Fernando J. Castellano Azócar
Hay momentos en los que un líder tiene en mente una idea brillante. No es solo una ocurrencia: es una solución clara a un problema recurrente, una mejora a un proceso, o incluso una innovación que podría marcar la diferencia. Pero justo antes de compartirla, surge una pausa interna. Un pensamiento incómodo:
«Si la digo, ¿me van a pedir que me encargue yo?»
Esa duda no nace de la pereza ni de la falta de compromiso. Surge de la experiencia: en muchas organizaciones, proponer algo suele ser interpretado como ofrecerse voluntario. Y en estructuras donde el tiempo ya es escaso, donde el líder lleva múltiples frentes, esa asociación automática entre “idea” y “encárgate tú” puede convertirse en una razón de peso para no hablar.
El costo de no decir nada rara vez se ve de inmediato. Pero es real.
Cada vez que una idea muere antes de nacer, la organización pierde una oportunidad. A veces es una mejora operativa. A veces es una estrategia que habría ahorrado meses de trabajo o miles en costos. Otras veces, es una chispa de innovación que simplemente no llegó a tiempo.
Además, cuando este patrón se repite, se instala una cultura de silencio cómodo. Personas con talento y visión optan por quedarse calladas, y la creatividad queda atrapada detrás del miedo a la sobrecarga.
La buena noticia es que hay formas de romper este ciclo sin que el líder termine asumiendo todo.
Una estrategia efectiva es cambiar cómo se presentan las ideas. En lugar de decir “yo tengo una solución”, se puede plantear algo como:
“He estado pensando en un enfoque que podría ayudarnos a resolver este tema. Me gustaría ponerlo sobre la mesa para que evaluemos si es el momento adecuado y quién sería la mejor persona para impulsarlo.”
Este pequeño cambio de lenguaje traslada la conversación del “hazlo tú” al “¿cómo lo hacemos y quién lo lidera?”. Invita a la colaboración sin asumir la ejecución.
También es importante hablar de cultura. En entornos saludables, las ideas no son propiedad de quien las propone, sino semillas que el equipo cultiva. En esos contextos, compartir una idea no es comprometerse a ejecutarla, sino ofrecerla al grupo para que se evalúe y se actúe en consecuencia.
Pero para que esto funcione, los líderes —especialmente los de niveles superiores— deben ser conscientes de este dilema. Y deben crear espacios donde se pueda proponer sin penalizar con más carga.
Hay que recordar que liderar no siempre significa hacer más. A menudo, liderar es hacer que las cosas pasen a través de otros. Identificar una oportunidad y facilitar que alguien con las capacidades y el espacio la lleve adelante es una forma poderosa y sostenible de ejercer liderazgo.
Los mejores líderes no son los que ejecutan todas las ideas, sino los que crean el sistema donde las buenas ideas no se pierden.
Conclusión
Si tienes una buena idea, no te la guardes. Pero tampoco la conviertas en una carga automática. Encuentra una manera de lanzarla con inteligencia, con conciencia del equipo, del momento y de la estrategia.
Porque las ideas, cuando se quedan en la mente de un líder que teme ser recargado, no solo se pierden para él. Se pierden para todos.


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