27: Van a muchas conferencias para aprender


Fernando J. Castellano Azócar

Las conferencias han existido desde hace mucho tiempo como espacios para compartir conocimientos, presentar nuevas ideas y aprender directamente de personas con experiencia en un área determinada. Por eso, siempre han sido una fuente importante de aprendizaje para quienes buscan ampliar su perspectiva y mantenerse en constante desarrollo.

En lo personal, siempre me ha gustado asistir a conferencias, congresos y eventos. Durante mucho tiempo entendí estas actividades de una manera bastante tradicional: uno llegaba, ocupaba su lugar, escuchaba atentamente a quien estaba en la tarima, tomaba algunas notas y luego regresaba a su vida cotidiana tratando de aplicar lo aprendido.

La experiencia estaba centrada casi exclusivamente en el conferencista. La responsabilidad del asistente consistía en prestar atención, comprender el mensaje y extraer de él alguna idea que pudiera resultar útil.

Pero las conferencias comenzaron a cambiar.

De escuchar a participar

Con el tiempo aparecieron formatos mucho más participativos. Los organizadores comenzaron a incorporar actividades grupales, ejercicios, mesas de discusión, dinámicas de integración y espacios deliberadamente diseñados para que los asistentes se relacionaran entre ellos.

Algunas de estas actividades parecían creadas simplemente para mantener despierta a la audiencia. Otras buscaban facilitar lo que comenzó a llamarse networking: la posibilidad de conocer personas, intercambiar experiencias y establecer relaciones profesionales.

Debo confesar que inicialmente esta evolución no me resultaba particularmente atractiva.

Mi razonamiento era sencillo: si había asistido para escuchar a un conferencista, no tenía demasiado interés en conversar con las demás personas. Quería recibir el conocimiento de quien estaba presentando, no participar en ejercicios, presentarme ante desconocidos o intercambiar tarjetas de contacto.

Durante algún tiempo consideré estas dinámicas como una interrupción de la experiencia principal.

La realidad es que estaba entendiendo las conferencias solo parcialmente.

El conocimiento no está únicamente en la tarima

Las experiencias posteriores me permitieron comprender que el valor de una conferencia no se encuentra exclusivamente en lo que sucede sobre el escenario.

También está en las conversaciones de los pasillos, en las preguntas de otros participantes, en las opiniones diferentes, en las experiencias compartidas y en las relaciones que pueden comenzar durante el evento.

Una persona puede aprender algo importante durante una presentación, pero también puede encontrar una nueva perspectiva conversando con alguien que enfrenta un problema similar. Puede conocer a un futuro colaborador, identificar una oportunidad profesional o simplemente descubrir que otras personas han atravesado dificultades parecidas.

La conferencia deja entonces de ser una experiencia pasiva para convertirse en un espacio de aprendizaje colectivo.

Este cambio de perspectiva se relaciona con algo que he aprendido a valorar con el tiempo: el poder de los grupos de referencia.

Organizaciones como Alcohólicos Anónimos han demostrado que un grupo de personas reunidas alrededor de experiencias, dificultades y objetivos comunes puede convertirse en una poderosa fuente de apoyo y transformación.

Sin pretender comparar directamente ambos contextos, el principio es relevante: las personas pueden aprender mucho de quienes recorren caminos similares.

Las relaciones también forman parte del aprendizaje

Cuando comencé a entender este principio, también cambió mi manera de asistir a los eventos.

Dejé de concentrarme únicamente en la exposición y comencé a prestar atención a todo lo que ocurría alrededor. Empecé a conversar con otros participantes, a escuchar sus historias, a hacer preguntas y a establecer nuevas relaciones.

Eso me permitió aprovechar mucho mejor cada experiencia.

El conocimiento que se obtiene en una conferencia no siempre aparece en una diapositiva. En ocasiones surge de una conversación informal, de una pregunta inesperada o de la manera en que otra persona interpreta lo que acaba de escuchar.

Para un líder, esta capacidad de relacionarse con personas diferentes resulta especialmente importante.

El liderazgo no ocurre en aislamiento. Requiere entender perspectivas distintas, crear vínculos, escuchar experiencias, comunicar ideas y construir confianza. Una conferencia ofrece un entorno en el que todas esas capacidades pueden ponerse en práctica.

Por eso, asistir a estos eventos no significa únicamente acumular información. También significa ejercitar habilidades sociales, comunicacionales y profesionales que forman parte del liderazgo.

Una forma activa de aprender

Los líderes aprovechan las conferencias porque entienden que el aprendizaje no debe ser una actividad pasiva.

No se limitan a ocupar una silla y escuchar. Observan, preguntan, comparan, cuestionan y buscan establecer conexiones entre lo que están escuchando y los problemas que enfrentan en su realidad.

También procuran acercarse a personas con experiencias distintas y participar en conversaciones que puedan ampliar su manera de pensar.

Esto exige una actitud activa.

Ir a una conferencia no garantiza que se produzca aprendizaje. Es posible asistir a muchos eventos, acumular libretas llenas de apuntes y no transformar absolutamente nada.

El verdadero valor aparece cuando las ideas obtenidas se convierten en decisiones, cambios de comportamiento o nuevas formas de enfrentar los problemas.

Una conferencia debería dejar alguna consecuencia concreta: una idea para aplicar, una pregunta para investigar, una relación que cultivar o una práctica que modificar.

De lo contrario, puede convertirse simplemente en una forma sofisticada de entretenimiento.

El nuevo escenario de los eventos virtuales

La expansión de los eventos en línea modificó profundamente esta experiencia.

Actualmente es posible asistir a conferencias internacionales sin viajar, acceder a especialistas que se encuentran en otros países y participar en actividades que antes habrían requerido importantes recursos económicos.

Esto ha democratizado considerablemente el acceso al conocimiento.

Además, los eventos presenciales pueden llegar a tener precios prohibitivos cuando se suman la inscripción, el transporte, el hospedaje y los demás gastos asociados. En ese contexto, los formatos virtuales representan una alternativa valiosa.

Sin embargo, también tienen limitaciones.

En una conferencia virtual es mucho más fácil distraerse, responder correos, revisar el teléfono o abandonar la transmisión sin involucrarse verdaderamente. También resulta más difícil reproducir las conversaciones espontáneas y las relaciones que aparecen naturalmente cuando las personas comparten un mismo espacio físico.

Por eso, ambos formatos pueden ser útiles, pero requieren actitudes diferentes.

En los eventos virtuales es necesario ser deliberado: bloquear el tiempo, eliminar distracciones, participar en los espacios disponibles y registrar las ideas importantes. En los eventos presenciales, además de escuchar, conviene aprovechar conscientemente las conversaciones y relaciones que el entorno permite.

Los líderes también crean espacios de aprendizaje

Hay otro elemento importante en esta ley: los líderes no deberían limitarse a asistir a conferencias.

También pueden organizarlas, promoverlas y crear espacios en los que otras personas tengan la oportunidad de aprender.

Organizar un evento implica identificar un propósito, reunir personas, coordinar recursos, estructurar contenidos y lograr que diferentes actores trabajen alrededor de una experiencia común.

Es, en sí mismo, un ejercicio de liderazgo.

Además, fomentar la participación del equipo en conferencias y actividades de aprendizaje transmite un mensaje importante: aprender no es una distracción del trabajo, sino parte del trabajo.

Las organizaciones que dejan de aprender terminan repitiendo las mismas prácticas, incluso cuando el entorno ya ha cambiado. Por el contrario, aquellas que exponen a sus integrantes a nuevas ideas aumentan sus posibilidades de cuestionar lo establecido y encontrar mejores maneras de hacer las cosas.

En esto también tengo bastante experiencia, porque organizar eventos siempre ha sido algo que he disfrutado. Pero esa es otra historia.

La conferencia comienza después de la conferencia

El mayor error que podemos cometer al asistir a un evento es pensar que la experiencia termina cuando se apagan las luces o finaliza la transmisión.

En realidad, el aprendizaje comienza después.

Comienza cuando revisamos las notas, evaluamos qué ideas tienen sentido, compartimos lo aprendido con otras personas y decidimos qué vamos a hacer de manera diferente.

También continúa cuando mantenemos contacto con alguien que conocimos, profundizamos en una referencia mencionada por un conferencista o convertimos una conversación informal en una oportunidad de colaboración.

Los líderes van a conferencias porque entienden que siempre tienen algo que aprender.

Pero también comprenden que el verdadero valor no está simplemente en haber asistido. Está en participar con intención, relacionarse con otros, cuestionar sus propias ideas y transformar lo aprendido en acciones concretas.

Una conferencia puede durar unas horas.

Su impacto, cuando realmente se aprovecha, puede acompañarnos durante muchos años.


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