuviera alguna característica extraordinaria, sino porque estaba disponible cuando tenía algo que aprender.

Lo que mis padres realmente me habían dado

Al recordar esta etapa, una de las cosas que más me llama la atención es la visión que tuvieron mis padres.

Mi papá siempre estuvo muy pendiente de que no me distrajera de mis estudios. Sabía perfectamente que me gustaba trabajar y buscar oportunidades para ganar dinero, y le preocupaba que ese interés terminara alejándome del objetivo principal: terminar mi carrera. Sin embargo, al mismo tiempo, me proporcionaron una herramienta que ampliaba enormemente mis posibilidades de hacer cosas por mi cuenta.

Y eso es algo que hoy valoro mucho.

Porque no se limitaron a decirme que tenía que estudiar. Me dieron recursos para hacerlo, y también la libertad de descubrir cómo aprovecharlos.

No me entregaron una profesión, ni conocimientos que todavía no tenía, ni la experiencia que necesitaría para desarrollarme. Me dieron una oportunidad para construirlos.

Visto en retrospectiva, creo que esa fue una de las diferencias más importantes de mi formación.

Durante mucho tiempo pensé que aquella computadora había sido una ventaja principalmente tecnológica. Que lo importante era tener acceso a un equipo que no estaba al alcance de cualquiera.

Hoy lo veo de otra manera.

Lo verdaderamente importante fue la posibilidad de practicar, experimentar y desarrollar capacidades antes de que alguien me exigiera demostrar que las tenía.

La preparación antes de la oportunidad

A lo largo de mi carrera profesional he tenido muchas oportunidades de trabajar con personas que cuentan con recursos extraordinarios: equipos de última generación, programas especializados, presupuestos importantes y acceso a tecnologías que representan inversiones considerables. Sin embargo, también he visto que disponer de esas herramientas no garantiza que se obtengan los resultados esperados.

La diferencia está en lo que somos capaces de hacer con ellas.

Y aunque hoy parece una conclusión bastante sencilla, mi experiencia con aquella primera computadora universitaria me permite reconocer dónde comenzó a formarse esa manera de pensar.

Yo no sabía qué oportunidades aparecerían durante mis años de estudiante. Tampoco podía imaginar que terminaría participando en proyectos que me permitirían desarrollar sistemas, trabajar con bases de datos y, eventualmente, dedicar buena parte de mi vida profesional a la tecnología. Mucho menos sabía qué personas conocería o cuánto influirían en mi formación.

Lo único cierto era que tenía una computadora, algunos conocimientos básicos y la posibilidad de seguir aprendiendo.

Y la aproveché.

Con los años vendrían los proyectos, las responsabilidades, los errores y las experiencias que terminarían convirtiendo aquellos conocimientos iniciales en capacidades profesionales. Pero antes de todo eso estuvo la oportunidad de practicar.

Porque hay algo que he aprendido: muchas veces la preparación más importante ocurre cuando todavía nadie nos está pidiendo resultados.

Y esa preparación puede marcar una diferencia enorme cuando finalmente aparece una oportunidad.

Empezar antes no significa llegar primero

No considero que haber tenido una computadora propia me hiciera especialmente talentoso. Tampoco creo que mi experiencia sea una demostración de que quien dispone de mejores herramientas necesariamente llegará más lejos. De hecho, durante mi carrera he conocido personas extraordinariamente capaces que lograron desarrollarse con recursos mucho más limitados que los míos.

Lo que sí creo es que disponer de una herramienta representa una oportunidad, y que aprovecharla depende de nuestra disposición para aprender.

En mi caso, aquella computadora me permitió comenzar a desarrollar capacidades que después resultaron fundamentales. Y lo interesante es que, mientras aprendía a utilizarla, no tenía la menor idea de hasta dónde me llevaría. Simplemente estaba haciendo algo que me gustaba, que podía practicar y que poco a poco comenzaba a convertirse en una parte importante de mi vida.

A veces pienso en todo lo que hacemos hoy con la tecnología, en la enorme cantidad de herramientas que tenemos disponibles y en la facilidad con la que podemos acceder a conocimientos que antes requerían años de estudio y experimentación. Y me pregunto cuántas oportunidades estaremos dejando pasar precisamente porque tener acceso a ellas se ha vuelto algo tan normal que ya no nos parece extraordinario.

Mis padres me dieron una computadora para que pudiera estudiar Ingeniería de Sistemas. Yo tuve la oportunidad de convertirla en algo más.

No fue la computadora la que me dio una ventaja profesional. Fue lo que pude comenzar a aprender gracias a tenerla.

Y todavía faltaba lo más interesante: descubrir qué podía hacer con esos conocimientos cuando llegara el momento de ponerlos al servicio de otros.


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