25: El peligro de comenzar a creer que somos increíbles


Fernando J. Castellano Azócar

Ley 25 de liderazgo de Robin Sharma:
“Saben que cuando todos a su alrededor les dicen que son increíbles, están en una situación peligrosa en la que podrían comenzar a pensar que son increíbles.”

Hay una frase que dice que, si uno es la persona más inteligente de la sala, probablemente está en la sala equivocada. Más allá de que no siempre deba interpretarse literalmente, la idea contiene una advertencia importante: cuando dejamos de rodearnos de personas capaces de cuestionarnos, corregirnos y enseñarnos, corremos el riesgo de comenzar a creer que ya no tenemos nada que aprender.

Para un líder, ese riesgo es todavía mayor.

A medida que una persona adquiere autoridad, capacidad de decisión o influencia dentro de una organización, también comienza a recibir más palabras bonitas. Muchas de ellas pueden ser sinceras, pero otras pueden responder simplemente a la necesidad que tienen algunas personas de mantenerse cerca del poder, obtener algún beneficio o evitar cualquier posible conflicto.

La gente difícilmente se comporta igual frente a quien puede tomar decisiones sobre su trabajo, sus oportunidades, sus recursos o su futuro profesional.

Por eso, cuando todos alrededor de un líder le dicen permanentemente que sus decisiones son correctas, que sus ideas son extraordinarias y que su manera de dirigir es impecable, no necesariamente significa que esté haciendo todo bien. También puede significar que las personas han dejado de sentirse cómodas diciéndole la verdad.

Y esa es una situación peligrosa.

El problema no son los elogios

Recibir reconocimiento no tiene nada de malo. Todos necesitamos saber cuándo estamos haciendo algo bien, y los líderes tampoco están exentos de esa necesidad.

El problema comienza cuando el reconocimiento se convierte en la principal fuente de validación y cuando las decisiones empiezan a tomarse buscando conservar esa imagen positiva que los demás han construido alrededor del líder.

En ese momento se deja de decidir con base en hechos, resultados o principios, y se comienza a decidir con base en percepciones, lealtades aparentes y palabras convenientes.

Un líder puede terminar creyendo que siempre tiene la razón simplemente porque nadie se atreve a decirle lo contrario.

También puede comenzar a confundir la obediencia con el respeto, la adulación con la lealtad y la ausencia de críticas con la calidad de su liderazgo.

Pero que nadie contradiga al líder no significa necesariamente que todos estén de acuerdo. Muchas veces significa solamente que aprendieron que contradecirlo no vale la pena.

El liderazgo exige mantener los pies en la tierra

Uno de los mayores desafíos del liderazgo es conservar una visión realista de uno mismo.

Mientras mayor es la posición, más difícil puede ser recibir información sin filtros. Las personas comienzan a seleccionar lo que dicen, a suavizar los problemas y a presentar las situaciones de la manera que consideran más conveniente para quien toma las decisiones.

Por eso, el líder debe hacer un esfuerzo consciente por mantenerse conectado con la realidad.

Debe buscar personas que tengan la confianza suficiente para decirle que está equivocado. Debe escuchar especialmente aquellas opiniones que no coinciden con lo que esperaba. Debe preguntarse si las personas que siempre respaldan sus decisiones realmente están aportando criterio o simplemente están protegiendo su posición.

Rodearse únicamente de personas que celebran todo lo que uno hace puede resultar cómodo, pero termina siendo profundamente perjudicial.

Un buen equipo no es aquel en el que todos piensan igual que el líder. Es aquel en el que existe suficiente confianza para presentar desacuerdos, advertir riesgos y proponer alternativas sin que eso sea interpretado como una amenaza.

La justicia también puede perderse entre los elogios

Este tema resulta especialmente importante porque una de las principales responsabilidades del líder es ser justo.

La justicia exige evaluar a las personas por sus resultados, su comportamiento, su compromiso y su contribución real. Sin embargo, esa evaluación puede comenzar a volverse difusa cuando existen personas que intentan destacar utilizando palabras, gestos o actitudes cuya verdadera intención es influir sobre el líder.

En todos los equipos puede haber personas que saben hacerse visibles, que dominan el arte de estar cerca de quienes toman decisiones o que se esfuerzan más en presentar lo que hacen que en hacer realmente el trabajo.

Eso no significa que toda persona cercana al líder tenga una intención incorrecta, pero sí obliga a mantener un criterio independiente.

El líder debe ser capaz de distinguir entre quien aporta valor y quien solamente sabe comunicar que aporta valor.

También debe evitar que quienes tienen más facilidad para hablar, agradar o exponerse terminen opacando a quienes realizan un trabajo importante de manera silenciosa.

Cuando el reconocimiento, las oportunidades o las decisiones comienzan a depender de la cercanía personal y no del mérito, el equipo lo percibe rápidamente. Y cuando las personas dejan de creer en la justicia del líder, también comienzan a perder la confianza en todo el sistema.

Los aduladores no ayudan a mejorar

Quien solamente nos dice lo que queremos escuchar difícilmente nos ayudará a crecer.

En cambio, aquellas personas que señalan nuestros errores, cuestionan nuestras ideas o presentan una visión diferente pueden resultar incómodas, pero muchas veces son quienes más valor aportan.

El problema es que algunos líderes terminan alejando precisamente a esas personas.

Primero dejan de escuchar sus observaciones. Después comienzan a considerarlas negativas o poco comprometidas. Finalmente, terminan sustituyéndolas por personas más complacientes.

El resultado es un entorno en el que cada vez existe menos contradicción y, por lo tanto, menos capacidad para detectar errores.

El líder queda rodeado de personas que confirman constantemente sus ideas, mientras los problemas comienzan a crecer fuera de su campo de visión.

El liderazgo no convierte a nadie en alguien extraordinario

Una posición de liderazgo no transforma automáticamente a una persona en alguien más inteligente, más capaz o moralmente superior.

El cargo solamente le entrega una responsabilidad distinta y una mayor capacidad para afectar la vida y el trabajo de otras personas.

Por eso, cuanto mayor es la autoridad, mayor debe ser la humildad.

El líder debe recordar que sus resultados no son exclusivamente suyos. Son consecuencia del trabajo de muchas personas, de decisiones colectivas, de oportunidades recibidas y, en algunos casos, también de circunstancias favorables.

Creer que todo lo bueno ocurre gracias al líder es tan equivocado como pensar que todo lo malo ocurre por culpa del equipo.

La responsabilidad del liderazgo consiste en reconocer las contribuciones, asumir los errores y mantener la disposición de seguir aprendiendo.

La verdadera confianza no necesita admiración permanente

Un líder seguro no necesita que todos estén de acuerdo con él.

Tampoco necesita recibir elogios constantes para confirmar que está haciendo bien su trabajo.

La verdadera seguridad se demuestra en la capacidad de escuchar críticas sin interpretarlas como ataques, de cambiar una decisión cuando aparecen mejores argumentos y de reconocer públicamente cuando otra persona tenía razón.

Paradójicamente, cuanto menos necesita un líder demostrar que es increíble, más confianza genera en quienes lo rodean.

Porque las personas no necesitan líderes perfectos. Necesitan líderes coherentes, justos, capaces de escuchar y suficientemente conscientes de sus limitaciones.

Una advertencia necesaria

Cuando todos alrededor de un líder comienzan a decirle que es extraordinario, quizá sea momento de dejar de escuchar los elogios y comenzar a hacer preguntas.

¿Las personas pueden decirme que estoy equivocado?

¿Estoy escuchando opiniones diferentes o solamente las que confirman mis ideas?

¿Reconozco el trabajo de quienes producen resultados aunque no sean cercanos a mí?

¿Estoy tomando decisiones con base en hechos o en la impresión que algunas personas quieren producir?

¿Sigo aprendiendo de quienes me rodean?

El peligro no está en que otros piensen que somos increíbles.

El verdadero peligro comienza cuando nosotros también empezamos a creerlo.

Un líder debe recibir los elogios con agradecimiento, pero también con cautela. Debe mantenerse con los pies en la tierra, rodearse de personas capaces de decirle la verdad y recordar que el liderazgo no es una confirmación de superioridad.

Es simplemente una responsabilidad que debe ejercerse con criterio, justicia y humildad.


Comentarios

Deja una respuesta